patrimonio

El mirador del óxido y la desidia

  • Entrecatedrales presenta un lamentable estado de conservación debido a la elección de los materiales de la estructura y la falta de mantenimiento desde su inauguración en 2009

Unos obreros reparan la estructura de Entrecatedrales para eliminar todo el óxido. Unos obreros reparan la estructura de Entrecatedrales para eliminar todo el óxido.

Unos obreros reparan la estructura de Entrecatedrales para eliminar todo el óxido. / Lourdes de Vicente

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Cuando en octubre de 2009 se inauguró Entrecatedrales, este espacio se concibió como una plaza que iba a convertir en el punto de unión entre la Catedral Nueva y la Vieja, y de mirador para contemplar el Campo del Sur. Además, iba a servir de protección de los restos de los monumentos funerarios fenicios del yacimiento de la Casa del Obispo. Con una inversión cercana al millón y medio de euros, el equipamiento ideado por el arquitecto por Alberto Campo Baeza es uno de los elementos de la ciudad que sufre un abandono acuciante, aunque desde hace unas fechas varios operarios están trabajando en su reparación.

La elección de los materiales ha sido determinante para su pobre estado de conservación. La estructura está formada por acero inoxidable, pero, casualmente, el óxido es el principal problema que sufre Entrecatedrales. Y es que el mar, tan cercano, es muy traicionero. Su continua acción -el Campo del Sur es un lugar crítico en los días de temporal- ha provocado que todos los elementos metálicos estén oxidados. Ayer, unos operarios se afanaban en arreglar el techo de la estructura en la zona de la calle Santísimo Cristo del Perdón. Una actuación que llega tras casi una década sin apenas mantenimiento en este espacio.

Pero el óxido no es el único problema que sufre Entrecatedrales. Sólo hay que darse una vuelta por esta plaza para detectar multitud de defectos. Algunos son provocados por la propia construcción, pero otros se deben a la mala acción de los ciudadanos al ser esta infraestructura una diana fácil para el vandalismo.

Aunque se concibió como una plaza abierta para divisar el mar, lo cierto es que se ha convertido en un espacio casi infrautlizado por la ciudadanía al no ser un lugar de paso por encontrarse en la circunvalación del casco histórico. Esto ha hecho que haya sido aprovechado como lugar de cobijo por personas sin hogar en su zona baja tanto en la zona inferior de la rampa como en el foso que lo separa de la Catedral.

Debajo de la rampa, entre multitud de utensilios de las personas que pernoctan en este lugar, llama la atención un suelo realizado con maderas sobre las piedras que están al descubierto de los restos de la Casa del Obispo. Esto permite que el firme esté liso para poder dormir. Por su parte, en el foso, otro de los sintecho cuenta con una tienda de campaña para poder descansar por las noches que se encuentra agarrada por una cuerda al muro de piedra ostionera de la Catedral Nueva.

Ya arriba, el único problema no es el óxido de la estructura. Es muy lastimoso el estado en el que se encuentra la cristalera que separa Entrecatedrales de la Casa del Obispo. Todas las vidrieras están quebradas o directamente rotas. Unas vallas intentan disuadir a los usuarios para que no se acerquen a este lugar por el riesgo de caída.

Un símbolo de la dejadez que existe en Entrecatedrales se constata con la cantidad de basura que hay en el interior de la zona en donde están los restos de los monumentos funerarios fenicios. Envases de todo tipo, unas ramas que han crecido hasta superar el techo de cristal e, incluso, hasta ropa forman parte de un paisaje que no es edificante.

En la zona de la plaza abierta, si los bancos no están en buenas condiciones es imposible estar en ella. Aquí, faltan varias piezas de mármol, por lo que no invitan a sentarse a charlar o tomar el sol. También faltan algunas losas de mármol en la solería.

Pero no todos los problemas se deben a la falta de mantenimiento. Los vándalos han aprovechado que no es una zona concurrida para llenar de pintadas las columnas, el suelo, los bancos y las paredes del mirador.

La ausencia de cuidado finaliza con la falta de la limpieza de la cristalera que permite ver el interior de la zona en donde están los restos arqueológicos. El mar y la humedad hacen que sea necesaria un cuidado continuo de este espacio, algo que no se cumple por la suciedad que acumula.

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