CÁDIZ | VALLADOLID

Ideas ultracongeladas (0-1)

  • El equipo amarillo ve frenada su racha con una derrota producto de un grave error de Cifuentes y la nula capacidad de reacción al verse arrastrado por su escasez de recursos.

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Cuando más lanzado iba el Cádiz en la Liga de pronto... ¡¡zas!! Bofetada de realidad. La derrota es una posibilidad más del juego pero cuando llega no deja de ser un chasco. Sobre todo después de cuatro victorias consecutivas. Es precisamente ese póquer de triunfos el que permite tropezones que no generan preocupación más allá de mal partido. Pesan más las negativas sensaciones que el resultado adverso. El conjunto amarillo se había acostumbrado a ganar y cuando menos esperaba el resbalón se pegó un batacazo más que merecido frente a un Real Valladolid al que le bastó su pujanza por el balón para hacer bueno el regalo de Alberto Cifuentes en el arranque que provocó el único tanto del encuentro.

Los errores forman parte del juego y el cometido ayer por el cancerbero a la postre resultó decisivo para que el equipo gaditano completara la primera vuelta con una derrota que hace casi cuatro meses que no sufría en el Ramón de Carranza -ante el Real Oviedo el 25 de septiembre del pasado año-. El fortín en que se había convertido el Carranza saltó por los aires y frenó en seco al equipo.

Lo que mal empieza mal acaba y el accidente al principio de Cifuentes terminó siendo letal. Pero los gaditanos no perdieron sólo por ese gol tonto. Cayeron empujados por su propia inoperancia, por no saber a qué jugaban, por el naufragio de todos los jugadores pero sobre todo por la absoluta falta de jerarquía en el centro del campo. Ni Eddy Silvestre ni Abdullah tuvieron su día. Pero no sólo ellos. El equipo en general ofreció un tono grisáceo y lo pagó con un palo que nunca viene mal si sirve de impulso en jornadas venideras. No hubo la más mínima capacidad de reacción, las segundas jugadas cayeron casi siempre del lado visitante y las pocas ocasiones se marcharon al limbo.

El Cádiz extravió la fórmula mágica con la que había firmado una excelente racha que ayer llegó a su fin tras caer en casa ante el cuadro castellano y leonés. El equipo amarillo, sin brújula en la medular, con voluntad pero sin acierto, no ofreció argumentos para superar a un rival que demostró oficio y calidad y devolvió a los de Álvaro Cervera a la realidad de la competición. Eso sí, el varapalo no evita que el Cádiz conserve la cuarta posición al cierre de una primera vuelta sobresaliente a la que le faltó la matrícula de honor.

El preparador cadista practicó dos cambios en relación al ultimo partido. Eddy Silvestre ocupó la plaza del sancionado Garrido en la medular y Salvi volvió a la titularidad en detrimento de Nico Hidalgo, que pasó de salir de inicio en Elche a ser el futbolista descartado de los 19 convocados al padecer un proceso febril.

El conjunto pucelano salió más enchufado que un rival contagiado por el frío enredado en un quiero y no puedo. Le costaba un mundo hilvanar un juego descosido ante tanto desatino. Los de Paco Herrera no tardaron en dar su primer aviso en el minuto 4 con el pase la muerte de Juan Villar a Mata que abortó Aridane a lo justo cuando el delantero se disponía a colocar el 0-1.

El susto no fue sino la señal del peligro a la contra de los visitantes. Los locales debían andar con especial vigilancia atrás para no verse sorprendidos y cuando parecían haber tomado el control llegó un mazazo en el minuto 16 poco después de que Salvi cabeceara al larguero y Ortuño, en el rechace, rematase fuera. Joan Jordán soltó un disparo inocente desde la frontal del área fácil, muy fácil para Alberto Cifuentes. Era tan sencillo de parar que ocurrió todo lo contrario. El arquero se tragó la bola en un error tan clamoroso de esos que suceden muy de vez en cuando. Se disculpó y enseguida encontró la comprensión de sus compañeros y el público. Al Cádiz le suele acompañar la suerte y alguna vez tenía que chocar con la fortuna esquiva. La afición aplaudió a su portero y Rubén Cruz se acercó hasta él para darle ánimos.

No era la primera vez que los gaditanos se veían por debajo en el marcador en casa aunque disponían de tiempo de sobra para evitar la ruptura de la buena racha.

Los blanquivioletas se vinieron arriba merced a su dominio en el centro del campo, donde provocaron un cortocircuito en la creación de los anfitriones, atenazados por las frecuentes pérdidas. La comodidad con la que circuló el esférico el Valladolid contrastó con las enormes dificultades de un Cádiz espeso, con el motor medio gripado que funcionaba a tirones.

Más cerca estuvo el 0-2 que el empate. De hecho, en el 24, Cifuentes sí acertó a despejar el cuero tras un misil esquinado de Mata.

No terminaba de estar a gusto el equipo local, que sin embargo apretó en la recta final de la primera parte en busca de una igualada que no logró aunque no anduvo lejos. En el 37, un testarazo de Rubén Cruz delante de la portería, con todo a su favor, se escapó alto por muy poco y cinco minutos después, de nuevo de cabeza, se topó con un inspirado Becerra.

El descanso irrumpió con una desventaja mínima de los amarillos, obligados a dar un giro en el segundo y definitivo periodo.

Los locales no pararon de intentarlo pese a su escasez de recursos en el juego. En el 51, un cabezazo de Aridane tras un córner metió el susto en el cuerpo a los visitantes, pero la pelota no encontró puerta.

La solución tenía que llegar desde el banquillo y Cervera, desde el lugar que ocupase en la Tribuna, ordenó el ingreso en el terreno de Dani Güiza con media hora por delante. El jerezano, como había hecho en Elche, se incrustó entre los centrales junto con Ortuño, con Rubén Cruz de enganche.

Los amarillos no daba con la tecla frente a un adversario superior, valiente en la presión y en la apuesta por el fútbol de toque. Los pucelanos perdonaron la vida en el 65 cuando Mata, solo delante de Cifuentes, se entretuvo más de la cuenta y un posterior zapatazo de Jordán rebotó en Carpio.

El Cádiz, sin centro del campo, iba a menos con el paso de los minutos y la penúltima baza de Aitor tampoco surtió efecto. Las distintas variaciones tácticas a la desesperada no pasaron de tentativas bienintencionadas de al menos equilibrar el marcador. Rubén Cruz debió acabar medio loco. Mediapunta, extremo derecho, centrocampistas... Ejemplificó los movimientos finales que fueron estériles. Los anfitriones empujaron con más corazón que cabeza, con Santamaría como último recurso desde el banquillo, pero no hubo manera. El desorden era absoluto, el convencimiento nulo y el marcador no se movió pese al último lanzamiento lejano de Aitor atrapado por Pau Torres.

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