Yo maté a Martínez Ares

Y de pronto... una gran bola de fuego

  • El brujo. No sólo estaba obligado a hacer un homenaje al creador de la comparsa, sino también a mi padre l Tras el verano llegó uno de los peores momentos de mi vida, el grupo se rompía sin remedio

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PARA mi padre y todos los componentes de la antología de Paco Alba 1995 iba a ser un año muy especial porque conmemorarían los veinte años sin su autor, sin El brujo. Este grupo de amigos ha pasado por momentos dulces, como el de ese año, y otros terribles como el adiós definitivo de algunos compañeros de viaje como Paco Campos, Juanaco, Carlos Brihuega y otros que Dios, si existe, tendrá en su gloria. Hace poco hablé con mi padre de la antología y me dijo que este año tenían "un par de contratitos" ¡Ole! Y es que no tiene precio ver a esos viejos vestidos de 'Hombres del mar' cantando las coplas del creador de la comparsa. Nadie podrá echarles en cara, nunca, que no han sido fieles a su autor ni a la viuda que, hoy por hoy, y gracias a ellos, sigue recibiendo la parte de su difunto marido cada vez que cantan como si estuviera vivo, además de estar siempre pendientes de los derechos de autor de ese genio gaditano que gestiona la Sociedad General de Autores y Editores de España. Lo tenía claro, no sólo estaba obligado a hacerle un homenaje a Paco Alba sino a mi padre, que tanto ha dado por esa comparsa sin recibir a cambio ni el antifaz de oro por no tener un currículum de veinticinco años cantando en el Falla, ¿qué pasa, que toda una vida enseñando las coplas de Paco Alba por toda España no cuenta? Qué cara se le quedó esa noche cuando le dieron el antifaz de oro a unos sí, a otros no; mi padre se encontraba en el grupito de los nones. Yo te quito la espinita, viejo, total pa lo que me queda de Carnaval. Quien tenga oídos que oiga.

Llamé a Ángel y a José Luis y les planteé la cuestión: "Vamos a hacer una comparsa que se llamará 'El brujo', el disfraz debe impresionar, con colores duros y cada pasodoble lo comenzaremos con un pequeño trozo de algún pasodoble de Paco Alba, el otro brujo". Nosotros, que supuestamente estábamos revolucionando la comparsa, teníamos que rendirle homenaje a quien la creó y empezamos a trabajar con los mismos componentes de 'La ventolera' y 'Los miserables', la misma sastra y el mismo maquillador, teníamos tanta fe en nosotros mismos que en momento alguno se nos pasó por la cabeza descartar a nadie. Cada vez que iniciábamos un pasodoble hacíamos referencia a un pasodoble del maestro pero además tenía la misión de introducir al espectador en la temática que yo había elegido, prácticamente lo que quería decirle al público era "veis, el mundo no ha cambiado tanto".

No, yo no me hice el disfraz, me conformaba con tener la foto del grupo y que me prestaran un disfraz cuando tenía que suplir a algún componente enfermo. Pero lo que sí hice fue llamar al Gran Malakatín, un mago impresionante, amigo nuestro, para que nos enseñara a hacer algunos trucos de magia con los que sorprender al público. Siempre que llegaba el Gran Malakatín al ensayo aplaudíamos como locos, como chiquillos invitados a una fiesta de cumpleaños. Después de varias sesiones mágicas quedamos en ensayar con dos tipos de trucos, uno que consistía en hacer levitar un pito de carnaval, cosa que intentamos el primer día y casi ni se notó y segundo, una bola de fuego que salía de la nada y se volatilizaba en cuestión de décimas de segundo. Lo siento, si quieren saber el truco del fuego pregúntenle al Gran Malakatín.

Ya me había casado y seguía trabajando para Cádiz Información en la calle Ancha. Ser periodista supuso para mí estar siempre a pie de obra, saber todo lo que ocurría en la ciudad y fuera de ella. Eso abrió el abanico de mis posibilidades a la hora de escribir un repertorio para una comparsa que insistía en cambiar el Carnaval y el mundo desde las coplas.

Para estar cerca del Falla los días de actuación montamos el cuartel general en la que sería la nueva casa de Rafael Velázquez, en la calle Sacramento, muy cerca del teatro. Cantamos el primer día y volvimos a conectar con ese público que nos esperaba y se entregaba de lleno. Si la presentación gustó, los pasodobles aún más ¡Y con los cuplés la gente se reía! Antes de acabar el estribillo la gente enloquecía, sobre todo cuando iluminábamos el Falla con nuestras bolas de fuego; nunca antes una comparsa había hecho eso en el teatro. El popurrí ponía el broche final a un repertorio que quería conseguir el tercer primer premio consecutivo. Pero ese año Joaquín Quiñones y sus 'Charrúas' no estaban dispuestos a que cumpliéramos la hazaña y nos ganaron en una durísima pero maravillosa final.

Esa noche se homenajeaba a la comparsa donde cantaba mi padre. Por primera vez en mi vida estábamos juntos en los camerinos del Falla, él nervioso porque abría la final con sus compañeros y yo histérico porque podía hacer historia. Siempre guardaré en mi mente ese momento cuando mi padre y sus colegas bajaban por la escalera del teatro, como si fuera la primera vez, escuchando de fondo el murmullo de un público que se rindió a los pies de esos comparsistas. Le di un abrazo y un par de besos y le deseé toda la mierda del mundo. Jamás un jurado dio una puntuación a la vista del público tan alta como la de aquella noche: cada uno de los miembros del jurado les concedió un diez. Yo me conformé con un segundo premio que de todos modos me transportaba al Olimpo de los carnavaleros. Sin embargo, aunque pueda parecer mentira, en aquella ocasión yo escuché los premios en mi casa, en la cama, harto de esperar el veredicto, ya que nosotros habíamos cantado de los primeros y la noche se hizo eterna, tan eterna que la mayoría del grupo no hizo piña para escuchar los premios.

Ya lo dijo Newton, todo lo que sube vuelve a caer. Siempre le he tenido pánico a los buenos momentos porque detrás siempre aguarda penitente algo siniestro, palabra de pesimista. Cantamos, disfrutamos, colonizábamos más territorios, nuestras coplas eran santo y seña de legiones de jóvenes. Terminó el verano y llegó uno de los peores momentos de mi vida, la comparsa se rompía y yo no podía hacer nada para evitarlo. Estaba en medio de una cuerda que separaba a mis amigos de siempre. Si tiraba hacia un lado me quedaba sin medio grupo que no quería seguir con Ángel, y si tiraba hacia el otro me quedaba con Ángel y con la otra mitad del grupo. Nunca me gustó Newton, será por eso que escogí letras.

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