Un concurso en el que las coplas de calidad tardaron en cantarse

  • El éxito del nuevo sistema clasificatorio, que no evitó las tediosas sesiones de preliminares, permitió tres semifinales de lujo y una final corta y sin altibajos

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Terminó el concurso del Falla. Veinte días ininterrumpidos de coplas con sustanciosas novedades en su formato y en los participantes que, en general, han permitido vivir un concurso muy intenso en el que las coplas de calidad se hicieron esperar en demasía. Tras unas preliminares sin grandes sorpresas ni letras impresionantes, en la misma línea que los últimos años pero con el acicate de sesiones largas por culpa del calendario carnavalesco, los cuartos mejoraron un nivel que terminó de explotar en tres semifinales de lujo. La final fue, en duración y calidad, la mejor de los últimos años.

La fase preliminar tiene difícil arreglo. No parece lógico para muchos limitar la presencia de agrupaciones en el Falla, una decisión que llevaría consigo una medida que no gusta a nadie, la de efectuar una primera preselección a puerta cerrada. O limitar este pase a la presentación, dos pasodobles y dos cuplés, de manera que el popurrí quede inédito hasta los cuartos de final. Pero como parece que ninguna de estas medidas es del gusto de quienes protagonizan y organizan el certamen, lo normal será que durante los años sucesivos se sigan manteniendo preliminares de calidad escasa, tanto por la cantidad de grupos que no ofrecen un repertorio a la altura de lo que se exige en el concurso como por la lógica costumbre de algunos de los grupos punteros de elegir para esta sesión las letras que les aseguren con holgura el pase a cuartos.

Aunque esta estrategia se antoja cuanto menos muy arriesgada, pues se puede pasar de fase con menos puntos de lo previsto y realizar en cuartos una actuación buena pero cuya puntuación no alcance para superar la segunda criba del jurado. O pasar a semifinales pero con un lastre insuperable para alcanzar la final. Cuando este año se conozcan todas las puntuaciones del jurado, se podrá comprobar si este sistema de tres fases ha dejado fuera de la final a algunos grupos excesivamente confiados.

Pero lo cierto es que el Falla ha vivido unos aceptables cuartos, unas semifinales de lujo y una excelente final, tanto por su duración como por la calidad de los grupos que accedieron a ella. Porque si en la primera criba del jurado, y también en la segunda, se echaron de menos algunos grupos que no tenían que haberse quedado en el cajón, en la final los que estaban se lo merecían, todos, y quienes se quedaron fuera, que también podrían haber entrado, fueron víctimas del número clausus de agrupaciones establecidos para la gran noche del Falla. Un número, el tres, cruel para los copleros pero excelente para los aficionados y fundamental para una final de mayor calidad.

El concurso, por modalidades, ha contado con novedades en muchos aspectos, aunque quizás ha sido la comparsa la que más ha salido reforzada en un certamen en el que los autores clásicos y de renombre -Martín, Quiñones y Romero- se han quedado a las puertas de la final, junto a Luis Rivero, en beneficio de la comparsa de los Carapapa, los Mendas de Bienvenido y el grupo del pasodoble menos esperado, la banda de Aragón. La comparsa ha vivido una renovación que se presenta muy interesante.

El coro ha sido la modalidad que más ha defraudado. Sólo la presencia del coro a pie, con merecida presencia en la final, ha traído aire fresco a una modalidad demasiado anquilosada para la evidente importancia que tiene el tango en el Carnaval gaditano. Los coros de Pardo y Zamora han cumplido, aunque algunos aficionados hubieran preferido un trueque en el reparto final de premios, y en el resto cabe destacar la progresión de los jóvenes de 'Qué bahío'.

Chirigotas y cuartetos han mantenido su nivel, con unas pito-risas admirables, y muchos autores punteros anclados en ideas y tipos que cada vez llaman menos la atención del público.

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