Largando que es gerundio

Ruido

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LA calle, aunque anárquica, se rige por unas leyes no escritas. Canta y deja cantar. Hoy me ceñiré a una de esas leyes: no harás ruido que moleste o impida cantar a una agrupación.

El ruido es el enemigo principal del carnaval en la calle. Me refiero a ese carnaval que disfrutamos algunos en Cádiz: el de las coplas. Otras formas de diversión que impliquen generar ruido, son incompatibles. Ya acabamos con la molesta costumbre de las barras con "música" ahuyenta agrupaciones. Pero aún quedan otras.

Un efecto colateral que nos ha traído la crisis, es que una conocida firma de

hipermercados que regalaba bombos, ya no lo haga. Algo bueno tenia que traer la dichosa crisis. Como dice mi amigo Manolo Padilla, los bombos deberían tener licencia, como los taxistas. La percusión de una callejera es la referencia más clara de la calidad de éstas. Obsérvenlo y ya me contarán si no tengo razón: cuanto más lejos se escuche la percusión de la agrupación, más mala es. No falla. Un bombo sin relleno y una caja sonando a matraca. Se les oye venir de muy lejos. Pasan haciendo "tipo", se apalancan en una esquina y meten ruido para atraer a ese público despistado que desaparece poco a poco en cuanto empiezan a "cantar".

No todas las que llevan caja y bombo son ruidosas. Las buenas los llevan para marcar el compás y casi no se escuchan. Las malas, como los del camión del butano, para que la gente se entere de que están allí. Y ambos dan la lata. Las malas, a otras agrupaciones. Los del butano, a todo el barrio. Por cierto que contra ese ruido butanero sí que hay leyes escritas…

La última novedad en esto del ruido es la batucada. O mejor dicho, la tamborada. Dos o tres notas, con sus correspondientes relevos, porculean en sitios donde habitualmente cantan ilegales. Atraen a ese público indiferenciado que lo mismo estaría en las fallas que en la feria de Alcorcón. Echan a las ilegales a muchas manzanas a la redonda. Y se cargan la fiesta.

Así que ésa es la asignatura pendiente del carnaval de las ilegales. Crear esa conciencia de que la calle, aunque espectáculo anárquico y gratuito, tiene unas reglas. Y esas reglas son cada vez más necesarias, porque cada año hay más agrupaciones y romanceros disputándose los buenos lugares donde cantar. Y son tan sencillas que no hace falta escribirlas. Viva y deje vivir. Deje la charlita cerca de la gente que escucha.

Y si a su pequeño porculín se le antoja un tambor, no sea sieso y se lo compra, pero lléveselo a cortadura a practicar.

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