Yo maté a Martínez Ares

A la final obviando principios

  • Esto es Carnaval. Los que apostaron por el cambio de estilo se salieron con la suya, para mí fue dar un paso atrás l Aunque no es de mis agrupaciones favoritas, creo que conseguí lo que quería

EL debate lo ganaron aquellos que pensaban que debíamos volver al Falla con un tipo más de aquí, más de nosotros y menos difícil de confeccionar. Estaban convencidos que sólo de ese modo podríamos, de nuevo, acariciar una final en ese emblemático coliseo gaditano; digo yo que lo de coliseo tiene que ser porque allí nos convertimos en gladiadores y nos despellejamos unos a otros. De nuevo odisea para conseguir local de ensayo. Lo que es la vida, volvimos al Café El Correo que ya estaba limpio de escombros, menos mal. Regresó al redil Manolo El Monaguillo, entró como cajilla Martín, contamos con uno de los pupilos de Jesús Monzón, el Carli, hijo de Carlos Brihuega fue nuestro bombista y el Kako, que estudiaba conmigo en el Columela participó como guitarra. Antes que llegara el Carli estuvo con nosotros el Lele, y a pesar de ser un grandísimo amigo mío, no contaba con el respaldo de algunos componentes. En mi comparsa teníamos un código interno: si tú traes a un componente y no vale, tú te encargas de decirle que se vaya. A mí me tocó darle la mala noticia a César sentados en un escalón de una casa bebiéndonos una litrona. César lloró como un niño pequeño y desde ese día le puso la cruz al Carnaval; jamás volvió a salir. Durante mis veinte años de concurso he dejado en el camino a mucha gente y puedo asegurar que es, sin duda alguna, casi lo peor de esta fiesta. La amistad la mantuvimos durante un tiempo. Luego distancia y más distancia.

La idea de hacer 'Esto es Carnaval' no me convencía mucho, pero era atractivo saber si de ese modo nos colábamos en la final, cosa que ocurrió. Esa comparsa era tópica, tópica y rayaba lo rancio. Estaba obligado a crear un pasodoble más clásico y, aunque no es de mis agrupaciones favoritas, creo que conseguí lo que quería. El disfraz todavía no sé lo que representaba, lo mejor para estos casos es usar el término fantasía, porque diciendo esto uno se cura en salud y cualquiera se lo traga, pero para mí éramos como unos pintores con unos plumeros de brillo y un par de coloretes en las mejillas, ni fu ni fa, eso sin hablar de los calcetines, uno amarillo y otro azul, lamentable. La presentación, por tanguillos, más típico no lo hay y en el escenario más de cuarenta personas que tenían que dar la impresión de estar pasándoselo bien en una calle de Cádiz mientras aparecía una comparsa para actuar. Como remate final, cuatro niñas vestidas de piconeras que bailaban de maravilla, eso sí. Por supuesto, entre toda esa patulea de gente estaban amigos nuestros, muchos del barrio de Loreto y vecinos de Trille y sus alrededores. Para colmo de males contrataqué contra la chirigota 'Los tontos de capirote' que cantaron un pasodoble antológico a las gaditanas feas. Mi poca madurez me llevó a componer una letra contestataria que me llevó directamente a los Juzgados. Me estuvo bien empleado. Nuevamente me disculpo, Javi.

Entonces las sesiones del Falla se dividían en tarde y noche. Una vez tuvimos que abrir sesión a las cinco de la tarde y no pasaba nada, anda que no le hemos dado vueltas al dichoso reglamento y yo me pregunto ¿para qué? ¿acaso vamos a mejor? Ese fue el mismo año de 'A fuego vivo', la tercera de la mejor trilogía que para mi gusto llevó a escena Antonio Martín García, que para este que suscribe seguía siendo el mejor con muchísima diferencia con el resto de los mortales comparsistas en ese momento.

Ni que decir tiene que cuando supimos que habíamos pasado a la final en la cara de los que habían apostado por el cambio estaba escrito: "¿Lo ves?, ¡te lo dije!" Ahora que el tiempo ha pasado puedo decir con claridad que yo me sentía como si hubiera dado un paso atrás en mis aspiraciones carnavalescas. Eso no era por lo que yo luchaba pero no tenía más remedio que aceptarlo. Ese año sí grabamos pero nos tuvimos que desplazar con Carlos Ordóñez hasta Ubrique. Nos fuimos una mañana súper temprano y ahí empecé a desarrollar una alergia a las grabaciones que todavía me dura. No soporto las tediosas sesiones de grabación de comparsas, y eso que ahora se pincha, se copia y se corta y se canta sólo un estribillo para duplicarlo luego. No, no, antes había que hacerlo de una tacada y si te equivocabas a empezar de nuevo, compañero. Luego había que ecualizar, poner las voces en su sitio y, francamente, cuando te das cuenta que ya es de noche y llevas más de doce horas metido en una burbuja ya no distingues el contralto del tenor, ni el tenor de la tos del técnico de sonido. Qué sufrimiento.

'Esto es Carnaval' tenía un estribillo pegadizo pero bastante ñoño, sobre todo la parte de: "Y el que no quiera a Cai, ay, ay, ay, el que no quiera a Cai que se lo coman los tiburones". En fin, un bastinazo que sin embargo nos dotó con el cuarto premio, un verdadero triunfo teniendo en cuenta todo lo anterior. Yo no conservo ningún disfraz y ese precisamente se lo di, con muchísimo placer a un primo mío de San Fernando que le venía de escándalo para las noches carnavalescas que tenían lugar en el Club Las Salinas. Por el contrario cantamos mucho ese año, porque los seguidores, gracias a Dios, seguían siendo fieles, aunque ahora en la actualidad pienso que los fieles fieles son los que no te siguen. Yo me entiendo, un amigo prácticamente nunca te dice la verdad, pero un buen enemigo, ése, ése está a tu lado para toda la vida, recordándote dónde y cómo la has pifiado. ¡Vivan los enemigos! El verano se nos dio muy bien y en el grupo volvieron los debates. Ahora me tocaba a mí darle la vuelta a la tortilla y durante mucho tiempo me dediqué a pensar en una idea diferente para el próximo año que me hiciera sentir bien conmigo mismo. Rafael Velázquez, José Luis y Ángel Zubiela eran los puntales en los que yo me dejaba caer cuando necesitaba ayuda o cambiar impresiones y lo cierto es que en el noventa por ciento de los casos siempre estaban de acuerdo conmigo.

Aquella comparsa era un canto a las fiestas de toda la vida, esos carnavales en los que uno andaba por la calle y las serpentinas le llegaban por las rodillas, un tiempo que yo no viví y si viví no recordaba. Por segundo año concursamos en El Puerto de Santa María y nos llevamos el primer premio, ole. Allí éramos más famosos si cabe que en Cádiz y la gente nos adoraba hiciéramos lo que hiciéramos. Manolo Casal retransmitía desde Ser El Puerto el concurso y, carnavalero de pro, enseguida conectamos con él. Nuestra vinculación con la peña ya no era la misma y la reunión de los sábados la trasladamos al bar La Primavera, lugar donde nos llamaban para contratarnos. Hoy por hoy evito pasar por ese lugar cuando voy a La Viña porque sé que si paso por La Primavera voy a ver allí al Piru sentado, esperándome. Que Dios me perdone.

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