Yo maté a Martínez Ares

Muchos músicos y un único suspiro

  • Doremifasoleando. Coincidimos en tipo con Antonio Martín y sus 'Trotamúsicos' l Tres de nosotros estuvimos toda la noche en un escalón de la calle Isabel La Católica para inscribirnos primeros

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NUEVE años después de mi primer ensayo con los bandoleros de 'Requiebro' en la calle Belén, encontramos un local de ensayo en el barrio de La Viña, un bajo de la calle Trinidad. Aquello bien pudo ser un patio interior o un antiguo local o quizás una antigua barbería, porque tenía un antiquísimo sillón de barbero, al estilo del que utilizaba Charles Chaplin en 'El gran dictador' cuando volvió al gheto judío días antes de la noche de los cristales rotos. Tras el triunfo de 'Calabazas' todo parecía más fácil sin darnos cuenta que la presión del público, los seguidores, los fanáticos, que no fans, de otros grupos, y la responsabilidad aumentaba cada noche de ensayo. Lo que no cambió fue el grupo ni tampoco mi postura de no salir cantando ni de hacerme el disfraz, fuera el que fuera. Barajamos muchas ideas pero ninguna cuajaba y el tiempo se nos echaba encima. José Luis, cómo no, el gran pensador, el sensato, el psicólogo de la comparsa, me convenció para hacer una agrupación que representara una orquesta. Inmediatamente pensé en Mary Poppins, concretamente en una banda de músicos callejeros con colores sobrios y repletos de chapas metálicas que aparecía en la película, pero también aposté por hacerme el mudo y dejar que las ideas brotaran y que, sobre todo, Ángel Zubiela, tomara el mando del vestuario que confeccionó un año más Chari Delgado basándose en unas telas con tonalidades rosas en matices claros y oscuros. ¡Adiós, Mary Poppins!

Encontrar un nombre ideal fue también una ardua tarea que resolvimos cuando José Luis sentenció: "Vamos a inventarnos un verbo, doremifasolear, y lo suyo sería adoptar el gerundio como título". Muy original, sí señor. La gran odisea fue buscar los instrumentos más adecuados para una orquesta que no fue la única que salió ese año. No existe Carnaval sin tipos repetidos pero por entonces en la Fundación Gaditana del Carnaval las bases contemplaban que el primero que se registrara era el único que tenía la potestad de actuar en el Falla. La mala suerte quiso que en 1992 Antonio Martín con sus 'Trotamúsicos' y mi comparsa fueran casi dos gotas de agua.

¡Qué papeleta!, dos iguales para hoy y una norma estúpida de por medio, así que nada, tres de nosotros, incluido yo, hicimos noche en el portal de la Fundación, en la calle Isabel la Católica, para que la otra comparsa no nos pisara el tipo. Así fue, estuvimos toda la noche esperando con la inscripción a buen recaudo en una carpeta hasta que se abrieron las puertas del registro. La cara de los técnicos del Ayuntamiento cuando nos vieron allí era un poema pero nosotros queríamos ser y de hecho fuimos los primeros. Corrió un rumor de que algunos trotamúsicos nos vieron esa noche por allí, yo realmente no me lo creo. Lo que sí sucedió es que Antonio Martín, Ángel Zubiela y yo mantuvimos una reunión días posteriores con el entonces concejal de fiestas, Carlos María Mariscal, para solucionar la cuestión que, lógicamente no se solucionó, porque aunque eran tipos iguales "la filosofía y el concepto en sí no lo son", dijo alguien ese día, y se zanjó el tema.

Pues nada, había que seguir trabajando y nos enfrascamos en la compra de instrumentos, bombos pequeños que transportábamos en la espalda y que golpeábamos con una maza cogida en un antebrazo, bombos que también convertíamos en cajillas para marcar el ritmo de una canción de Paul Simon, platillos en los tobillos, armónica con soporte metálico en los hombros y diez guitarras hechas a medida en Algodonales, en la fábrica de Valeriano Bernal, lacadas en rosa y que nos costó cada una más de 60.000 pesetas, de las de antesý multipliquen pues. Por supuesto no nos quedó ni un céntimo para un forillo. Todos aprendieron algunos acordes de guitarra y después las guardaron de recuerdo. Esto que quede entre nosotros, alguno vendió esa obra de arte. Valeriano Bernal quedó tan contento con la factura y con la obra que fabricó una para su nieta.

Nos tocó cantar antes que a 'Los Trotamúsicos' y horas antes de la actuación compramos globos de colores que colocamos en los bombos, ¿por qué globos? porque me acordé que el día de la reunión con el concejal a la hora de ver los bocetos lo único que nos diferenciaba eran los globos, ellos lo llevaban, nosotros no, pero como la idea y el concepto eran los mismos, como dijo alguien, pensé que lo acertado era que ya puestos se parecieran del todo. La verdad es que la cara de los componentes de Antonio Martín cuando nos vieron entrar en el Falla con los globitos lo decía todo, menos bonito, de todo. 1992 fue además el año de la Exposición Universal en Sevilla y esta temática la repetimos casi todos los autores, el descubrimiento, Colón, Sevilla-Cádiz, etcétera. La comparsa, con la fama del concurso anterior, contaba entre las finalistas pero hubo que luchar hasta el último momento. José Luis Bustelo y Joaquín Quiñones llegaron ese año con muy buenos repertorios, 'Oye mi canto', con una línea muy fresca y enganchando a la primera con el público, harto de las historias de dos comparsas iguales y enfrentadas y Joaquín Quiñones con sus 'Suspiros de Cai' y un Ramoni pletórico que puso los cuatro días el teatro en pie cantando por alegrías como sólo sabe hacerlo él. Por cierto, Tojo, estés donde estés, te echamos mucho en falta. Nos tocó abrir la gran final y nos tocó bajar el escalafón, un cuarto premio que sonaba a "aprende la lección, chaval", y vamos si la aprendí.

Llegó la semana de Carnaval y el concurso en El Puerto de Santa María y pasó lo mismo que otros años. Nuestro abanico de contratos se abría progresivamente y prácticamente todos los fines de semana cantábamos por toda Andalucía. La comparsa dejó de ser un mero hobby y pasó a convertirse en un trabajo. El verbo doremifasolear me hizo hombre, me hizo madurar y comprender que las cosas se arreglan cantando y no en los despachos del Ayuntamiento. Si pudiera volver atrás te juro Antonio que quitaba los globos, pero cariño, es que éramos iguales. Míralo por el lado positivo, tú, aunque no ganaste, me venciste ese año, y, además, no tuviste que hacer noche en el escalón de la calle Isabel la Católica. Por cierto, felicidades por tus cuarenta años cantándole a Cádiz. Yo a lo máximo que he llegado es a cuarenta de fiebre.

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