política y universidad

Con alabanza

  • El mismo año que Romaní aprobó su doctorado su director de tesis, Carlos Guillén, logró laurear a otros catorce doctorandos con las materias más diversas

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Estalló nuestra burbuja universitaria. Hay tantos títulos y tantas universidades que ya tener un grado no vale nada. Hay que pagar un máster, aunque lo que de verdad viste es ser doctor. Ignacio Romaní no ha mentido. Es doctor. La sombra está en el modo de conseguirlo y ahí hay que hacer muchas preguntas y no cabe dirigirlas, al menos no todas, a Romaní.

Romaní entra en contacto con el catedrático Carlos Guillén, o viceversa, no queda claro, en los tiempos en que preside Aguas de Cádiz. Es un antiguo profesor suyo de sus años universitarios, allá a inicios de los 90. Este catedrático llega a unos acuerdos con Aguas de Cádiz (aunque por los documentos parece que con quien llega al acuerdo es con Romaní) para realizar jornadas o trabajos, tanto da. Las jornadas se hacen e incluso es posible que el trabajo también, aunque el trabajo no le sirva de nada a la empresa pública porque no hay nadie que lo conozca, ni las jornadas tampoco porque su logo no aparece por ningún lado. Lo único seguro seguro es que Aguas de Cádiz paga a Guillén 42.000 euros.

Y, a partir de ahí, siendo esto preocupante, viene lo verdaderamente preocupante. El catedrático dirige la tesis del presidente de la empresa pública, que se acaba en el tiempo récord de un año o año y medio. Hay quien piensa que no se puede asumir este reto en ese tiempo, hay quien piensa que sí, pero unos y otros coinciden en que es una marca olímpica. El catedrático propone el tribunal y es un órgano de la Universidad el que se lo acepta (con algún escandalizado voto en contra, por cierto). En los tribunales de este catedrático se repiten siempre los mismos nombres, que van rotando. En el caso de la lectura de la tesis de Romaní están dos miembros de su grupo de investigación más otros dos ex doctorandos suyos. Uno de ellos es el responsable de una empresa que Guillén ese año aún preside, el mismo que adquirió el porcentaje de una universidad portuguesa y que nombró rector al catedrático. Desde que el catedrático es rector de la universidad portuguesa en la UCA se han doctorado 22 portugueses dirigidos por Guillén. El resultado es un 'cum laude' para el presidente de la empresa pública. Pero ¿tiene valor esa tesis?

Ahora nunca sabremos si realmente estamos siendo injustos con Romaní, si Romaní merecía ese 'cum laude' aparentemente sobreactuado, si su trabajo investigador es valioso para la sociedad, que es para lo que se hace una tesis en última instancia. Quizá Romaní podría divulgar su tesis y saber qué opinan otros expertos. Quizá sea útil a la hora de conocer la responsabilidad social en empresas municipales de otros municipios. Algunos doctores publican sus tesis como e incluso hay quien logra cierto éxito editorial, pero en el caso de Romaní él prefiere, en sus palabras, que la tesis no vaya circulando por ahí. No es un caso aislado. Pero si no sabemos el valor de la tesis de Romaní, no con este proceso, lo que sí sabemos es que un caso como éste devalúa los demás 'cum laude'. Y es una pena cuando está comprobado que de la UCA han salido magníficas tesis doctorales.

La titulitis ha sido una inflamación curricular epidémico en una generación política, la segunda de la Transición. Esta generación, la que no conoció el franquismo, crece con la profesionalización de la política asentada. En los 90 los partidos se pueblan de jovencillos, futuros políticos profesionales, cuya universidad no es otra que los aparatos de los partidos. Apenas se forman académicamente hasta que, con los años, la pobreza de su curriculum es una evidencia ante el empuje de la siguiente generación, que estudia y estudia porque no tiene salida laboral. Sea complejo de inferioridad, necesidad de dar algo de color a sus CV o justificar una futura puerta rotatoria, los curriculum se inflaman en una súbita pasión por el conocimiento.

El caso Romaní no es el de Cifuentes, pero ambos se explican con un alter, en este caso Carlos Guillén; en el de Cifuentes, Álvarez Conde. Álvarez Conde montó un instituto; Guillén, un Observatorio. Si uno puede pensar que un político como Romaní ha tenido una tardía fascinación por los títulos, ¿qué mueve a Guillén a ser el hada madrina de los doctores de Cádiz? Las fuentes con las que ha hablado este medio que conocen a Guillén hablan de una figura brillante, académica y profesionalmente. Un magnífico psicólogo, aseguran. Además, un hombre generoso al que la vida se lo había puesto difícil desde joven. Una persona con un buen número de cualidades. Es una start-up de la UCA de éxito, Carbures, la que le lleva a presidir una empresa y también en esos años descubre un superpoder. Puede ofrecer lo que tantos ambicionan: puede hacer doctores, laurear, satisfacer ese ego de algún político, algún empresario, muchos estudiantes también, por supuesto. Él mismo, por tanto, notable psicólogo, puede hacer un buen cuadro de sí mismo. ¿Por qué tener su nombre bajo 56 tesis cuando sus compañeros lo tienen en no más de una docena?

Guillén presentó su tesis sobre perfiles psicológicos de pacientes de diálisis en el 95, dirigió su primera tesis en 2001 y otras cinco más hasta 2010: ese año dirigió o codirigió ocho. En esos cuatro años, que coinciden con mucha actividad de Guillén (presidencia de Carbures hasta 2014, su acuerdo con Aguas de Cádiz, Observatorio, la Universidad de Lisboa...), dirigió 44 tesis. En 2013, el año que Romaní defiende la suya, se aprueban otras 15 dirigidas por Guillén. Tratan temas como el bienestar psicológico de los informáticos de Madeira o la definición del talento en las empresas. No quiere decir que algunas no sean valiosas, pero las dudas las empañan. Desde que se puso algo de control en los procesos de doctorado, Guillén sólo ha dirigido a dos nuevos doctores.

El lustre social que proporciona el adorno titulero está asfixiando el prestigio de nuestras universidades, pero nuestras universidades ante una oferta desbocada necesitan al tiempo buscar alumnos debajo de las piedras con todo tipo de productos académicos. Esto no es el caso Romaní o el caso Guillén, esto es una fábula de este país.

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