carta pastoral

En la fiesta de Pascua

  • El obispo Rafael Zornoza escribe a sus fieles diocesanos para felicitarles la Pascua y agradecer las pasadas jornadas de "procesiones y encuentros piadosos llenos de fervor"

La imagen del Resucitado, durante su salida procesional de San Antonio el pasado domingo. La imagen del Resucitado, durante su salida procesional de San Antonio el pasado domingo.

La imagen del Resucitado, durante su salida procesional de San Antonio el pasado domingo. / lourdes de vicente

Queridos fieles diocesanos de Cádiz y Ceuta: ¡Cristo ha resucitado, Aleluya!

¡Feliz Pascua!

¡Paz a vosotros!

Celebremos el gran misterio que fundamenta nuestra fe: Jesús, el crucificado, ha resucitado de entre los muertos. Esta experiencia de júbilo se prolonga permanentemente en la Iglesia y los cristianos nos felicitamos en este día diciendo: "Felices Pascuas".

Gracias, queridos sacerdotes, consagrados, religiosos y religiosas, hermandades y cofradías, equipos de liturgia, etc., por vuestra dedicación y generosidad al servicio de toda la comunidad, que nos ha proporcionado unos encuentros espléndidos cargados de fervor y testimonio cristiano. Hemos vivido en esta semana pasada intensas jornadas de celebraciones, procesiones y encuentros piadosos llenos de fervor, expresión de nuestra fe, gracias a vosotros.

Podemos estar verdaderamente alegres porque celebramos la victoria de la vida sobre la muerte, de la gracia sobre el pecado, de la esperanza sobre el desánimo, del amor sobre el odio. Un amor infinito nos ha salvado de la muerte y nos vivifica. Deseo -más vivamente aún en este año en que celebramos el Jubileo Diocesano- que la vida del Resucitado llegue plenamente a todos vosotros, fieles diocesanos, y que llene con su gracia a todos los seres humanos, y a todas las dimensiones de nuestra existencia personal y social.

¡Cristo ha resucitado! Así lo anunciaron los ángeles a las santas mujeres que fueron al sepulcro y después avisaron a los perplejos apóstoles. Ellos pudieron comprobarlo más tarde viendo el sepulcro vacío, en las apariciones que el Señor hizo en el cenáculo y en el camino de Emaús. La prueba de la tumba vacía fortaleció su fe y les hizo superar el escándalo de la cruz y su posterior desorientación. Recibamos también hoy a quien, una vez más, en medio de nosotros, nos dice: "Paz a vosotros" (Jn 20,19). Respondámosle de nuevo: "Señor mío y Dios mío", como hizo el apóstol santo Tomás (Jn 20,27s), y convirtámonos en evangelizadores entusiastas que le conocen y le anuncian por todas partes. Dios - que nos desvela en cada Pascua el misterio de su amor infinito- "vuelve a decirnos: "¡No está aquí, ha resucitado! Y te espera en Galilea, te invita a volver al tiempo y al lugar del primer amor y decirte: No tengas miedo, sígueme" (Francisco, Vigilia Pascual, 2018).

Los discípulos de Emaús, desconsolados y desanimados, una vez que escuchan la explicación de las Escrituras y comparten con el Resucitado la fracción del pan, descubren que Jesús es alguien que alimenta su existencia, les da fuerza para caminar, les transforma el corazón y los pone en camino para compartir la alegría con los hermanos.

Este paso -'pascua'- quedó abierto desde entonces para llevar hoy al encuentro con el Resucitado a quien quiera que le busque.

Hoy, como entonces, con toda sencillez, Él se nos acerca y camina con nosotros. ¡Tan sencillamente entra en nuestra vida la resurrección del Señor! En cada Eucaristía, Cristo vivo y glorioso sale a nuestro encuentro para renovar nuestra esperanza y fortalecernos, y nos entrega su Cuerpo y Sangre, donde es posible experimentar aún su presencia permanente.

Tendríamos que preguntarnos también nosotros, sin embargo, si la experiencia con el Resucitado en la Eucaristía nos impulsa a recorrer el camino con los hermanos ofreciéndoles su amor y compasión; si ese encuentro renueva nuestra fe y nos impulsa a descubrirlo presente y necesitado en los marginados de la sociedad. ¿No nos falta a veces una experiencia más profunda de este encuentro con Cristo vivo?

El contacto directo con Cristo desencadena la chispa que hace saltar la fe si lo vivimos con intensidad, sin rutinas ni adormecimientos. Celebrar la Pascua es "volver a creer que Dios irrumpe y no deja de irrumpir en nuestras historias desafiando nuestros 'conformantes' y paralizadores determinismos", y que, por consiguiente, "es dejar que Jesús venza esa pusilánime actitud que tantas veces nos rodea e intenta sepultar todo tipo de esperanza" (Francisco, id.). A los discípulos les costó entonces reconocerle, pues estaban ciegos, por lo que Jesús inició una pedagogía que dura hasta hoy: "Y comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura". Jesús se nos acerca, camina con nosotros, nos habla de sí mismo y comparte la mesa dándonos su pan, pero también nos regala su Palabra, que tanto necesitamos escuchar y meditar para hacer nuestro su estilo de vida, para empaparnos de los criterios evangélicos y experimentar el apoyo de Dios. Intensifiquemos en estas semanas de Pascua, en comunidad y personalmente, nuestra escucha y cercanía a Jesús, el compañero imprescindible, y constataremos esa presencia silenciosa y locuaz que se convierte para nosotros en un consuelo insustituible. Así lo experimentan cuantos se acercan a Él, y también quienes participan de los Cenáculos diocesanos y otras formas de catecumenado que vamos iniciando y fortaleciendo aún más en este curso y que, de nuevo, os recomiendo.

Cristo resucitó y está siempre con nosotros. El amor del Crucificado -un amor sin límites- ha hecho nuevas todas las cosas para redimir a la humanidad perdida. Son muchos los que hoy sufren la corrupción del mal y de la muerte, y quienes dicen vivir desgarrados soportando un infierno: emigrantes, refugiados, excluidos de la sociedad, maltratados, etc. Por eso la Pascua ha de llegar a todos como anuncio profético, y especialmente a quienes están sufriendo cualquier tiempo de pasión, para que Cristo Resucitado les abra el camino de la libertad, la justicia y la paz. Con Él a nuestro lado apreciamos mejor todo esfuerzo por el bien, la belleza, la bondad, la verdad y la justicia. Jesús Resucitado no nos hace personas ausentes, lejanas, desencarnadas, espiritualistas, sino cabales, realistas, conscientes de que Él hace todo nuevo y mejor y que, a su vez, nos encomienda a nosotros proseguir esta tarea. En Cristo el amor vence al odio, la justicia triunfa sobre la injusticia y el sufrimiento está cuajado de valor redentor. La Pascua no nos aleja del llanto del hermano, ni del dolor propio. Todo lo contrario: el Señor, con su amor más fuerte que la muerte y con su luz, nos sitúa más y mejor en la realidad y nos muestra como redimirla.

Hermanos y amigos todos: nuestra vida pertenece a Cristo, somos hombres nuevos. Injertados por el bautismo en su propia vida, el Buen Pastor, inmolado por nosotros, nos lleva sobre sus hombros. "¿Queremos tomar parte de este anuncio de vida o seguiremos enmudecidos ante los acontecimientos?" -nos acaba de preguntar el Papa Francisco-. Dios que vuelve a decirnos: "¡No está aquí, ha resucitado! y te espera en Galilea, te invita a volver al tiempo y al lugar del primer amor y decirte: no tengas miedo, sígueme". Que la experiencia de ser testigos de su Resurrección nos mueva a todos a cantar "aleluya", a bendecir a Dios por el enorme regalo de la vida nueva que nos ha hecho, habiendo vencido el Señor la muerte y al pecado. Vivamos sin temer nada -más que al pecado-, unidos como Iglesia de Cristo, fuertemente asidos a ella, en la comunión del cenáculo que marca la vivencia más profunda del Espíritu de Dios que hemos recibido para, abiertas las puertas, salir a anunciar a todos que Jesús es el Señor y ha venido al mundo al encuentro de cada uno.

¡Anunciad la Resurrección a los que preguntan, a los que dudan, a los que no creen, y siempre "buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios; pensad en las cosas de arriba, no en las de la tierra!" (Col 3,1-2). ¡Su victoria es nuestra victoria! ¡Feliz Pascua de Resurrección!

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