en tela de juicio

El séptimo sentido

NO deja de asombrarme la falta de sentido del humor de mucha gente del carnaval. Es cierto que la intolerancia y la intransigencia es una enfermedad que se va extendiendo en la sociedad. Cada vez la gente acepta con mayor dificultad opiniones distintas, puntos de vista diferentes, voces minoritarias. No ya es sólo que se ha impuesto lo políticamente correcto sino que parece que la gente siempre está enfadada. No faltan motivos ("con la que está cayendo", gran frase que podía haber servido para nombre de la comparsa de Quiñones sin cambiar el tipo) dado lo precario de la situación. Pero un poco de humor pone distancia ante el engolamiento y la solemnidad. Y el humor empieza por reírse de uno mismo, luego de aceptar que los demás puedan hacerlo también. Y después, sólo después, reírse de otro. El carnaval, como no puede ser de otra manera, es un espacio para la crítica mordaz, a veces cruel. Así ha sido siempre y así debe ser. El día en que deje de serlo se convertirá en una fiesta vulgar. Digo más, observo con preocupación el escaso nivel de la crítica, lo suave con que arañan los autores a todos los poderes: desde el local al regional y nacional. "Con la que está cayendo" nos hemos vuelto complacientes y acomodaticios. Y si se hace una crítica es aquella que el autor o el director piensa que quiere oír el público. Ahora bien, que la gente del carnaval acepte a disgusto las críticas es algo sorprendente. Aquellos que llevan toda la vida jugando al fútbol como Pepe no pueden asustarse si alguien entra duro. No puedes repartir estopa y luego hacerte el ofendido a las primeras de cambio. El carnaval está lleno de anécdotas de gente intolerante que reaccionan con furia a las críticas. Por si fuera poco, los carnavaleros tienen un medio más potente que 20 televisiones: el impacto de sus coplas.

Recuerdo la bronca que le metieron al Libi Los Morancos el año de 'Sevilla tuvo que ser, mi arma'. Se dirá que es que son sevillanos, pero el año pasado los recibimos en Cádiz con el nivel cateto con el que hemos recibido a Agustín Bravo, como si por el hecho de ser famosos hubiera que rendirles pleitesía, como si nos hicieran un favor por venir al carnaval de Cádiz. Que con su pan se lo coman. Llamar carajote o gilipollas al que hace o dice algo distinto de uno mismo me parece un pelín exagerado . Hay algunos que han hecho del carnaval su forma de vida y me parece fantástico, mejor para ellos. Otros que han adquirido notoriedad en la ciudad y en Andalucía por el repertorio que componen o canta año tras años. Enhorabuena, lo han conseguido por la admiración que en todos despierta el talento y el esfuerzo y se lo merecen sin duda alguna. Pero eso no conlleva mirar el mundo desde la cima del monte Olimpo. Es una constante en el mundo del carnaval el puño de hierro y la mandíbula de cristal y yo creo que donde las dan las toman. El carnaval necesita reírse un poco de sí mismo, desdramatizar el concurso y relativizar todo lo que rodea a esta fiesta. El mundo tiene problemas muy grandes para sentirse ofendidos a las primeras de cambio.

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