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El rival más incómodo

  • La capacidad para anular a sus contrincantes convierte a los amarillos en el adversario más difícil de batir

  • Los de Cervera han dejado la portería a cero en más de la mitad de los partidos

Servando salta rodeado de defensas y del portero del Zaragoza en una acción del partido disputado el pasado lunes. Servando salta rodeado de defensas y del portero del Zaragoza en una acción del partido disputado el pasado lunes.

Servando salta rodeado de defensas y del portero del Zaragoza en una acción del partido disputado el pasado lunes. / fito carreto

No se había ido, aunque en los últimos dos meses daba la impresión de que perdía fuelle arrastrado por la incontinencia de puntos que se escapaban por el sumidero de empates convertidos en el día de la marmota. Pero ahí está el Cádiz, que había aguantado el tirón con un pequeño paso atrás pero ahora resurge con una fuerza descomunal, en su versión más consistente, dispuesto a presentar batalla para completar el segundo de los tres objetivos de la temporada inmerso en el sprint definitivo. El primero, el de la permanencia, que pronto se le quedó corto en el mes de marzo. El segundo, en proceso, el de la clasificación para el play-off. El tercero, imposible si no se cumple el segundo, el del ascenso a Primera División, a día de hoy un reto lejano, el más difícil de todos aunque generador de ilusiones.

Ahí está el Cádiz, que con una zancada larga que llega justo a tiempo desempolva su candidatura para meter la cabeza en el play-off. Aún tiene que pelearlo, pero al fin da un paso al frente en el momento caliente de la temporada. Pocas veces una victoria ejerce un efecto tan revitalizante como la del pasado lunes. Actuó como un complejo vitamínico que recarga de energía a un equipo y a toda una afición que en los últimos tiempos andaba algo preocupada por la carencia alimenticia del triunfo. Un triunfo liberalizador, que además de fuerza suministra una dosis con mezcla de tranquilidad y autoestima para afrontar desde la cuarta plaza las tres finales que quedan hasta cruzar la meta. Lo tiene cerca.

El deporte profesional exige resultados y cuando éstos se evaporan, el trabajo concienzudo a diario es el habitual asidero que mantiene activo el motor a la espera de que la victoria vuelva por el mismo sitio por el que se había fugado. Álvaro Cervera había asegurado en la previa de la relevante cita con el conjunto maño que su equipo estaba muy vivo. No le faltaba razón. Sus jugadores no quisieron dejar en mal lugar a su entrenador. Vaya sí están vivos. El Zaragoza compareció con números que asustan a cualquiera -lleva 38 puntos en una excelente segunda vuelta- pero no le quedó otra salida que sacar a relucir la bandera blanca frente a un Cádiz poderoso, agigantado en un Carranza que esta vez sí fue una fortaleza con una legión de centinelas que ejercieron un perfecto rol desde la grada pese a la inconveniencia que supone un partido un lunes por la noche.

Los amarillos sentaron las bases de la victoria desde el pitido inicial con el mismo veneno que en su momento aplicaron en sus anteriores triunfos. Sabían que las opciones de éxito pasaban por anular las virtudes de un Zaragoza que, bloqueado, fue incapaz de conectar en ataque hasta disolverse como un azucarillo. Fue uno de los mejores partidos en defensa de los locales. Todos trabajaron a destajo para cerrar espacios, como si de una final se tratase. No quedó una gota de sudor por exprimir. Sobresalió el esfuerzo colectivo y despuntaron también las individualidades, siempre necesarias para marcar diferencias. Pocas veces la práctica se ajustó tanto a la teoría como en el envite que clausuró la 39ª jornada, el que devolvió la sonrisa a la galaxia cadista. Todo salió como estaba planeado, con un rival desconectado y un Cádiz enchufado, con la suficiente habilidad para rematar la faena delante del portero. Hay que retroceder dos meses para encontrar la última vez que el equipo de Cervera hizo dos goles en un mismo partido. Fue contra el Sevilla Atlético, un duelo solventado con un incontestable 4-1 frente a un contendiente con pinta de Segunda B. Fue además el último triunfo cómodo hasta el de anteayer ante el conjunto de Natxo González. Vencer sin sufrir a un claro aspirante al ascenso refleja la cabezonería de un equipo que se niega a bajarse de la zona de privilegio, en la que acumula nada menos que 24 jornadas consecutivas, más de media temporada.

Una las claves de la justa victoria estuvo en la aniquilación del juego de un rival empequeñecido tras recibir un gol tempranero, pero además se unieron otros aspectos determinantes que inclinaron la balanza a favor de los anfitriones. El Cádiz no terminaba de ganar partidos porque no era capaz de ponerse con ventaja. Por fin consiguió golpear primero y con la corriente favorable demostró una vez más que es un equipo casi inabordable. Casi no hay término medio en un Cádiz de dos caras, intratable cuando dispone de renta y sufridor cuando el que marca el primero es el contrincante. En este caso se emparejó la solidez del ganador con las dificultades de un Zaragoza que si nunca había remontado un marcador adverso esta temporada no lo iba a hacer ante el conjunto más rocoso de la categoría. Inquietaron poco los norteños, desconocidos y temerosos de un posible cruce con los amarillos en el play-off.

Y es que el equipo amarillo alcanzó ante el cuadro aragonés la veintena de partidos de Liga con la portería a cero. Está sólo a uno de llegar a la mitad de choques sin recibir un tanto. En la primera vuelta dejó el arco intacto en 13 jornadas -de 21- y en la segunda son siete. El Cádiz es el equipo menos goleado del campeonato con sólo 23 dianas recibidas -un promedio de 0,5 por encuentro-. Es el único que no alcanza la treintena. Es imposible ocultar que tiene problemas en ataque -resueltos con eficiencia el pasado lunes- que suple con una superestructura defensiva que es la autopista hacia el cielo. Las posibilidades de hacer algo grande radican en prolongar hasta el final la capacidad para maniatar a los rivales y en esa faceta el Cádiz es el equipo más fiable de la Liga.

El segundo equipo menos goleado, el Osasuna, está a una lejana distancia de ocho tantos -31-. El Cádiz recupera sensaciones, se vuelve a colgar el cartel de rival temible que gana enteros con una victoria de prestigio que deja en sus manos el pase a la siguiente fase. La luz de la ilusión vuelve a brillar con intensidad, la de un equipo que sueña y hace soñar con una hazaña. Todo es posible bajo la premisa del esfuerzo. Las cuatro derrotas cosechadas en la segunda vuelta fueron por la mínima y a domicilio: 1-0 en Alcorcón, Soria -ante el Numancia-, Pamplona -contra el Osasuna- y Reus.

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