El futuro del guardián marítimo

  • El faro de Cádiz es el último metálico que queda en el territorio español · El plan previsto por el Consorcio del Bicentenario, planteado por Gaspar Zarrías, incluye construir otro tras su derribo

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Muy poca gente puede acceder a su extremo más alto -40 metros-, tras hacer frente a 143 escalones ascendiendo por una estructura metálica con menos de tres metros de diámetro.

Es el faro del que Cádiz presume desde 1913, cuando entró en funcionamiento tras levantarse en el castillo de San Sebastián. Y desde que Gaspar Zarrías, presidente del Consorcio del Bicentenario, anunciara su plan para Cádiz, el gran farol gaditano se juega su futuro. La intención del Consorcio es derribarlo y sustituirlo por otro emblemático que, bajo el nombre de Faro de las Libertades, además de cumplir sus funciones de seguridad marítima se convierta en un referente arquitectónico de la ciudad más allá de 2012. Antes, la Autoridad Portuaria de la Bahía de Cádiz, a la que desde mediados de la década de los noventa del pasado siglo le compete el mantenimiento del faro gaditano, espera ser consultada antes de que el Consorcio del Bicentenario cierre el diseño para transformar el castillo de San Sebastián en sede del Memorial de las Libertades, pues la principal actuación del proyecto afecta totalmente al histórico faro. Histórico porque, al margen del valor de la iniciativa del Consorcio del Bicentenario sobre el derribo de la torre, ésta posee un evidente valor histórico y arquitectónico: se trata del último faro metálico que sigue prestando servicio en las costas españolas.

Durante los últimos 14 años aproximadamente, el faro de Cádiz disfrutó de tener su propio farero. Pero hace cuatro meses solicitó una excedencia para trabajar como asesor en la embajada española en Qatar. Hasta su marcha, residía con su mujer y sus dos hijos en una casa próxima a la torre del faro. Tan próxima, que a menos de un metro de distancia de la puerta de la vivienda se encuentra una de las grandes estructuras que soporta el faro. Ahí, en su base, una pequeña puerta abre camino a un laberinto circular de minúsculos peldaños que llevan al llamado despacho del farero, forrado de madera y con varias ventanas con vistas impagables. Apenas diez escalones más arriba, se encuentra la esencia de la estructura: el faro. Varias láminas de cristal configuran la iluminación que guía a los barcos que a oscuras navegan por aguas gaditanas.

Francisco Javier de Porras, encargado de cubrir la ausencia del anterior farero, explica que el faro, automatizado desde hace años, obedece fielmente a los caprichos de la puesta y salida del sol. Por eso, hoy en día apenas es necesario subir al faro una vez al mes para limpiar los cristales y comprobar el buen estado del sistema de seguridad.

Desde allí, una capital con más de 3.000 años de historia a sus espaldas se convierte en una exquisita ciudad de cuento. El peculiar trazado del paseo Fernando Quiñones, las barcas de la Caleta, el blanco del balneario de La Palma, la cúpula de La Catedral, las torres de luz, la maquinaria de los Astilleros de Cádiz y el pirulí configuran un núcleo urbano espectacular. Y en días como ayer, el fuerte viento de levante es capaz de hacer balancear la estructura. La Autoridad Portuaria de la Bahía de Cádiz dispone de un farero en Sancti Petri y dos en Trafalgar.

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