OBITUARIO

En memoria de Lourdes Acuña Guirola

"Hay heroínas anónimas entre nosotros que no salen casi nunca en los medios de comunicación, que son desconocidas para buena parte de los ciudadanos, pero que hacen que el mundo que gira a su alrededor sea mejor…". Con estas palabras encabezaba un artículo publicado el 7 de marzo de 2014 en el Diario de Cádiz en homenaje a las mujeres trabajadoras. Entre ellas se encontraba mi hermana Lourdes, recientemente fallecida tras una larga vida de trabajo, de entrega a los demás y de bondad nunca traicionada.

A Lourdes le correspondió heredar la gestoría de mi padre en el año 1972. Él, Antonio Acuña, inauguró la empresa allá por el año 1940 (fue la primera gestoría de la provincia de Cádiz), convirtiéndola en referencia de eficacia, seriedad y magnífico hacer. A pesar de soportar la responsabilidad de mantener la ganada y merecida fama de mi padre (una ayuda sí, pero también una carga en lo que tenía de compromiso de no defraudar la excelencia alcanzada), Lourdes supo seguir adelante, luchando diariamente para preservar, y hasta acrecentar, las metas logradas por él. No le fue fácil: ejercía una actividad que estaba completamente dominada por hombres, altamente competitiva, en la que, gracias a sus desvelos y a su entrega, a su inagotable capacidad de trabajo y a su destacadísima preparación, llegó a ser un ejemplo de profesionalidad, de motivación emprendedora y de rigor empresarial.

Junto a su labor como gestora, ejerció durante muchos años la representación de la Compañía Vascongada de Seguros y, tras la absorción de ésta por otras Compañías, continuó siendo agente de diversas empresas del ramo. Fue también mediadora de seguros y asesora fiscal.

En reconocimiento a su labor profesional en la ciudad de Cádiz, fue nombrada "mujer trabajadora" por el Instituto de la Mujer de su Excelentísimo Ayuntamiento.

Hasta su muerte ha seguido en activo ofreciendo servicio y asesoría a sus clientes y recomendando a todas las mujeres "que trabajaran para tener independencia". Las palabras 'esfuerzo' y 'superación' fueron siempre el lema y el norte de Lourdes. "Todo lo que te propongas lo puedes hacer", decía ella, convencida como estaba de que nada es imposible si se afronta con decidida pasión y un inquebrantable espíritu de lucha.

Muchas personas desean que llegue la jubilación para tener más tiempo para sí mismas. En su caso ocurrió todo lo contrario. El trabajo era su vida y a él se entregó sin pausa, incomodo, queja ni desmayo.

Pero Lourdes no fue sólo una empresaria modélica. De solidaridad y compromiso para construir una sociedad más justa también nos enseñó mucho. Quienes la conocieron pueden dar cumplida razón de su labor callada en este ámbito, de su disposición para colaborar en cuantas causas demandaron su ayuda, de su proverbial generosidad para con todo y para con todos.

Éste sería, a grandes rasgos, el retrato de su faceta pública, de su incidencia en la sociedad que le tocó vivir. Pero junto a ello, y además de su pericia laboral y de los valores que en relación con la comunidad permanentemente la impulsaron, si Lourdes se mostró orgullosa de algo, fue sin duda de su origen: sentirse y ser gaditana fue quizá lo que mejor la definía, el núcleo de su propio modo de enfrentarse a la realidad, un azar y un regalo que llegó ser lo más importante para ella. Cádiz fue el gran amor de Lourdes, el escenario que consideró insuperable e ideal para la peripecia de sus días. Con ella se nos va una gaditana de raza, hija amantísima de esta tierra nuestra.

Si cerramos el objetivo y nos fijamos ahora en el círculo de los suyos, de Lourdes destacó, sobre todo, su humanidad, su nítida bonhomía para con su familia sus amigos y sus conocidos.

Tenía, nadie en Cádiz lo ignora, un inmenso corazón; se partía el alma por todo aquel que le pedía un favor y a veces, inteligente, compasiva y atenta, ni tan siquiera necesitaba que se lo pidieran.

En sus ratos libres, se dedicaba a sus sobrinos y a sus sobrinos-nietos, porque no había nada que le gustase más que jugar con ellos y verlos felices riendo. Tanto mis hijos como mis sobrinos la recuerdan con frases como éstas: "La tía Bebe, que nos daba aquellos 'abrazos-apretones' que nos hacían reír a carcajadas; que nos hacía el martirio chino (también para hacernos reír); que nos mordía el cuello para arrancarle una sonrisa al más pequeño; que nos puso un mote a cada uno (y alguno pervive); que nos ponía el pijama haciendo 'el puente' y nos dejaba dormir a deshoras; que nos permitía nadar en el mar hasta lo hondo; que nos dejaba comer un cartucho de camarones de vuelta al chalet de la abuela; que nos preparaba aquellas cenas tan ricas; que nos dejaba coger no sólo una, sino dos, e incluso tres películas del videoclub; que no paraba de darnos uno y más consejos; que siempre se acordaba de nuestros cumpleaños y onomásticas; que nos enseñó y ayudó a crecer como si fuéramos sus propios hijos; que nos vio nacer y, luego, vio también dar los primeros pasos a nuestros hijos; que nos colmó de ternura todos los días…"

Son testimonios de parte, claro, surgidos del cariño, pero reveladores de cómo era Lourdes, del bien que hizo, de su personalísima y admirable manera de dar y de darse.

Lourdes se me ha ido. Pero me queda el consuelo de poder decir, sin ningún temor a ser desmentida, que mi hermana fue un ejemplo a seguir por todos, una persona buena, una de esas almas escogidas que surgen para poner, en este mundo tantas veces sombrío e inhóspito, sosiego, sensatez, amor y luz.

Descanse en paz.

Sara Acuña Guirola

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