El tanguero

Jesús y Efraín

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COMO que te sientes más joven al estar rodeado de chavales de veintipocos que tienen delirios por esta fiesta y la misma inquietud que uno. Y es que, de casta le viene al galgo, desde que nacieron han visto un denominador común en casa; sus padres se desvivían por Cádiz y sus tradiciones, trabajando con tesón cada uno por su cofradía y por su coro.

Me siento orgulloso de que en el coro, donde me tienen recogido, haya gente con esta entereza y rectitud a pesar de sus pocos años. Pero ellos, Jesús y Efraín, Efraín y Jesús, hacen que me sienta así.

Jesús, porque su padre, Manolo Cabañas, se fue sin hacer ruido, fiel a su forma de ser y de entender la manera de comportarse, días antes de comenzar el concurso. Manolo era discreto, educado y conversando lo justo y necesario para entenderse con todos. Nunca faltó una llamada de cortesía para hacer ver que el trabajo le impedía, una noche más, estar al lado de sus amigos para el ensayo de su coro. Cuando ensayaba se caracterizaba por su silencio y disciplina, que él siempre entendió que eran necesarias para estar en un colectivo. A la hora de aportar, también lo hacía y no solo con su voz sino con su memoria y la nota musical que se acababa de meter la grababa en su mente con precisión y esmero. Siempre antepuso que los estudios de sus hijos estaban delante y por encima de la participación de éstos en el Carnaval. Porque además sabía que a lo sumo lo que ellos encontrarían en esta fiesta como premio sería un antifaz de oro y un montón de amigos con los que ahogar las penas, que dicho sea de paso no es poco pero sí insuficiente para andar por la vida.

Y Efraín, porque acababa de fallecer su abuela del alma cuando el coro calentaba para cantar en el Falla. Precisamente la que tenía delirios de locura por él, del que se sentía orgullosa de verlo hecho y derecho. La que cada noche se preocupaba de que su hijo Antonio había llegado del ensayo y que no le faltara ni una mijita de cariño, ni a sus hijos ni a sus nietos. La que cada año, por tradición y por amor hacía las tortillas calentitas que el coro de sus niños se desayunaba para que cantara bien los domingos de carrusel y que a nosotros nos sabía a gloria. La que siempre estuvo al pié del cañón llevando y preocupándose por los suyos. La abuelita dulce y tierna.

Ellos, Jesús y Efraín, han tenido arrojo suficiente para estar a la altura de lo que son, dos hombres que en 'Los Últimos de Filipinas' no les llegaban a sus padres a la rodilla y que sin embargo el destino quiso que sus corazones sufrieran un gran revés antes de actuar en el Teatro Falla. No es que solo se mueran las buenas personas, es que las echamos más en cuenta cuando se van. Sus seres queridos se fueron pero dejaron aquí a dos hombres hechos y derechos, Jesús y Efraín. Efraín y Jesús.

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