Cuando no había carpa

  • Los bailes de máscaras en locales cerrados de casinos, sociedades culturales y recreativas son uno de los capítulos más importantes de la historia del Carnaval gaditano.

Las primitivas fiestas de carnavales, a principios del XIX, consistían en desfiles callejeros de máscaras y bailes en locales cerrados de casinos, sociedades culturales y recreativas entonces existentes, alcanzando gran renombre, tanto por el exorno de los citados locales como por la magnífica organización y buen gusto que fue siempre norma de estas reuniones.

Entonces el baile era el eje de la fiesta y todavía no existían las agrupaciones que cantaban coplas.

En estos bailes era obligatorio que las máscaras de uno u otro sexo, antes de pasar al salón donde se celebraba la fiesta, lo hicieran a unos departamentos privados donde era preceptivo identificarse.

En Cádiz se hicieron muy famosas las academias de baile, una de las que se hizo más popular fue la de Luis Alonso. Esta escuela tenía tan buena acogida popular que llegó a un gobernador la denuncia presentada por vecinos a quienes molestaban y escandalizaban las fiestas y bailes que se celebraban hasta altas horas de la madrugada. La autoridad denegó la denuncia y puso en un ángulo de la instancia: "siga la danza/baile el danzante y tengan paciencia los denunciantes". Esta anécdota se cita en el libro 'Memorias de un anciano', de Alcalá Galiano. Otra de las academias que se hizo muy famosa fue la ubicada en la calle Pasquín, 3.

La madrugada del Miércoles de Ceniza, poco antes del amanecer, terminaban los bailes y todos acudían a la plaza de San Antonio a despedir el Carnaval. La plaza estaba adornada por gigantescos "paraísos" cuyos ramajes llegaban hasta las azoteas de las casas. Se colocaba una "luna" en el centro de la cornisa de la torre de la iglesia y marcaba los movimientos lunares.

Los bailes públicos de máscaras se daban en el Teatro Principal, Teatro del Balón, Circo de Bedoya, La Camorra de la calle del Empedrador -hoy Arbolí- y el Café de las Cadenas, en Kursaal gaditano, en el Casino, en verbenas populares por los barrios... cada uno de ellos para un sector de la sociedad, bien definido.

Una de las primeras noticias publicada en el primer Carnaval que cuenta nuestro Diario hace 142 años está relacionada con el capítulo de bailes de máscaras en locales cerrados, organizados por la alta sociedad gaditana. Tanta era la expectación por asistir a este tipo de evento que, al igual que hoy, la reventa estaba a la orden del día.

El aspecto del Casino Gaditano en un baile de Carnaval de 1868 lo describe este rotativo de la siguiente manera: "El patio, techado de cristales, ofrecía la apariencia de un suntuoso salón con sus columnas tapadas de guirnaldas y cubierto el suelo de blanco tapiz. En el tocador de señoras se ofrecían dulces y refrescos y en el salón de fumar, bebidas de todas clases. La juventud se lanzó a bailar polkas y rigodones hasta que se llamó, a la una de la madrugada, a la cena. Las risas y alegrías alternaban con los taponazos del champagne al compás de la orquesta que llamaba al ritmo de vals. Todo el mundo llevaba disfraz".

Con la llegada del siglo XX, los bailes programados por el Casino Gaditano y el Círculo Mercantil e Industrial estuvieron muy concurridos y con todos los asistentes disfrazados convenientemente. Entre los disfraces de ese año sobresalieron por su ingenio, un grupo de jovencitas con ropajes de japonesas y también unos zagalones vestidos de bebés rosa y amarillos con plumas celestes, metidos en interior de unos descomunales coches de capotas que hicieron las delicias de los paseantes.

También hubo fiesta hasta la madrugada en el Centro Católico de Obreros con la presencia de las mejores comparsas. El socio Federico Sahagún cedió galantemente un excelente gramófono, que hizo las delicias de los asistentes.

Ya en los años veinte, en la ciudad seguía habiendo dos carnavales: el popular de las agrupaciones en la calle y los bailes de sociedad de las clases pudiente.

En estos bailes de máscaras existían dos vertientes. Disfrazarse en grupo de algo gracioso y grotesco. En este caso se procuraba el total anonimato tras la careta. O disfrazarse con trajes suntuosos buscando el lucimiento personal. Para este tipo las máscaras apenas cubrían parte del rostro con un antifaz. En un artículo del periodista Bartolomé Llompart cuenta la anécdota que siendo gobernador militar de Cádiz el general Primo de Rivera, "se avino a salir con sus hijos, también disfrazados, un día de Carnaval para ir a un baile del Casino. Creyó prudente calarse un antifaz para pasar desapercibido. No fue eficaz la medida, y cuando iba atravesando el patio con la alegre y juvenil caravana, oyó al centinela gritar:

-¡Guardia formar!"

El Gran Teatro Falla era cedido habitualmente al Círculo Mercantil e Industrial para celebrar los bailes de gala.

El sábado 5 de marzo de 1927 tuvo lugar en los astilleros gaditanos de Echevarrieta y Larrinaga la botadura del nuevo buque escuela de la Armada Española, 'Juan Sebastián de Elcano'. Al coincidir dicha fecha con el segundo baile de Carnaval en el Gran Teatro Falla, la madrina y los asistentes a la mencionada botadura acudieron al baile que se celebraba en el coliseo.

El teatro fue decorado para la ocasión por Godoy y Accame. Sobre el escenario fue colocado un enorme tapiz, hecho en confetti, con el emblema de la Marina de Guerra.

A las once y media de la noche entró en el recinto el ministro de Marina, almirante Cornejo, acompañado de la madrina del nuevo buque, Carmen Primo de Rivera, hija del presidente del Gobierno. Al hacer entrada las autoridades en el palco del Ayuntamiento, el público prorrumpió en una ovación cerrada y la orquesta tocó la Marcha Real.

A las dos de la madrugada, el ministro, la madrina del 'Juan Sebastián de Elcano' y las autoridades subieron al foyer para cenar el clásico frito gaditano que fue servido por la Cervecería Inglesa, mientras continuaba la animación y los bailes.

Cuando en 1936 se vivió el último Carnaval con un ambiente ya en cierto modo enrarecido por la tragedia que se avecinaba, seguían siendo destacados los bailes organizados en el Falla por el Casino Mercantil.

También eran famosos los que organizaban los estudiantes de Medicina en el cine Municipal primero y el cine Gades posteriormente, así como los más populares que se celebraban en el teatro Cómico de la calle San Miguel.

Tras la guerra civil y la llegada de las Fiestas Típicas vuelven los bailes de gala en honor de las reinas de las fiestas, con la asistencia de las primeras autoridades de la ciudad. Eran tiempos en los que el frac y el esmoquin era de uso obligado y prevalecían sobre los disfraces.

Posteriormente con la democracia y la llegada del Carnaval no se interrumpieron los bailes en el Falla.

En esa época junto al Ayuntamiento, la organización correspondía a los grupos de empresa y estudiantes de las facultades.

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