La semana

A veces hay que operar

  • Salvo los miembros de la plataforma de defensa de la Aduana, el resto de arquitectos reunidos por el colegio lo tiene claro: carece de valor arquitectónico y patrimonial l El próximo día 20 se firmará al fin el convenio de la plaza de Sevilla l Pero el debate debe ser otro: recuperar el mar

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La plaza de Sevilla no es una plaza; no lo es como la de Mina, donde juegan los niños que aún viven en el casco antiguo; ni como la de San Francisco, donde las horas de conversación corren como minutos entre cervezas y naranjos; ni siquiera como la de Hotel Playa Victoria, punto de encuentro de los domingos por la mañana. Vamos a ver, la plaza de Sevilla es en realidad una rotonda, cientos de coches, motos y camiones dando vueltas alrededor de una de las pocas fuentes que nos quedan en Cádiz y del pobre de Moret, al que sólo le ven la cara los guardias civiles de la puerta del muelle. Bueno, pues la intención del arquitecto César Portela fue ésa: que la plaza de Sevilla fuera un poco más plaza, que recuperase en la medida de lo posible la vieja plaza de la estación, un jardín que se abría al salir del tren y acompañaba a los viandantes recién llegados hasta las verdaderas esencias de Cádiz, el puerto, el mar y su caserío. Porque, como su colega Juan Jiménez Mata explicó el pasado jueves en el debate sobre la Aduana organizado por el Colegio de Arquitectos , la estación de ferrocarril de Cádiz nunca fue una estación término. "El viaje no terminaba en Cádiz", argumentó quien redactara el primer PGOU de la ciudad: el viaje proseguía al otro lado, al barco que partía a las Américas o a Canarias, de ahí que la ansiada recuperación de la plaza de la Estación él la denominara, por estas gratas circunstancias, la plaza del Mar.

¿Y qué obstáculo hay entre la vieja estación del siglo XIX, hoy recuperada, y el mar y el puerto? Sí, el edificio de la Aduana. Y ésta es básicamente la razón por la que el arquitecto César Portela la eliminó al redactar su proyecto de la plaza de Sevilla. "A nosotros los arquitectos nos gusta construir, no derribar, del mismo modo que a los médicos tampoco les gusta operar, abrir, pero a veces no queda más remedio, y aquí no quedaba más remedio", relató Portela, que tras finalizar un debate animado de unas dos horas, subrayó: "No cambio el proyecto en lo fundamental, tras escuchar las opiniones, me voy de Cádiz muy contento". Y punto.

El próximo 20 de febrero se firma en Madrid -por fin- el convenio de la plaza de Sevilla entre la Junta, Fomento, el Ayuntamiento y Adif, la antigua Renfe. Y es "por fin" porque el concurso se convocó en 1997: una década de discusiones. Y de cambios en el proyecto. Y de pataditas políticas. Y de la inclusión de la necesaria estación de autobuses de la ciudad. Y de la eliminación de las viviendas junto a los astilleros. Sí, diez años son suficientes.

Aun así, en los últimos meses hemos asistido al planteamiento legítimo de un grupo de ciudadanos por mantener el edificio de la Aduana, y por ello el Colegio de Arquitectos convocó el jueves a cuatro profesionales para que opinaran sobre su calidad. El citado Juan Jiménez Mata, el autor del proyecto, César Portela, Víctor Gómez y José María Esteban. Sólo Esteban defendió la necesidad de mantenerla, el resto negó la mayor: carece de valor arquitectónico y patrimonial, un edificio terminado en el año 1957 que unos tacharon de "falso" y otros de "obstáculo". "Sería un insulto que fuera calificado Bien de Interés Cultural", se afirmó. Ramón Pico, en su papel de decano del colegio, fue más conciliador, pero no defendió ese supuesto valor patrimonial. Sin embargo, creo que todo quedó aclarado cuando una de las personas que estaba entre el público, Gabriel Romero, se levantó y esgrimiendo un libro rojo -no era el de Mao- dijo lo siguiente: "Esta es la Guía de Arquitectura de Cádiz, editada en 1995 por este colegio y la Junta, contiene 333 edificios y ninguno de ellos es la Aduana".

José María Esteban, que ha defendido el edificio citado, mantiene que es un patrimonio de los gaditanos y que al construirlo se le incluyeron ciertas peculiaridades de la arquitectura de la ciudad. Sin embargo, Víctor Gómez mantuvo que es una copia de una vieja aduana de Bilbao del siglo XVIII, pero, en especial, fruto de una mala arquitectura de los años 50 que tiene su paradigma en el Ministerio del Aire de Madrid. Esteban defiende que eso nunca llegará a ser una plaza, sino un lugar de tránsito, como lo es Canalejas desde que se construyó el aparcamiento y desapareció Chacolín.

Pero todos los demás apuntaron a que ése debe ser el objetivo: crear la verdadera plaza del Mar, un espacio abierto que llegue desde la marquesina de la estación, donde irá un centro comercial, hasta la Diputación. Para lo que será necesario dar este primer paso de César Portela y, posteriormente, abrir la verja del muelle para que los ciudadanos recuperen el mar, que "se puedan mojar los pies en el agua", expresó uno de los invitados alegóricamente. Y es eso: una plaza de la Estación, un subterráneo para retener a cerca de 2.000 coches a las puertas del casco antiguo y quién sabe si en un futuro esa gran plaza del Mar, que debiera unir el frente de edificios de Canalejas con el cantil del muelle. Pero, por favor, firmen el próximo 20 y ya esperaremos otros diez años.

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