Yo maté a Martínez Ares

Los que le pusieron el cascabel al gato

  • Con uñas y dientes. Ese año escuché 'Soldaditos' y me dije que en la próxima contienda cambiaría por completo mi forma de escribir l La idea del tipo me la dio la portada de un disco de Tino Casal

LA movida madrileña disparó nuestra manera de entender y ver la vida. Nosotros crecimos desayunando los sábados con La bola de cristal y merendando con aquellos grupos que empezaban a ponerle música a la transición española. Qué razón tenía el crítico musical Diego Manrique cuando en un artículo señaló que "no fue la más grande ocasión que vieron los siglos pero casi, casi".

En el primer coche, de segunda mano, claro está, que se compró José Luis, una chatarrita azul, escuchábamos hasta la saciedad a Mecano, Alaska, Danza invisible, Los burros, Los rápidos, El último de la fila, Toreros muertos, Gabinete Caligari, Radio futura, Tequila, Rubí y cómo no, a Tino Casal. 'Con uñas y dientes' nació justo cuando cayó en mis manos la portada de un disco de este músico asturiano que comenzó su carrera con Los zafiros negros y que vio truncada su vida en un accidente de tráfico, como tantos otros compañeros, en 1991. Era evidente que le gustaba llamar la atención y su excentricidad se palpaba en su vestuario y en su poderosa garganta. Estos criterios me bastaron para experimentar más que para crear una comparsa que quería volver a romper los estereotipos gaditanos. Ese año volvieron al redil Angelín y el Noso, repitieron experiencia Mariano Varela, Juan José El Lobo y entraron en nuestras filas un jovencísimo Juan José Araúz, El chupa, a la guitarra y Francisco Villanego, como cajilla.

Se nos quitó el miedo del cuerpo, aunque sabíamos que no estábamos solos, y ocupamos una habitación del primer piso de la finca de la calle Zaragoza. Ese año se nos cruzó en nuestras vidas un gato negro ¿o era gata? que encontramos en la calle y que había recibido una paliza; uno de sus ojos estaba casi cerrado. Mi novia y yo lo cuidamos y lo llevamos a vivir al local de ensayo. Le pusimos de nombre Mijita y era otro gato más en la agrupación. Se perdía por la casa y cuando le venía en gana aparecía por la habitación, se sentaba en una silla, nos miraba y se echaba a dormir, quizás era un mensaje subliminal gatuno que en el fondo quería decir: "chavales, como que no". El Piru le llevaba todas las noches un poco de pescado del freidor y nunca le faltaba la leche ni el agua.

Insonorizamos la habitación con corcho, cartones de huevo, planchas de poliuretano, de todo, y nos quedó como una burbuja de las de estudio de grabación. Tengo que decir que siempre trabajábamos los mismos para disfrute de todos, pero eso ocurre hasta en las mejores familias.

El pasodoble era clásico y muy corto, creo que el más corto de todos los que hice, y el cuplé de los más originales, musicalmente hablando. Con el popurrí tuvimos serios problemas, de hecho el primer día que cantamos en el Falla nos pasamos de tiempo tres pueblos, no cinco segundos ni diez, no, no, como más de un minuto. Eso nos obligó a modificarlo y ya no era lo mismo. Al final del popurrí improvisábamos una fiesta en el callejón de los gatos con una canción de Gabinete Caligari, concretamente 'Tócala Uli', yo aporreaba un xilófono; para no equivocarme le quité al xilófono las láminas que no tenía que usar y me quedé con las que sí. Ni eso nos salvó del cajón.

Mijita, como ya he dicho, era un gato negro, y aunque yo no soy supersticioso, muchos de los míos le echaron las culpas la noche que casi no llegamos a cantar en el Teatro Andalucía, que el Falla estaba cerrado por reformas. Nuestra primera actuación estuvo a punto de no producirse porque una agrupación anterior no se presentó y eso alteró el orden del concurso y nuestras prisas. Paco Leal nos maquilló en una casa al lado de donde vivía Rafael Velázquez, cerca del Falla. Paco nos retocaba por el camino, mientras nosotros corríamos como posesos para poder cantar en el Andalucía. Llegamos cansados y justísimos, tan a lo justo que no pasamos ni por los camerinos que se habían habilitado en la Torre Tavira. Aviso para navegantes: buscaros siempre pero siempre un local cerquita del teatro, por si las moscas.

Pero ese año ocurrió otro suceso que para mi vida carnavalesca fue determinante. Ocurrió una noche que me fui más temprano que de costumbre del ensayo para ver la actuación de la comparsa 'Los soldaditos' y fue durante la misma cuando refrendé la teoría de que mi comparsa era eso, un experimento. Aquellos soldados terminaron de cantar y yo me levanté de la butaca para aplaudir como un loco, ese final de popurrí era lo mejor que había escuchado en años. Salí del teatro y busqué a la comparsa para felicitarlos por la actuación. Uno por uno les di la mano, era mi manera de decirles: gracias. Al día siguiente, en mi ensayo, tuvimos un pequeño debate porque algunos de mis componentes no entendieron mi comportamiento. Eso, desgraciadamente, sigue y seguirá pasando porque los carnavaleros entienden de lucha con los demás pero no de abrazos y felicitaciones con otros que no sean de su clan, ¿o no? Ellos llegaron a la final y nosotros nos conformamos con la fidelidad de los que nos seguían, que eran muchos más que antes, sin embargo yo tenía claro que para la próxima contienda iba a cambiar por completo mi manera de escribir y de contar las cosas, tenía que adelantarme a mi tiempo como José Luis Bustelo y Paco Villegas habían hecho aquel año.

Una noche me olvidé de cerrar la puerta del local y Mijita se escapó. Nunca más volvimos a ver a ese gato ¿o era gata? que terminó por llevarse lo que quedaba de esa agrupación tan excéntrica como la portada del disco de Tino Casal. Y como no podía ser menos también participamos en el concurso del El Puerto de Santa María y también conseguimos el primer premio. El hermano de El Chupa, Ezequiel Aráuz compuso ese año la comparsa 'Donde Dios duerme', pues bien, una noche en El Puerto, su hermano terminó de cantar con nosotros y sin decir ni mú corrió todo lo que pudo y más al camerino. Minutos más tarde salió El chupa vestido de la comparsa de su hermano y cantó con él sin que nadie se diera cuenta, y es que la familia hay que cuidarla, abajo y arriba del escenario. De todos modos, lo único que lamento de aquel año es no haber cerrado bien la puerta de la casa donde todas las noches me esperaba mi gato ¿o era gata?

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