"Las condiciones en las que regresé a España son impensables ahora"

  • El investigador, ex director del CNIO, visitó Cádiz en una cita organizada por la Asociación Contra el Cáncer

  • El trabajo de su equipo sentó las bases de la oncología molecular

Mariano Barbacid, momentos antes de su intervención en el Colegio de Médicos de Cádiz. Mariano Barbacid, momentos antes de su intervención en el Colegio de Médicos de Cádiz.

Mariano Barbacid, momentos antes de su intervención en el Colegio de Médicos de Cádiz. / julio gonzález

No le gusta el concepto "fuga de cerebros" pero recuperar a Mariano Barbacid (Madrid, 1949) para el panorama científico español fue uno de los grandes logros de la época. El investigador regresó a España en 1998 para dirigir el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas tras años de trabajo en Estados Unidos, con una trayectoria que incluía el haber aislado por primera vez, en 1982, a un gen humano mutado capaz de causar cáncer y desentrañar su mecanismo de actividad. Barbacid y su equipo señalaron así la primera alteración molecular implicada en el desarrollo tumoral, sentando las bases de lo que conocemos como oncología molecular. Bajo su dirección, el Centro de Investigaciones Oncológicas se convirtió en menos de una década en uno de los diez mejores centros de investigación del mundo. Doctor en Biología Celular, con numerosos reconocimientos a su trabajo, miembro de la Academia Nacional de Ciencias de EE.UU. y de la Academia Europea, Barbacid visitaba ayer Cádiz a iniciativa de la Asociación Española Contra el Cáncer.

-¿Por qué escogió el cáncer como bestia negra particular?

Desde el punto de vista clínico, los avances en terapias autoinmunes son los más significativos"Creo que esa especie de tabú que había respecto a la enfermedad ha ido cambiado"No me gusta la expresión 'fuga de cerebros': el que se fuga es Puidemont, no los científicos"

-Pues por el reto. Siempre he sido curioso, y tuve la suerte de dar con dos profesoras que consiguieron interesarme por los átomos y la bioquímica. Y, de entre las ciencias biomédicas, me interesé por el cáncer por el grado de dificultad que suponía. También, por el mismo motivo, podía haberme interesado por las enfermedades neurodegenerativas.

-Y sigue en la línea dura, porque ahora está trabajando -corríjame si me equivoco- en el cáncer de pulmón y de páncreas.

-Concretamente, en aquellos cánceres con adenocarcinomas de pulmón de célula no pequeña y adenocarcinoma de páncreas, ambos inducidos por el oncogen K-Ras. El día que llegue, el tratamiento será distinto, y el paciente recibirá un tipo de fármaco u otro, dependiendo del tipo de información genética.

-¿Qué desarrollos posteriores basados en su trabajo le han producido mayor satisfacción? ¿De qué manera su descubrimiento en 1982 ha transcendido a los tratamientos clínicos?

-Pues todavía ninguno. Desgraciadamente, para el gen H-ras, que se descubrió en 1982, todavía no hay fármacos. En la lucha contra el cáncer, es muy complicado lograr inhibir el proceso de forma selectiva, que afecte sólo a la proteína mutada. Todavía ninguna de nuestras investigaciones ha tenido una aplicación directa en los pacientes.

-¿Y qué descubrimiento realizado durante estos años diría que va a trascender más en la lucha contra el cáncer y por qué?

-Pues ahora lo que está más en boga, el tema de estudio y trabajo más caliente, por decir, es el relacionado con la inmunoterapia y la formación y desarrollo de anticuerpos, los que nosotros llamamos checkpoints inmunológicos: un tipo de moléculas que inhiben nuestro sistema inmunológico. El funcionamiento de estos checkpoints, por el símil con los puestos de control, tienen una importancia vital en algunos tipos de tumores. Hay quien dice incluso que la industria farmacéutica está volcada en exceso en estos fármacos y que ya se está saturando. Pero es cierto que las llamadas terapias inmunes han tenido un gran éxito en algunos cánceres, como el melanoma, y algo menos en el cáncer de pulmón. Creo que, desde el punto de vista clínico, este ha sido el avance más significativo de los últimos tiempos.

-Insiste muchísimo en la importancia que tiene la detección precoz de la enfermedad. En ese sentido... quizá el cáncer sea un asesino doblemente silencioso por el miedo que le seguimos teniendo. Cuanto más lejos del concepto, del tabú, mejor. Es la bicha. Ni se le nombra. Muchas veces da miedo hasta hacerse un chequeo.

-Hay que tener una medida consciente y real de las cosas. Es como si me pongo a conducir y me empiezo a repetir que no puedo hacerlo, que estoy muerto de miedo. Será un desastre, con miedo no puedo ser un buen conductor. Lo que hay que ser es prudente. Digamos que los cánceres se dividen en dos grupos, externos y internos. Los de tipo externo son los de melanoma, mama, incluso próstata y, últimamente, colón: es decir, aquellos a los que se puede acceder físicamente durante un chequeo. Ahí podemos ir a una revisión sin miedo. Luego, otro tipo de tumores como los de pulmón o páncreas... son más complicados, entre otras muchas cosas, porque la detección temprana es más complicada, y aunque las técnicas de imagen han mejorado mucho aún tenemos que encontrar un centímetro cúbico de tumor para que el aparato lo detecte. Muchas veces, a esas alturas, ya está diseminado. Y claro, hacerse un TAC por si acaso, sin tener motivo para ello, pues es caro y no es posible. En cualquier caso, creo que esa especie de tabú que había respecto a la enfermedad ha ido cambiando; entre otras cosas, porque ya no es la sentencia de muerte que era. Y, bueno, luego esta esa sensación.... parece que el cáncer es culpa de uno. No, no lo es. Excepto en los fumadores, los fumadores sí que se lo buscan.

-Respecto al tema de los carcinógenos, afirma que hay mucha leyenda al respecto, sobre todo, en lo que implica alimentación o dietas.

-Esa es la palabra: por un lado está la realidad y, por otro, la leyenda. Hay pocos elementos externos que tengamos comprobado puedan incidir en el desarrollo de la enfermedad. Había un elemento, los asbestos, que era también determinante -además del tabaco, me refiero- pero hoy en día, con los controles sanitarios que hay al respecto, no debemos preocuparnos. No debemos preocuparnos en el primer mundo, claro.

-¿Cuáles diría que han de ser las principales cualidades de un científico?

-Pues vocación, desde luego. Vocación e intensidad en el trabajo.

-Creí que iba a decir: masoquismo.

-(Risas) Bueno, esa también.

-Se fue a Estados Unidos cuando tenía... ¿unos treinta años?

-Menos: veinticuatro.

-Pues peor, o mejor, me lo pone. Lo chocante es que, si ahora tuviera veinticuatro años, o treinta, también tendría que salir fuera.

-Bueno, son dos circunstancias muy distintas. Yo me fui en el 74, ¡aún vivía Franco! Si realmente te interesaba la ciencia y parecía que podías tener una cierta carrera por delante, te ibas o te ibas. Y llegabas con esa cara... -abre mucho los ojos y la boca, se ríe-, y todo te costaba diez veces más. Digamos que son dos formas de irse. Si eres científico, la experiencia en el extranjero es imprescindible: es como si alguien de Ohio quiere ser torero, pues se tendrá que venir a España en algún momento; o Picasso, que era Picasso, pero era de Málaga, y llegó un momento en que tuvo que irse a París... Tres o cuatro años de formación en el extranjero son necesarios. Lo que importa luego es si tienes la posiblidad o no de volver a tu país a desarrollar esas habilidades que has aprendido. Lo malo de la situación actual en el campo científico no es que hayamos perdido una generación, es que ya hemos perdido varias.

-¿Hasta qué punto la circunstancia de tener que salir al extranjero se ha confundido con la fuga de cerebros?

-No me gusta hablar de fuga de cerebros porque el que se fuga es Puigdemont, no los científicos. Como digo, lo importante es poder volver. Creo que salir es una experiencia maravillosa sólo a nivel académico, sino por lo que conlleva de apertura mental y capacidad de adaptación. En mi época, lo último que podías esperar es que un país como la España de entonces (que no recordará, pero aún se decía aquello de "país en vías de desarrollo")se pudiera permitir invertir en programas científicos punteros.

-Si cuarenta años después la situación es parecida, es que lo hemos hecho todo muy mal.

-Ojalá. Ojalá fuera el pretérito: lo estamos haciendo, lo seguimos haciendo muy mal y no tiene visos de que la situación vaya a cambiar. En el 98, cuando yo regresé para fundar el CNIO (Centro Nacional de investigaciones Oncológicas), en España la ciencia vivía unas condiciones de excelencia. Y no sólo se creó el CNIO: también se pusieron en marcha el CNIC (Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares) o el Instituto de Investigación Biomédica, en Barcelona. Tenías varios centros que consiguieron colocar a España en el mapa de la investigación biomédica. Esas condiciones son impensables en la actualidad, con una inversión en ciencia del 1,25%.

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