"El reto es que las cofradías hagan hoy nuevos cristianos"

  • Apuesta por hacer crecer la religiosad popular "por el bien de la Iglesia y el futuro de la evangelización"

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Pasa la primera mitad de la Semana Santa en Ceuta y la otra mitad en Cádiz. Conoce la realidad del mundo cofrade, valora su fuerza y su misión y no esconde sus carencias o debilidades. Por primera vez, Rafael Zornoza analiza en profundidad el mundo de las hermandades gaditanas.

Una de las cosas que hace reconocer el valor de las cofradías es su caridad"Veo en la Semana Santa una sensibilidad y un sentido especial de la penitencia"

-¿Qué supone para esta diócesis las hermandades?

-Una riqueza muy grande para la vida de la Iglesia, son asociaciones a veces muy antiguas que tienen una larga historia y una gran trayectoria educativa: han educado la fe del pueblo de Dios. Hoy son muy valiosas y esta diócesis tiene 176 hermandades, creo.

-¿Qué le aportan a la Iglesia de Cádiz actualmente?

-Me han preguntado muchas veces si las hermandades siguen teniendo vigencia o si siguen teniendo sentido las procesiones, y mi respuesta siempre ha sido positiva. Por el bien de la Iglesia y el futuro de la evangelización hay que hacer crecer la religiosidad popular, que ha sido siempre reconocida y apreciada. Eso sí, será un bien eclesial si esta expresión religiosa tiene garantías de ser expresión, reflejo y camino de la Iglesia, con toda su fuerza de sacramentalidad y de eclesialidad.

-¿En qué estado de salud diría que se encuentran?

-Eso es difícil de decir; como asociaciones canónicas tienen buena salud, porque existen, tienen hermanos y hacen lo que tienen que hacer; pero ¿hasta qué punto la hermandad tiene que cumplir una misión que fomente la fe dentro de todos sus devotos y que pueda vivir la vida cristiana? Yo creo que el mundo cofrade tiene hoy la misión de proporcionar calidad a la religiosidad popular. Conformarse con la imagen solemne y atractiva de las procesiones sin preocuparse de fortalecer la fe nos deja la sensación de una gran debilidad. Y en este sentido, las hermandades de la diócesis han de renovarse profundamente si quieren responder a la llamada que hoy hace la Iglesia a la evangelización. Es un tema delicado y profundo, desde luego, que exige un análisis riguroso, tener un proyecto claro y la determinación de avanzar. Como dice el Papa Francisco, hay que salir del "siempre se ha hecho así" para responder al reto de la secularización. ¿Y qué retos tienen las hermandades hoy? Salir a la calle, buscar nuevos hermanos que puedan vivir la fe con coherencia y eclesialidad. Y no debe haber ninguna oposición entre las hermandades y la diócesis, o las hermandad y el Obispado, o la hermandad y la parroquia. Eso no puede existir; la hermandad es diócesis por los cuatro costados, y si no lo es falla como hermandad y corre el peligro de disolverse.

-¿En el plano social se reconoce el papel que hacen las hermandades? ¿Es suficiente?

-Se hace mucho. Yo creo que una de las cosas que hace reconocer a la gente que no es cofrade el valor de las cofradías es su caridad, que se manifiesta en acciones sociales de muchas maneras. Y no se trata de hacer una colecta o buscar una subvención para una cosa, es que los cofrades se mueven, lo trabajan; tienen la preocupación de poder crecer y atender misiones movidos por la caridad, que es algo que tienen muy grabado adentro. En este momento de crisis que no ha pasado ni de lejos para los pobres que viven en mayor exclusión social, por más que los datos económicos y laborales se presenten mejor, las hermandades son de gran ayuda y también de gran ejemplaridad.

-Otra pata de la que siempre se habla es la formación...

-Hay como una convicción previa de que la formación es importante, y así me lo han trasladado siempre. Pero luego ponemos medios de formación y no van los cofrades, como ocurre aquí con las escuelas de Teología, por ejemplo. No ha tenido aceptación. ¿Por qué? Porque en el esquema de funcionamiento de la hermandad se sabe que tiene que haber cultos, formación, caridad... y hay un responsable de formación que organiza una serie de charlas. ¿Ese es el esquema de formación que necesita hoy una cofradía? Además, muchas veces los temas que se tratan son típicamente cofrades, relacionados con el arte, las procesiones, la música... Eso está muy bien, ¿pero es capaz de renovar la vida cristiana? Hay que plantear otro concepto de formación. Y es un problema no solo de las hermandades, sino de toda la Iglesia. En la calidad de esta formación nos jugamos el futuro de las cofradías. El reto es que hoy las cofradías hagan cristianos, y no den por supuesto que ya lo son y que ahí expresan su piedad. Yo lo he planteado muchas veces, y los directores espirituales deberían meterse muy a fondo, porque las hermandades tienen muchas posibilidades.

-Ya que menciona a los directores espirituales, ¿está claro qué papel juegan o deben jugar en el seno de las hermandades?

-Es un asunto muy desigual, depende de qué hermandad y de qué sacerdote. Hay quien se encuentra muy aceptado y ve que puede colaborar mejor y hay otros que dicen que se cansan de proponer cosas y que nadie les siga. Habrá de todo, pero creo que es necesario tomarse en serio este cambio de perspectiva sobre la labor evangelizadora de la hermandad y el papel del sacerdote.

-Este podría ser uno de los asuntos que se abordaran en esa revisión de la norma diocesana que parece que se está llevando a cabo.

-Sí, ya hace tiempo propuse al Secretariado una revisión de la norma, cuando oí que era necesaria una actualización. Se ha planteado a las cofradías que hagan sugerencias, y ahora se está recogiendo. Mi impresión es que no va a ser una renovación de arriba a abajo, sino una acomodación, una actualización de cosas puntuales que la práctica haya visto que han quedado obsoletas o que ya no son viables. Lo que sí me gustaría es que la renovación de la norma suponga una renovación de la identidad profunda de cada hermandad, porque en el fondo lo que refleja la norma es la identidad personal.

-Hay voces que hablan de excesivas procesiones extraordinarias.

-Esto era una crítica muy local y yo creo que esta impresión fue causa de que coincidió el Jubileo de la Misericordia con el año jubilar de la Vera-Cruz en Cádiz. Sí que es verdad que ha habido críticas porque posiblemente hubo proliferación de procesiones no esperadas, pero fue ese año y creo que ya se ha moderado. En este momento no es ningún problema y lo que hay en perspectiva es bien poco. Está el vía crucis extraordinario, que veo que se ha acogido muy bien y ha creado mucha ilusión. En este asunto hay que encontrar un punto de equilibrio; las procesiones tienen que existir, tienen su sentido y dan su vida a la hermandad; aunque es cierto que si se prodigan demasiado, también se desvirtúan. De todos modos es algo que está ya muy regulado.

-No parece que usted sea un obispo de muchas coronaciones canónicas.

-La diócesis tiene establecidos unos criterios y procedimientos que se aplican ordenadamente cuando hay una petición. Debe seguir unos trámites y pasar por unos consejos que han de garantizar la seriedad de la petición y su viabilidad. Cuando se cumplen se avanza hacia su consecución. No hay ninguna traba por mi parte ni por parte de la administración diocesana y de hecho se han celebrado recientemente dos coronaciones canónicas. Si hay alguna petición, sigue su curso con las condiciones requeridas. No hacerlo así sería trivializar estos actos que tienen profundo significado solamente cuando se justifican con el clamor popular y la exigencia de una renovación profunda de la fe. A veces detrás del deseo de coronación no hay suficiente soporte de gente o de devoción.

-¿Hay alguna en ciernes?

-A algunos se les ve la intención, pero dar los pasos y ponerse en camino me parece que una en Algeciras nada más.

-Hablemos también de las polémicas que en ocasiones surgen tanto en el seno de las hermandades como en el público durante la Semana Santa. ¿Cómo vive el obispo estas situaciones?

-Primero suelo quitar hierro, porque la mayoría de las veces parece que no es para tanto. Aunque cuando la disputa surge parece que se cae el mundo. Hay que ver las cosas con ecuanimidad, y además creo que en esos temas no debo entrar porque para eso están los consejos locales y el Secretariado. Sí tengo que decir que cuando hay buena voluntad y sentido común las cosas se resuelven bien.

-En la Semana Santa de Cádiz ha perdido fuerza la jornada del Viernes Santo, tanto su Madrugada como la tarde, con la pérdida de cofradías. ¿Es esto preocupante a los ojos de la Iglesia?

-Preocupación, no. A lo mejor es índice de algo. Puede ser de población, de devoción... No lo sé. Posiblemente influye incluso que la Semana Santa se ha convertido en un momento de vacaciones; antes todo el mundo vivía solamente para la expresión religiosa; ahora vemos mil ofertas para irse de viaje. Sin embargo, veo que cada vez más en el triduo pascual las iglesias están más llenas y hay más actos de devoción, desde horas santas hasta vía crucis, las Siete Palabras, el vía lucis que se está haciendo ahora en Pascua, el vía matrix... Son formas de piedad también. No veo que se haya apagado el interés cristiano.

-Otra característica de la capital es la práctica ausencia de cofradías en la zona de extramuros, al contrario de lo que ocurre en la mayoría de ciudades.

-La presencia de los pasos en nuestras calles y la fe que se respira en la Semana Santa abren las puertas de la Iglesia a la gente. Más aún, la Iglesia sale esos días a la calle al encuentro de la gente. Las hermandades han de buscar a los hermanos alejados, acercarse a los barrios periféricos. Lo que pasa aquí, yo creo, es que la gente de cofradías sigue vinculada a las de siempre pese a irse a vivir a nuevas zonas.

-Dígame qué le ha llamado la atención de la Semana Santa que ha podido conocer en estos años como obispo.

-Tantas cosas... Me llama la atención la seriedad de las procesiones, es muy impresionante en toda la diócesis. Veo que la devoción popular tiene una sensibilidad especial y que es una fe muy realista: las imágenes nos dan una percepción de Dios hecho hombre que se puede ver y tocar, y eso lleva a un sentimiento que se expresa en la música, en las saetas, en las flores, en los cirios, en los penitentes... es muy bonito. Y más allá de la estética llama la atención el sentido especial de penitencia: el que está ocho horas debajo de un paso tiene que ofrecer algo a Dios, hay mucha gente que hace una promesa.

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