¿Qué conmemoramos?

  • Los cofrades tenemos que ser una avanzadilla de la Iglesia en estos dias

La Semana Santa constituye la fecha en que la Iglesia católica y el pueblo de Dios conmemoran los Sagrados Misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo, el Hijo de Dios, Redentor de la Humanidad.

La Cruz, instrumento de Redención elegido y vivido por el Hijo de Dios, encarnado para su inmolación en ella (cf. Hb.10, 8-9) no puede quedar reducida a un mero recuerdo histórico y arqueológico de la historia de la Pasión. Ni siquiera un puro símbolo de nuestra fe personal y colectiva cristiana.

El Evangelio nos recuerda que la ley de la Cruz, es la ley fundamental de la obra redentora de Jesucristo y en el seguimiento amoroso de sus huellas. (cf. Mt. 16.24).

Lo fue para Él que "sin aferrarse a su condición impasible de Hijo de Dios por su divinidad, se negó a Sí mismo hasta constituirse en condición de Siervo de Dios, paciente, humillándose, hecho obediente hasta la muerte y muerte de Cruz" (Flp.2, 6ss.)

Por amor, Dios se ha revelado y entregado al hombre (…), comunicando gradualmente su propio Misterio mediante obras y palabras. Dios se ha revelado plenamente enviando su propio Hijo, en quien ha establecido su alianza para siempre. El Hijo es la Palabra definitiva del Padre, de manera que no habrá ya otra Revelación después de Él. Lo que Cristo confió a los Apóstoles, éstos lo transmitieron por su predicación y por escrito, bajo la inspiración del Espíritu Santo. La tradición y la Sagrada Escritura constituyen un único depósito sagrado de la Palabra de Dios.

La magna conmemoración, pues de los sagrados misterios de nuestra redención, son abrazados en esos días por las calles de la ciudad y con el testimonio de nuestras vidas, porque Cristo, como decía Santa Teresa de Calcuta, "es el camino que hay que andar, la vida que hay que vivir y la verdad que hay que abrazar".

Jesús nos ha dicho: "Yo soy la Luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida". El encuentro personal con Cristo, ilumina la vida con una nueva luz, nos conduce por el buen camino y nos compromete a ser sus testigos.

Y al pie de la cruz redentora, su madre, la Santísima Virgen. El anciano Simeón le profetizó que su alma sería traspasada por una espada. Como bellamente dice San Bernardo, cuando Cristo ya no podía sufrir, porque estaba muerto, la Virgen continuó con su dolor precisamente por eso mismo… Por ello, el Papa Pío XII la llamó Corredentora. El Concilio Vaticano II dice que la Virgen se asoció con entrañas de Madre al Sacrificio de Cristo, consistiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado (L.G. nº 58).

La Semana Santa es, por tanto, la expresión de las creencias de un pueblo, es la representación plástica de las verdades más trascendentales de nuestra fe o de los misterios profundos de la vida y muerte de Cristo; es la experiencia religiosa, conmemoración cristiana, vertebración y articulación simbólica de la ciudad. Porque la ciudad entera se convierte en templo sagrado, por la presencia de las imágenes de Cristo y de su Bendita Madre la Santísima Virgen. Es Dios en la ciudad y en la intimidad de la vida emotiva, intelectual y religiosa de cada creyente, por las conmovedoras escenas de la Pasión del Señor y de los Dolores y Angustias de su Santísima Madre.

Y en este sentido, son precisamente las HH y CC, Asociaciones de la Iglesia, con personalidad jurídica, y constituida por fieles laicos, las que, haciéndose cofradía, durante ese tiempo de los días santos de la Semana Mayor, las que rinden culto público a las Sagradas Imágenes de Jesús y María, mostrando las distintas escena de la Pasión de Cristo y de los Dolores de su Bendita Madre.

Las cofradías, en sus salidas procesionales, ofrecen un Viacrucis Doloroso y Redentor, para los ojos que quieran ver, para los oídos que quieran oír, para los corazones que quieran sentir, para las mentes que quieran comprender, porque es la obra sublime de la Salvación del Mundo.

Pero el Señor, el Jueves Santo de la Semana, sabedor de los acontecimientos que vendrían después de su entrega, celebra con sus discípulos la última Cena Pascual e instituye el Sacramento del Amor. Ese gran día del Amor de Cristo a la Humanidad, del culto a la Sagrada Eucaristía, que es "el centro y culmen de la Vida de la Iglesia y de todo creyente" (Vat. II).

Estamos convencidos que los creyentes, los cofrades, tenemos que ser como una avanzadilla de la Iglesia, no solo en esos días santos, sino siempre con nuestro testimonio de vida, en donde nos encontremos en cada momento,en donde nos encontremos en cada momento, porque de esta manera podemos contagiar al pueblo que vibra con sus ideas plurales y hasta contradictoria.

La Semana Santa y la riqueza de su Liturgia, es la máxima expresión del dolor de la Humanidad redimida, ante el sufrimiento, la angustia y la muerte, aunándose el sentimiento, el arte, la belleza que trascienden los misterios del alma, más allá de las palabras, los ritos y las plegarias.

Por ello tiene un alto valor espiritual y resulta ser el espejo del alma de la ciudad. Por mucho que se agudice el ingenio creador, la vocación o la sensibilidad, no habrá manera de poder manifestar la hondura inefable que trascienden estas fechas. No, no es posible decir de ninguna manera, aquello que entra por los sentidos y pulula en el ambiente esos detalles emotivos donde se encierra y concentra de forma palpable y misteriosa en los recónditos entresijos de nuestro ser.

A modo de conclusión, de todo lo anteriormente expuesto, tenemos que resaltar, con gran relevancia, que el centro del año litúrgico de la Iglesia Católica, como es sabido, lo constituye el Triduo Pascual, que tiene lugar durante los días Jueves, Viernes y Sábado Santo, que celebramos la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro señor Jesucristo. Y Junto a Él, siempre está su Madre Santísima, que anuncia la Luz de la Resurrección, que nos sostiene en la Fe y nos lleva de la mano hacia la Esperanza y la Caridad.

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