¡Todos al centro!

  • Antonio Verdugo relata cómo se salvaron de la catástrofe unos 200 salesianos

  • Una placa colocada en el colegio conmemora aquel episodio

A veces la casualidad y el sentido común pueden salvar vidas. Hay quien cree en los milagros. Pero pese a que es profundamente creyente, a sus 86 años, Antonio Verdugo Chaves está convencido de que fue lo primero lo que le libró de una muerte casi segura aquel 18 de agosto de 1947, cuando se encendió el cielo y un monstruoso estruendo reventó Cádiz. A él y al resto de la comunidad salesiana gaditana, compuesta entonces por unas doscientas personas. Tenía tan sólo diceiséis años y llevaba siete interno en aquel colegio que se lo había dado todo. Huérfano de padre antes de nacer, estaba a punto de volver a vivir con su madre gracias a su primer trabajo en la Aeronáutica. Ella se ganaba la vida como lavandera y costurera en casa de una familia de la calle Ancha y pensó que el internado era lo mejor para su hijo, a quien visitaba todas las semanas. Pero dejemos que Antonio nos cuente con sus propias palabras qué pasó aquella noche catastrófica para miles de gaditanos en la que él y sus compañeros estrenaron una segunda vida:

"A mí no me gusta hablar de milagros porque aquí nos salvamos todos y allí, en San Severiano, no... Y por encima de todo, hay que ser humano... que murieron más de 500 personas, aunque digan que fueron 150... Aquello fue una casualidad", se empeña en dejar claro. "Pero hay un dicho de Don Bosco que dice que todo el que está en un colegio Salesiano está bajo el manto protector de María Auxiliadora", termina planteando. "Si no, ¿cómo es posible que aquella noche se rompiese la rutina y se cambiase el horario cuando a las diez menos cuarto debíamos de estar ya acostados los ciento cuarenta y tantos alumnos que éramos?".

"De repente vi cómo se proyectó una luz enorme... Creí que era el fin del mundo"

Antonio Verdugo entra, sale y pasea por los Salesianos como Pedro por su casa. Porque, efectivamente, entre los nueve y los dieciséis años, el colegio fue su hogar. Y lo sigue siendo, aunque viva justo enfrente. "Entré casi analfabeto e hicieron una labor por mí francamente increíble", sentencia con orgullo este hombre que fue monaguillo antes que músico y maestro industrial antes que ingeniero técnico y profesor universitario.

Desde el patio que llaman de Los arbolitos describe como si la siguiera viendo aquella pequeña ciudad en la que se forjó un futuro que estuvo a punto de truncarse el día de la Explosión. Pero algo cambió de manera inesperada en el inflexible horario impuesto con firmeza por los salesianos que marcaban oración, estudio, comidas y descansos. "Nuestros dormitorios estaban aquí, en unos módulos, encima de los talleres", explica señalando al fondo del complejo a las aulas que dan a la actual García Carrera, junto al polideportivo cubierto. "Había una escalera en el centro y una puerta por la que se salía a un callejón". Era la que utilizaban para ir a la playa que había detrás de las bodegas Lacave antes de los rellenos de la Barriada de la Paz. Allí iban a coger cangrejos. Pero no por entretenimiento -que también- sino porque era casi la única manera de ingerir algo de proteínas para engañar a aquel hambre de pan de maíz y garbanzos con acelgas siete días a la semana. "Los que lo pasaban peor eran los curas -asegura Antonio- A la altura del bolsillo de la sotana solían llevar una mancha de grasa: Era de guardarse en las comidas, a escondidas de sus superiores, el principio para dárselo luego a los chavales que estaban más débiles. El principio era lo que les daban entre el potaje y el postre, cuando lo había, que consistía en una pequeña pieza de pescado frito o de carne. Y principio sólo había para quien pudiera pagarlo".

Antonio retoma el relato. "Allí había unos horarios rígidos como pocos y una disciplina de campeonato: A las nueve y media teníamos la oración última, las buenas noches, y a continuación, había que irse para el dormitorio y ya no se podía hablar hasta el día siguiente a las nueve de la mañana. ¿Cómo es posible que aquel día se rompiese el horario?", insiste. Y ahí va la explicación: "Don Luis Hernández Casado, director del colegio y capellán castrense con rango de capitán en la guerra, salía de cenar del comedor. Nos acercamos y le pedimos permiso para ir a la playa: 'Venga, don Luis, un ratito nada más'. Hacía una noche estupenda de agosto. El director preguntó que cómo estaba la marea y yo le dije que seguro que baja, porque por la tarde nos habíamos bañado con marea alta. Autorizó aquella excursión y le ordenó a don Miguel, que era el hombre de las campanas y de las las llaves, que nos abriera las puertas. Y se rompió el horario... ¡Eso nunca se había visto, pero se rompió!... Y allá que nos fuimos todos a la playa de Lacave. Al cuarto de hora ya estábamos aquí de vuelta, todos agrupados en el patio de Los arbolitos, preparados para irnos a dormir".

"De repente vi cómo en uno de los árboles se proyectó una luz inmensa, enorme. Don Luis, que era tan militar como sacerdote y había estado en varios frentes, creyó que era un acto de guerra y enseguida gritó: '¡Todos al centro, al centro del patio! ¡Al suelo! ¡María Auxiliadora!' Yo me tumbé tan deprisa que me pegué con la cabeza ahí, en el sumidero... Creí que era el fin del mundo... El estruendo fue tremendo... No quedó ni una ventana, ni un cristal, ni un tabique en pie. Todo se derrumbó... Y pudo cogernos abajo... Pero allí estábamos todos, sanos y salvos. No hubo nadie que sufriera un rasguño".

"Luego don Luis nos echó a todos afuera, a donde está hoy el monumento. Y llegaron los guardias civiles de un cuartel que había cerca. Creyeron que había habido una masacre. Nos mandaron para la playa. Pero el director se quedó, enfiló el paseo de las palmeras -yo quise ir con él, pero no me dejó- entró en la iglesia, abrió el sagrario, cogió el copón con las sagradas formas y se fue a su despacho. Todos comentábamos que cómo se iba a quedar allí, que seguro que habría una segunda explosión. Pero allí se quedó. Conforme me alejaba del colegio vi en la ventana encendida cómo abrazaba el copón apretado al pecho. Creo que temía algún sacrilegio...".

"Primero nos mandaron hasta el hotel Playa Victoria y luego para El Chato. Y a eso de las cuatro de la mañana nos dijeron que podíamos volver. A las seis, nos lo encontramos todo destrozado. Y nos pusimos a recoger porque don Luis iba a celebrar una misa... Días antes fuimos la banda de música a tocar en la primera piedra que se ponía de la parroquia de San Severiano. Y una mujer me dijo: '¡pero si aquí ya hay una iglesia y no viene nadie, cómo van a hacer otra!'.. Pues aquel día, a las siete y media de la mañana, la iglesia estaba abarrotada y los chavales nos tuvimos que meter pegados al altar mayor porque no se cabía".

Desde mayo, por iniciativa de la Asociación de Antiguos Alumnos de Don Bosco y en especial por el empeño de Antonio Verdugo, una placa de azulejos conmemora en los Salesianos aquél episodio bajo el lema "¡Todos al centro!".

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