Paco Chicón. Almacenero

"Lo de los chinos ya lo inventamos nosotros"

  • Es almacenero porque era su destino, según dice él mismo. No hace mucho se ha jubilado después de 35 años al frente del almacén de Veedor, pero sigue allí.

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E l hábitat de Paco Chicón almacenero es el almacén. En él, lo primero son los clientes, y aunque quiere atender a los periodistas, el encargado pendiente del público es lo primero. Es preciso sacarlo de allí, y en el restaurante que tiene justo al lado del Veedor, es cuando el fotógrafo se alegra porque Chicón se relaja y es capaz de contar 55 años de vida, 35 al frente del Veedor, uno de los últimos almacenes de Cádiz.

- Dice el tópico que los almaceneros tuvieron todos unos inicios durísimos.

- En El Burgo, provincia de Málaga, éramos una familia de nueve hermanos, ya quedamos menos, yo era el quinto. Con nueve años mi padre me quita del colegio público, porque había que trabajar. Yo guardaba los cerdos, trabajaba con las cabras... a las ocho de la mañana ya empezaba yo a trabajar. Y todos los hermanos igual. Estudiar era por la noche, cuando veníamos del campo, con maestros particulares.

-Y esa vida, sospecho, no le gustaba.

- Mira, mi padre me dijo una vez que yo era comunista, porque protestaba mucho, y entonces ser comunista era pecado mortal. Yo de cabeza siempre he ido muy bien, y le decía a mi padre: "Papá, yo me voy de aquí, esto no merece la pena, hemos echado tanto tiempo en arar, hemos echado cien fanegas de trigo, 100 por 46, 4.600 kilos; a 6 pesetas, 6 por 6, 36, 27.600... papá, no ganamos ni una peseta". Y él tenía una guerra conmigo, "¿pero a ti te falta de comer, te falta pa algo?"...

-Y apareció la oportunidad de dejar aquello.

-Resultó que mi hermano Juan se había venido a Cádiz, y estaba de encargado en un almacén en Santo Domingo, 26, de Don Francisco Sepúveda Rivas. Y yo me declaré en rebeldía: "Me voy, yo me voy", y mi padre me dijo "hijo, vete". Entonces, en el año 59 con 12 años, empecé con mi hermano en Cádiz. Nos llevamos años trabajando mucho, sin salir, sin gastar, siendo muy legales para que no te echara el dueño... ¿lo cuento todo, todo?

-Por supuesto ¿tan duro fue?

-Hombre, mi hermano y yo los dos solos en un ultramarinos, ya no dormíamos en sacos de papas como decía la gente. Siempre he dormido en una cama, de borra, en el mismo almacén... siempre mejor que el campo, a mí no me gustaba el campo, de guardar los cochinos, segar a mano... eso a mí no me gustaba, me gusta ahora para ir de cacería... Entonces, yo aquí a las siete de la mañana, diana, iba andando a la plaza con mi babi, y me traía tres o cuatro kilos de manteca blanca bajo un brazo y lo mismo de colorá bajo el otro. Volvía de la plaza y ya empezaba a despachar, y ahí estábamos diez, doce, quince horas, eso era horroroso... Un día me despierto con todo el cuerpo lleno de mijitas...

-¿De mijitas? Eso va a ser del jamón

-No, ja, ja. Ahora te cuento. Le escribo a mi madre, y me dice: mira en las camas a ver si hay bichitos. ¿En las camas? Había millones de chinches, que estaban en las vigas viejas, en los muelles del somier, y cuando yo me acostaba decían "carne fresca" y se tiraban de cabeza. Una noche me desperté y estaban las paredes llenas... Teníamos una garrafa de alcohol en el almacén, llené un vaso de duralex de los grandes, y con los dedos empecé a echar por las paredes, medio litro de alcohol, y (yo había visto muchas películas) desde la puerta tiré un cerillo, y aquello pegó una explosión, ¡fuaaa! se inflamó todo, a punto de una desgracia, pero acabé con las chinches.

-¿Cuánto ganaba usted entonces?

-Quince pesetas al día ¿está bien, no? Desde las siete y media de la mañana, sin seguro, todos los días, los domingos hasta las tres de la tarde nada más. Había inspectores para que no abriéramos, pero despachábamos por la parte de atrás, por la ventana...

-Pero todo eso acaba de pronto y aparece usted en el País Vasco.

-Bueno, lo que ocurrió fue que mi hermano se puso malito, se volvió a El Burgo, yo me tuve que volver, y ahí se produjo el salto a Bilbao, con 15 años. Un hermano mío vivía allí, tenía un caserío, con sus vacas, sus gallinas... pero yo entré a trabajar, primero en una fábrica de materiales de construcción, no me gustó, eso era una soba y a los quince días pedí la cuenta. Acarreaba terrazos, vigas de Castilla, sin unos guantes, era inhumano... es que esto era un país... bueno, eso no lo pongas. Así que estuve en una aserradora, y a la vez, entré en una fábrica de pieles. Mandaba el dinero a mi madre, menos las horas extras que me las quedaba yo, también estuve haciendo túneles...

-Y en la fábrica de pieles fue donde usted perdió los dedos.

-Sí, en una máquina de trabajar pieles, que se descontroló y me aplastó la mano derecha. Tenía 16 o 17 años. El rodillo aquel le sacaba agua a un cuero, así que imagínate lo que me hizo en los dedos, me los aplastó. Luego, la fábrica se cerró, allá por mediados de los sesenta. Y me llamaron en Bilbao para la mili.

-¿Y no se libró de la mili con la mano derecha sin dedos?

-Pues no me libré porque en aquellos tiempos el que no iba a la mili era un inútil. Total, que me sorteé en Málaga y me tocó hacerla en el Sáhara.

-Vaya, en el desierto.

- ¡La mejor época de mi vida! Ganaba más dinero... Allí llegamos en el barco 'Ciudad de Cádiz Valencia'. Tres meses de campamento en el BIR de El Aaiún. Después me tocó tropas nómadas. Pero yo había puesto en mis papeles que sabía de ultramarinos, y eso me sirvió. Me pusieron de 'falúa', yo llevaba la cartera con los dineros de los giros ¡La primera vez en mi vida que vi tres millones y medio de pesetas! Me dieron ganas de desertar y largarme, ja, ja.

-¿Pero cómo fue que ganaba usted dinero?

- Hombre, porque yo también llevaba la lista de lo que la gente me pedía de compras en El Aaiún, Arbuk..., encargos, provisiones. Ojú, yo desayunaba cangrejo con sidra, porque allí el agua era muy mala. Había dos mayoristas, y la verdad yo compraba las cosas y las llevaba a quien me las pedía, y la gente me daba propinas, algunos buenas propinas. Yo ganaba dinero como un torero, pero yo no pedía absolutamente nada. Todo de propinas, un capital, aunque me lo gastaba casi todo. Y encima me divertía, me pasé una mili fantástica.

-Y el éxito que tendría con las mujeres.

-Qué va, eso sí que no. Me vine de la mili virgen total.

-Se acaba la mili y vuelve usted a Bilbao.

-No, eso era mi pensamiento. Pero mi primo Curro, que era almacenero en Cádiz, me convenció. Te voy a decir una cosa. Este oficio hoy está bien, está todo el mundo asegurado, sus vacaciones. Pero en mis tiempos... ahora que dicen 'los chinos están todo el día trabajando' ¡los chinos ya los hemos inventado nosotros, nosotros éramos los chinos de entonces, estábamos peor que Kunta Kinte.

-Vuelve usted a Cádiz después de la mili.

-Recalo en otro almacén en la calle Vea Murguía, también en unas condiciones muy malas, y eso que ya era el año 70, yo con 23 años, sin ducha...ahí estuve cinco años, hasta que lo arrendé. Y un día, un representante con el que yo trabajaba empezó a decirme que cogiera el Veedor, que cogiera el Veedor, hasta que le hice caso, y empecé allí el 21 de noviembre de 1976, comprando el traspaso y luego me hice con la propiedad.

-Y ahora, industrial de éxito

-Qué éxito ni éxito: años de currar y que no se quede sin comer ninguno, ese es mi éxito. Allí hay ahora seis personas donde había un dueño y un niño que... en fin. A aquello le decían 'el bar de los borrachos'. Yo empecé a dar leña, en el sentido de seleccionar la clientela. Cerraba al grito de 'to el mundo a la calle' y los buenos ya sabían que yo luego abría por la puerta lateral de Vea Murguía. Y poco a poco, echándole casta, llámese limpieza, calidad... y que me ha gustado mucho mi trabajo. Si yo te dijera las horas que he echado en Veedor... como 72 años de trabajo. Y ahora me pesa ¿eh? ¿Tú sabes lo que es no salir con tus hijos, un domingo a la calle? Pero mira, la vida te da un camino, empecé en Cádiz, me fui a Bilbao, el Sáhara, volví aquí... es tu destino.

-¿Cuándo empieza a sentirse a gusto en Veedor?

-Pues a los pocos años, ya la gente empezó a conocerme, a estar todo el día abierto ¡un día estuve 20 horas abierto! Eso era, estar pendiente, estar con los clientes... si no eso se hubiera ido al ... He pasado malos ratos, pero también he sido muy feliz.

-Bueno, empecemos por los malos ratos

-Pues un día llegó la OTAN a Cádiz y no he pasado más miedo en mi vida. Lo menos 60 marineros, todos borrachos y portándose como unos golfos, no había forma de que se fueran. Te juro que tenía lo menos seis cuchillos detrás del mostrador. Y no pasó nada porque en un momento empecé a gritar "¡C'est fini, ya, se acabó!" Y funcionó. Y otro señor, que todas las noches me dejaba el bar vacío enseñando una navajita. Un día me enfrenté a él, salté el mostrador, le di de izquierda y derecha, y yo creo que hasta me oriné del miedo, porque creí que lo había matado.

-¿Y momentos buenos?

-Muchísimos. Los mejores, cuando llegaba un grupo de golfos conocidos y me daban la lata. Yo optaba por unirme a ellos y pasármelo igual de bien.

-Está usted hablando de los más pesaos del mundo...

-Sí, esos, la gente del Diario. No nos hemos peleado nunca, pero no se iban nunca. Yo les decía "ya no puedo más" y ellos seguían. Los c... de Ceballos mandaban a alguien "vete corriendo, entretén a Paco, que se va", mandaban un comando... y cuando llegaban todos, ay Dios mío, yo ya no quería que vinieran, ja, ja. Pero esa es tu vida, no puedes renegar de eso. En realidad, el Veedor me atrapó.

-Y esa habilidad que usted tenía con las cuentas, hay quien dice que tal vez demasiado hábil.

-¡Jamás! Yo he procurado siempre ser honesto. Jamás le he metido en una cuenta a nadie. Mira, en el primer almacén que estuve en Cádiz nos fiábamos todos, la gente apuntaba lo que debía en una libreta, y yo aprendí allí a hacer las cuentas, y luego los balances.

-En su negocio sigue habiendo gente, en medio de la crisis.

-Sí, aunque Cádiz ha dado un bajón...Si sigue viniendo gente será que yo no he adulterado un producto en mi vida, será por el cariño que le echado. El torero se tiene que gustar toreando, y yo cortando jamón disfruto.

-¿Pero nunca ha dicho ya estoy harto de esto y lo dejo?

-No, mi trabajo me ha gustado, aunque haya estado alguna vez bajo de forma, y de verdad que aunque haya gente muy agradable, hay gente muyyy desagradaaable. Yo he trabajado para pagar, y pagar, y pagar. Mira, eso es como si metes el dedo en un raíl y ya no puedes salir de ahí, y además ahí hay gente que son jabatos y dependen de esto, gente que también ha dado su vida por esto. Y ni ahora lo voy a dejar, aunque esté jubilado me llego todos los días ¿Qué hago, dejo de trabajar, engordo y me pongo con el colesterol por las nubes?

-¿El almacenero gaditano se está perdiendo?

-Se ha perdido ya, totalmente. Yo creo que he sido el último. Se ha acabado, como el último mohicano. Y los hijos no van a seguir con esto nunca porque han visto sufrir a su padre muchísimo. Te cuento nada más que por aquí cerca: Facundo Revuelta, cerrado; La Alegría, cerrado; Los Guapos, cerrado; La Retama, cerrado; El Pinar, cerrado; La Santanderina, cerrado... el 95% ha desaparecido.

-¿Y por qué hay tan pocos almaceneros que sean de Cádiz?

-Muy poquitos. Hay que tener... mira, la mayoría eran montañeses que venían a Cádiz, aquí se estaba bien, no llovía, aquello era muy duro, en definitiva, desertores del arao que aquí se adaptaron muy bien.

-¿Usted volvería a ser almacenero?

-Bueno, yo nací en tiempos muy difíciles. Yo podría haber sido un cirujano estupendo ¡yo opero a mis perros! Pero como no pude ser cirujano, dediqué mi habilidad con los cortes al jamón.

-Y también ha sido usted muy aficionado a los toros.

-Desde siempre. Se pasa muy bien con los amigos. Yo he tenido la fortuna de ver torear a Paco Camino, a Curro Romero, a Antonio Ordóñez, he estado en su casa... Yo he visto torear a los mejores, y ahora voy a los toros y me aburro. Con José Tomás, no, con él salgo y estoy en la gloria, lo sigo a donde quiera que toree. En la vida hay que tener 'algo' y Tomás lo tiene. De hecho, yo estoy aquí porque he querido ser torero, ayer mismo en una cacería me quité la camisa, y di dos o tres lances...

-¿Y alguna vez ha rozado el límite del engaño?

-No. Mi padre era dios para mí. Perdió todo en la guerra, y empezó de cero, y cuando me fui de casa me dijo: "Vete y haz lo que quieras, pero sé una persona decente, y que no me digan nunca que eres un sinvergüenza". Y he procurado seguirlo. Yo lo que tengo es lo que he currado. Y a la gente que viene y se van encantados.

-¿Cómo ve usted a Cádiz?

-Cádiz, ultimamente, te lo digo de verdad, Cádiz está muy corto, las empresas se han ido, Cádiz está triste, la gente está muy triste.

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