Yo maté a Martínez Ares

El año de nuestras luces

  • De locura. Tras 'Zombies', pese a no pasar a la final, el listón estaba alto y teníamos que mantener el tipo l Para que al grupo le gustaran mis cuplés, me inventé que me los hacía Juan Rivero

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LA última actuación de 'Zombies' ocurrió en la discoteca Mobby Dick en San Fernando, y digo ocurrió porque en mitad de la actuación Tey, el bombista, de buenas a primeras desapareció del improvisado tablao que instalaron en el antro. Nos dimos cuenta cuando en mitad de la actuación oímos un "¡Ahhhhhh!" y vimos un platillo rodando por el local. Esa noche nos presentó ante el público el padre de Manolo El Gitano tal que así: "Recién llegados de Jolivú y tras una larguísima gira por toda España hoy, con ustedesý". Así fue. Lo juro. Genial.

Tuvimos que buscarnos otro local de ensayo porque hubo desavenencias con el dueño del Café El Correo, qué jodío, tuvimos desavenencias después de limpiárselo de escombros, eso es arte de Cádiz. El nuevo local, que nos costó Dios y ayuda conseguirlo, lo encontramos al lado de mi casa, frente a urgencias del Hospital Puerta del Mar, hoy día es el café bar Victoria. En esta ocasión no hubo que trabajar pero se nos escuchaba por toda la calle. Otro de los problemas de los locales siempre ha sido la falta de luz y si no que se lo digan a todos los que se han enganchado al suministro de una farola o de un vecino, que nunca supo que le robaban energía. Nosotros hablamos con el dueño de un establecimiento próximo, quien nos suministró de tapadillo la luz para los ensayos.

Estaba claro que el listón, aún sin haber llegado a la final, estaba alto y después de 'Zombies' teníamos que mantener el tipo, nunca mejor dicho. La idea también me la suministró la televisión a través de un videoclip. La canción era lo de menos, lo que me interesaba era la idea: un nido con huevos plateados de los que nacían seres envueltos en una piel de cristal: era una locura, como el Carnaval en sí mismo, como yo mismo. Convencí al grupo de que ése tenía que ser el tipo porque era una sucesión de metáforas: Cádiz, tacita de plata, plateada, la luz de la ciudad, el brillo de las mañanas, la locura del Carnaval con sus colores, el chovinismo gaditano, el egocentrismo que nos hace encerrarnos en un nido de plata. Ahora sólo había que buscar la manera de vestir lo que había visto en el vídeo. Después de mucho preguntar (antes no había internet ni móviles de última generación) nos dimos cuenta que el disfraz nos traería de cabeza. A través de un conocido encargamos unos monos de trabajo que, si la memoria no me falla, lo hacían chicos de Afanas. También compramos unas planchas plateadas semirígidas que luego convertiríamos en miles de cuadraditos plateados de un centímetro por un centímetro; cada disfraz tenía la nada despreciable cantidad de casi cinco mil espejitos. La parte de las rodillas, la cintura, los codos y la espalda iban vestidas con tela de lamé color plateada y, aún así, para subir un bordillo nos tenían que ayudar y para hacer pis, no te digo nada. Para rematar la locura se confeccionaron unas especies de camisas de fuerza -qué haríamos sin las madres, gracias vieja- que nos colocábamos en la presentación. Cuando nos la quitábamos las luces rebotaban en nuestro cuerpo y desde el patio de butacas al gallinero todo resplandecía. El disfraz también contaba con otros detalles, unas puñetitas de encaje en las mangas y una chorrera a modo de corbata que nos daba un toque Marqués de Sade muy curioso y el grupo, menos uno o dos, era el mismo que el del año anterior.

Nuestros sábados en la peña seguían siendo sagrados y allí todos los que salían en agrupaciones se enfrascaban en eternos debates carnavalescos. Había de todo. Unos que no se hablaban con otros, otros que volvían a hablarse después de varios años, dos en una esquina cantando por lo bajinis un pasodoble marcando el compás en la pared, los de siempre jugando a las cartas o al dominó, lanzamiento de cuchillos al estilo comparsaý así hasta las tres de la tarde, más o menos, que nos íbamos para casa con la cabeza como un bombo, de Carnaval, claro.

Ese año también uno de los nuestros recibió una llamada de la comparsa de Antonio Martín. Manuel Serrano Mac-Gregor empezó a ensayar con nosotros pero terminó vestido de 'Soplos de vida'. ¡Ojo, yo también he llamado a algunos a lo largo de mi vida carnavalesca! Esto es puramente anecdótico. A mí me costaba la vida hacer cuplés, o mejor dicho, el grupo pensaba que a mí no se me daba bien hacer cuplés, así que me inventé que me los hacía Juan Rivero, que en esa época era un crack de las chirigotas. Mentira, los hacía yo, pero ellos se lo creyeron, lo que es el poder de la sugestión.

'De locura' gustó en el Falla y el grupo de seguidores seguía creciendo, sin embargo, tras otro año sin llegar a la final, en la comparsa había división de opiniones. Unos pensaban que si dábamos con un tipo gaditano nos meteríamos en la final y otros apostaban claramente por seguir rompiendo moldes y crear y crear para abrir la mente, porque era nuestro momento. De hecho, en el tintero, y eso a veces algunos que todavía nos hablamos lo recordamos, se nos quedaron tipos como 'Basura', una inmensa montaña de basura que reflejara la desesperación de la madre tierra ante tanta falta de concienciación con el medio ambiente, además de sacar a flote la basura del Carnaval, que es mucha, por cierto. Ya entonces pensábamos en hacer una comparsa ecológica.

El día del estreno, como es normal, también nos pasó algo. Nosotros no podíamos ponernos las camisas de fuerza porque el tipo era incomodísimo, así que los tramoyistas, los chicos y chicas de la radio, todos los que podían nos echaban un cable. El regidor dio la orden a sala. Todos estábamos un poco tensos. Se escuchó una voz: "¡Va cortinas!" Y de pronto digo yo: "¿Dónde está Rafael? ¡¡¡Rafael!!! Rafael estaba con la camisa de fuerza puesta hablando con un tramoyista sobre una reclamación de una factura del recibo de la luz. A mí me iba a dar un infarto. Las cortinas estaban abriéndose. "¿Rafael, por Dios que están abriendo las cortinas?" El me contestó: "Tranquilo, chiquillo, no te preocupes, vísteme despacio que tengo prisa". Lo mataba... Ese año concursamos en El Puerto de Santa María y conseguimos el primero de muchos primeros premios consecutivos. Y ahora que me acuerdo, en un camerino del teatro el alcalde de El Puerto se arrancó a bailar y se le cayeron las gafas y yo no me di cuenta yý ¡crack! Nadie se agachó a recoger las gafas. ¡No podíamos con el tipo!

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