La plaza de paso

  • En contraposición a otros espacios similares de la ciudad, la plaza de España no genera una vida propia

Son varios los ciudadanos que traen sus perros a la plaza de España para dar una vuelta. Son varios los ciudadanos que traen sus perros a la plaza de España para dar una vuelta.

Son varios los ciudadanos que traen sus perros a la plaza de España para dar una vuelta. / Jesús Marín

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"¡La plaza de España!... Allí le daba yo de comer a las palomas".

Nadie se queda, todos la cruzan. Como una estación de tren. En la plaza de España no se está, se espera. Se espera a que el niño salga del colegio, se espera a la cita que viene en autobús, se espera a que el perro estire las patas, se espera encontrar un aparcamiento cuando expira la zona azul... Por la plaza España se pasa, la plaza España no se vive. Allí le daba yo de comer a las palomas... Creo que lo hacía en domingo... Hoy miércoles las amigas colúmbidas afinan instinto bajo los árboles saltándose las barandas que delimitan la zona ajardinada del área de paseo, un auténtico desafío separatista con el que merece la pena acabar. Pequeñas islas verdes dentro de la isla en la que se ha convertido la imponente plaza aislada del pulso de la ciudad, tan distinto su latir al ritmo cardiaco de sus iguales. Nadie se queda, no más se espera o se pasa. Por la plaza de España.

Con las vallas quieren acabar, integrar, por fin, la naturaleza en la pisada, oxigenando los cuerpos y la vista. Teñir con un poco de verde este perfil azulado nuestro. Será uno de los logros de proyecto de peatonizalización de la constitucional plaza que ha encontrado una cierta reticencia en algunos de los vecinos de la zona a los que, al conocer la propuesta, se les han aparecido los fantasmas de cuando la plaza se vivía de noche, cuando era mar donde venía a morir el río etílico de alta graduación que discurría por el Paseo San Carlos. También teme la buena gente a la organización de eventos culturales, a la música, al ruido, a la banda sonora, a veces incómoda, de la vida. Y a desprenderse de la facilidad de llegar a la puerta de casa en coche. Somos pocos, se reconocen, pero de avanzada edad.

Temor al traqueteo que se destila de la actividad de una plaza que puede ser resucitada. Natural. Natural si el paseante opta por sentarse unas horas -¡hecho insólito!- en una plaza que calla. Un silencio roto por el fervor doceañista predicado en diferentes idiomas de los guías turísticos que se plantan frente al Monumento de las Cortes y a un pebetero que hoy, al menos, no prende en llamas. Un silencio atravesado, puntualmente, por el alegre rayo de la vida que sólo dura lo que tardan los niños en entrar y salir de Celestino Mutis y Carmelitas. Un silencio que lleva pegado a su reverso el runrún constante del tráfico, inapreciable cuando se va de paso, cargante, a ciertas horas, cuando se opta por acomodarse más de quince minutos en uno de los bancos. El silencio a algunos nos pesa como una lápida de mármol y nos revolvemos contra la tristeza de los cementerios y de las plazas vacías.

Por eso, desde las tablas blancas de madera -algunas más blancas que otras...- en las que nos sentamos miramos hacia la Strelizia, traída dios sabe cuándo de Sudáfrica, o a la Bouganvilla de Brasil, miramos hacia los niños que cruzan pero no se quedan, hacia los abuelos que los esperan estrenando cada día sonrisa y repitiendo carro de la compra. Miramos a la vida, que se empeña aunque sea en rozar, esta plaza de paso.

Desde los bancos también hacemos un ejercicio de imaginación, ¿por qué no?, no hay otra cosa que hacer. Y soñamos que somos clientes de los futuros apartamentos turísticos anunciados en la Casa de las Cinco Torres o usuarios del próximo hotel en la casa de una torre menos, en la vecina plaza de Argüelles donde, por cierto, y puestos a imaginar, Francisco de Miranda, precursor de la independencia americana, se lamenta por los dos bancos vacíos a sus pies en los que nadie se sienta y por la fila de motocicletas que han invadido ya el acerado de su plaza.

Estábamos imaginando que somos clientes de futuros proyectos turísticos. ¿Qué vemos desde nuestra ventana? ¿Qué queremos ver...? Cada cual que rellene los puntos suspensivos con su propia ensoñación, con sus propias filias y desterrando sus fobias. Pero la plaza España es un espacio público que pertenece al conjunto de una ciudadanía -no perdamos esto de vista aunque los muros de coches nos nublen la visión- y que ha ido perdiendo el favor del ciudadano que prefiere pasar su tiempo en otras plazas como la plaza de San Antonio, Mina o San Francisco, éstas dos últimas, recordemos, supervivientes de la época del botellón, ¿qué digo supervivientes?, ¡son Alemania! Salieron reforzadas de la época de oscuridad.

En plaza España las noches son para los cazadores furtivos del último beso, de la calada y el gollete prohibido, para el avance lento y patoso de la pasarela Walking Dead que los fines de semana viene de la Punta. Pero de paso, siempre de paso. Ni la oscuridad se queda en una plaza que a día de hoy es hermosa, adecentada y grande. De las más amplias de la pequeña ciudad-isla en la que vivimos. Una plaza en la que se cuenta, como en aquel pasodoble, Recuerdo que era mayo..., que los gaditanos se enamoraban "mirando las flores por la plaza España" en una copla-historia que duraba 50 años... ¿Se siguen enamorando los gaditanos en la aislada plaza de España?...

Al menos, es difícil a paso ligero durante el día. De día se pasea al perro al trote y se lleva a la clínica veterinaria situada frente al colegio público. "Te espero aquí mientras compras", nos propone un letrero de la tienda de chucherías/desavío cercano, La Piruleta, con un sistema de ganchos donde encalomar la correa del mejor amigo del hombre.

Tiene pequeños detalles de ánge los alrededores de la plaza España. Simpáticos guiños al día a día como la Rock School, Glóbola, la fábrica de sueños para nuevos emprendedores, edificios institucionales donde también pasa su jornada mucha gente que cada día atraviesa la plaza de España... Realidad, realidades, separadas de la plaza por el anillo de tráfico que, eso sí, algunos establecimientos resuelven con ingenio.

Como Primera de Labra, el único bar con unas pocas de mesitas en la plaza, que ha instalado en la farola en torno a la que se arremolinan las sillas y mesas un pequeño botón para avisar al camarero de la presencia del cliente. Clientes que por la mañana son los trabajadores de las instituciones públicas cercanas, que a mediodía pueden ser operarios de obras cercanas que buscan el menú a 8 euros y que a casi cualquier hora del día comparten espacio con las pieles blancas de más de un turista que sí opina que la plaza de España es un lugar para sentarse y estar.

El hemiciclo que es el monumento de Las Cortes les da la espalda. Venganza poética de la alegoría constitucional a la que le prometieron el mar, ¡qué mejor emplazamiento para el símbolo de la libertad!, que ahora otea a duras penas, también detrás de una valla, tan alejada del pueblo...

Un guía habla del Doce al grupo. Y se va. Un papá cruza con la niña de la mano. Y se va. Una chica trastea con su teléfono en busca del 1. Y se va. Será verdad que aquí estamos de paso.

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