Bicentenario Cádiz se prepara para el 2012

La ciudad repetida

  • El Consorcio del 2012 propone levantar en el castillo de San Sebastián el Faro de las Libertades. En los cincuenta, Casto Fernández-Shaw proyectó el Faro del Trimilenario

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A principios de la década de los 50 del pasado siglo el Ayuntamiento gaditano, gobernado en aquel entonces por José León de Carranza, plantea la celebración del Trimilenario de la ciudad. No había documento alguno que confirmarse la antigüedad de Cádiz y, mucho menos, que tan redondo aniversario se conmemoraba en aquella época. Pero sí se vivía épocas de grandes gestas políticas en un país que soportaba la dureza de una dictadura militar.

Ciertamente, las pretensiones eran modestas como lo era una ciudad que había sufrido, en 1947, la tragedia de la explosión de una base militar ubicada en el centro de su término urbano. El objetivo primitivo era levantar, en 1955, un gran obelisco en el centro de la plaza de San Antonio, en el que se reprodujeran los nombres de los gaditanos ilustres, todo ello coronado por una cruz "que pudiese verse a gran distancia".

Sin embargo, el anuncio de la conclusión de la obra La Atlántida de Manuel de Falla por parte de su discípulo Ernesto Halffter, replanteó la actuación hacia un proyecto sustancialmente más ambicioso.

Se busca el lugar adecuado para el estreno mundial de la obra y se piensa en el castillo de San Sebastián.

El proyecto se le encarga a Casto Fernández-Shaw, arquitecto madrileño muy vinculado con Cádiz, que idea lo que denominará como el Teatro Atlántico.

Su proyecto busca construir, en el inmenso terreno de la avanzada, un "grandioso" anfiteatro con una capacidad para más de 3.000 personas. El escenario sería de tal magnitud que, lindando con las murallas del castillo, dispondría de un escenario giratorio cuyo lienzo posterior sería, además, abatible, lo que permitía que el agua del océano Atlántico cubriese el escenario.

El escenario, que denominó Naumaquia, contaba con una pantalla abatible capaz de ofrecer fragmentos cinematográfico que completaría una espectacular puesta en escena de La Atlántida.

Pero el proyecto iba más allá de la construcción del anfiteatro, que no era poco. Fernández-Shaw proponía el derribo del faro, en servicio desde septiembre de 1913, y su sustitución por otra construcción que dio a llamar Faro de Hércules o del Trimilenario. Apostaba, como en muchas de sus obras, por las formas aerodinámicas, levantando una torre de 56 metros de altura (un edificio de más de quince plantas) sobre una planta ovoide situada en uno de los extremos del castillo y que haría las veces de faro marítimo.

Las paredes irían cubiertas con un bajorrelieve "que ascienda helicoidalmente narrando en colores vivos la historia de Cádiz desde su fundación".

El conjunto se completaba con salas de exposiciones y un Palacio del Mar.

El proyecto, evidentemente, no salió adelante. Incluso la obra póstuma de Falla se estreno antes en Barcelona que en Cádiz. Pero algo quedaría del legado de Casto Fernández-Shaw para que, medio siglo más tarde, cuando vuelve a plantearse el uso ciudadano del histórico castillo, se incide de nuevo en los mismos contenidos que entonces: salas de exposiciones y un renovado faro como seña de identidad de la ciudad.

Fuera queda, por lo menos por el momento, el auditorio (que sí respetaba Alberto Campo Baeza en su anteproyecto encargado por el Ayuntamiento) y aparece con fuerza un Memorial de las Libertades de uso inconcreto.

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