Zapatero consagra a la mujer como seña de identidad de sus políticas

  • Pide confianza frente a la crisis porque "nadie en Europa ha tomado tantas medidas" · Advierte que la polémica por la defensa del castellano se volverá contra quienes la alientan

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Lo de José Luis Rodríguez Zapatero con las mujeres no es circunstancial. Las ama y lo recuerda cada vez que puede. A veces, hasta el punto de rozar el ridículo. A ellas les agradeció que recuerden -a los hombres, se supone- que "no es posible incriminar nunca a quien se siente en la necesidad de interrumpir el embarazo". Luego matizó. No defendía el aborto libre, claro, sino "interrumpir un embarazo no deseado conforme a las leyes". Es el afán del socialismo por la igualdad, cuya primera piedra es fémina, el motor de sus políticas más avanzadas. En ese contexto entran en juego el voto municipal del inmigrante, la eutanasia o la ley sobre laicidad.

Con la fuerza de Luther King en las formas pero sin su empaque en el fondo, Zapatero dibujó el retrato de una España ideal pese a las dificultades, a las que una vez más eludió redefinir como crisis. "Preocupación sí, y capacidad de respuesta también, pero nunca regodeo ante los problemas", advirtió. Su índice acusador señaló a "quienes confían en que las cosas se tuerzan para llegar al poder o a los que se apuntan con fruición a la idea de la crisis pese a que nunca son quienes padecen las dificultades".

"Somos la España que confía en sí misma". Ése es el mantra. Detrás, todo lo demás: la lucha por los más desfavorecidos, la integración del extranjero trabajador, la universidad y la investigación, las infraestructuras supersónicas. Cada logro, cada aspiración estuvo impregnada de una pátina económica porque ahí está ahora el flanco débil, la munición que necesita Rajoy para recortar distancias. El presidente no le regalará ni un milímetro. "Hay quien nos acusa de no reconocer la magnitud de la situación. No es cierto; si nadie ha tomado en Europa tantas medidas como nosotros es porque sabemos lo complicadas que están las cosas", reflexionó.

Si Zapatero quiso tranquilizar a alguien fue sobre todo a esa clase media tan sujeta a la dictadura de las hipotecas y la economía familiar. "Hay ciudadanos sinceramente preocupados, a ellos les debemos confianza, determinación y tranquilidad y para ellos estamos trabajando". "Tenemos capacidad para afrontar lo que venga; no será lo primero ni lo más grave que hemos superado", aseveró.

La convivencia absorbió parte de su intervención justo cuando la lengua sustituye a la bandera como polémica recurrente en algunos medios de comunicación. Para el jefe del Ejecutivo, en este asunto, la realidad bien pudiera describirse como lo hacía Azaña. "Quien os quiere callar os ignora y excluye a media España porque la que existe es la que habla en una lengua y en varias, la que suma y no limita", dijo. "Los españoles vuelven la espalda a quienes no entienden esta diversidad", remató. Estas palabras remarcan la diferencia que ha existido entre PSOE y PP en los últimos años. Mientras los primeros han conquistado feudos inexpugnables gracias a la cultura de la coalición con el nacionalismo (Cataluña, Galicia, Baleares), los segundos han dependido en exceso de las mayorías absolutas, ni tantas ni tan sencillas. A Zapatero le interesa potenciar una imagen de entendimiento que en un futuro no demasiado lejano le permitirá quizás enmendar los errores del pasado (Txiqui Benegas, País Vasco) o garantizarse un porvenir más estable (la sociovergencia catalana).

El balance del congreso federal fue glorioso para la cúpula del partido sencillamente porque considera identificados los retos inmediatos (cambio climático, aborto, fortalecimiento de la UE, lucha contra el hambre) y cree haber dado los pasos necesarios para abordarlos. Los ataques al PP no han sido especialmente fieros teniendo en cuenta que esto es política. Mariano Rajoy ha aparecido a duras penas y más como enemigo renqueante que como amenaza real. "Estos días no hemos pensado en nuestro partido sino en España", confesaba Zapatero como muestra del máximo compromiso con la plebe. A tanto no llega la credibilidad de alguien tan habituado al poder.

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