Santa Bárbara, sólo cuando truena

  • El subterráneo no se debía haber construido, pero no es el culpable de los daños en la muralla

EL tema de la muralla y el estado de abandono y malas prácticas en que está sumida ha saltado ahora a la opinión pública debido al boquete que se ha producido en el lienzo del Paseo de Santa Bárbara y la posible relación del mismo con la ejecución relativamente reciente del aparcamiento en ese paseo.

Lo primero que hay que decir es que en los centros históricos, quizás hoy en todo el mundo, se construyen aparcamientos disuasorios situados cercanos y exteriores a estos recintos, que 'inviten' a no usar el automóvil en el interior de los mismos. Ciertamente en un núcleo como el nuestro, que se atraviesa en cualquier sentido en unos veinticinco minutos, lo lógico es andar. Y complementariamente usar un transporte público que en este caso está cantado que debe apoyarse en la circunvalación, eludiendo lo más posible entrar en el viario interior. Esto permite un servicio que sitúa a los usuarios a una distancia óptima de cualquier destino, alcanzable en unos diez minutos. Pero no un tranvía. Por tanto, situar un aparcamiento en el fondo del recinto histórico es otra nueva actuación impropia de estos tiempos.

Pero dicho lo anterior también hay que decir que la decisión, en su día, de realizar el aparcamiento, sacrificó otro enfoque que si de lo que se trata es de potenciar los valores de la ciudad como "espacio histórico", calmado y cívico, a la escala del hombre y no de las máquinas, aunque usándolas lo necesario, resultaba una posibilidad única.

Consistía en considerar que cuando se obtuviera el espacio del actual Paseo de Santa Bárbara, cosa que era cuestión de tiempo, serviría para abrir el parque al maravilloso paisaje de la bocana de la bahía. Pero como continuidad del propio parque, es decir con un trazado de continuidad y por decirlo directamente con árboles y plantas de portes equivalentes. Y eso se ha frustrado para que una serie de personas, sin duda respetables, lleguen sentadas en sus coches a su lugar de trabajo, acumulando colesterol en sus arterias, en vez de dejarlo fuera del recinto y coger un bus; como hacen en cualquier ciudad europea, desde el director al conserje y desde el rector al bedel.

Se me dirá que eso es agua pasada y para qué removerla; y yo me adelanto a contestar que lo hago para que seamos conscientes del camino por el que circulamos, no precisamente hacia un futuro halagüeño como ciudad histórica.

Pero si se trata de hablar de los socavones de la muralla, hay que decir, que dado que los socavones no es la primera vez que ocurren en esa zona, adjudicarle toda la culpa al aparcamiento no parece procedente. Sí puede, no obstante, haber precipitado el acontecimiento, sobre todo con el picado de una masa de roca que ha habido que demoler. Aunque el fundamental motivo debe haber sido el de siempre, que es el hundimiento de la zapata por descarnado de su apoyo en el fondo marino.

Resulta evidente, o al menos parece, que la muralla no cuenta con un presupuesto estable de mantenimiento y las actuaciones solo se realizan ante las incidencias que se producen. Con el menor coste posible y sin intención resolutoria, sino exclusivamente paliativa. Y eso explica que, o tienen poca vigencia, como ha pasado con la anterior reparación de la zona que comentamos, o no tienen en consideración otro objetivo que obviar el problema planteado, eludiendo cualquier otro enfoque, como pasó con los bloques del Campo del Sur, que han anulado una pieza básica de un bello paisaje histórico urbano.

En las fotos publicadas en el Diario estos días se ven dos cosas. Primero, que existe una obra que no tendrá mucho más de veinticinco años de refuerzo de las zapatas con hormigón. Lo que supone una dudosa manera de restauración de un monumento histórico. Y segundo, la historia de los bloques, que se coloquen como se coloquen, pienso que no atienden al problema de fondo que es talón de Aquiles de la muralla. Porque su principal punto débil es que en las zonas cimentadas en fondo de arena, esta cambia de cota y puntualmente lava el apoyo y descarna la zapata de cimentación. Y así se genera un proceso, primero de socavón y después de sifón en el trasdós de la muralla.

Hay que pensar que las técnicas constructivas de los siglos XVII y XVIII no contaban con los medios actuales. Resultaba difícil en los suelos de arena profundizar suficientemente. Y aquí evidentemente parece que siempre se hizo.

Tengo entendido que las escolleras semisumergidas son el sistema de defensa que se sigue aplicando en los casos como el que tratamos, cuando se manejan los presupuestos ordenadamente orientados a las políticas que podemos llamar de "medicina preventiva", o sea de mantenimiento y consolidación. Que es independiente de los imprevistos por incidencias.

Este tipo de escolleras cumplen dos funciones. En primer lugar suponen un elemento de retención del material del fondo, para que se mantenga en la cota adecuada y no se descarnen las zapatas. Y para esta función se puede pensar en un primer dique totalmente sumergido que enclaustre el material del fondo, al que se le pueden hacer aportes. Y en segundo lugar ser un elemento que absorba suficiente parte de la energía de las olas, para disminuir los golpes de mar en la muralla. Y estos son temas a determinar técnicamente. Y a este segundo fin creo que actualmente se utiliza la construcción, delante del elemento anterior, de un arrecife de tetrápodos de hormigón, que es el que puede ser visible en marea baja. Los tetrápodos son unas piezas formadas por tres patas que hacen de trípode y una cuarta, exactamente igual, vertical, que vertidos unos sobre otros se encajan y cumplen una función eficaz de filtro "poroso" de parte de la energía del movimiento marino. Y esta obra se hace relativamente alejada de la muralla, según los condicionantes de calados, etc. Tema que debe resolver cada proyecto.

Esta obra consigue un fondo marino estable en torno a la muralla y un arrecife lleno de intersticios que funcionan como resguardo y defensa de la vida marina. O sea, que además de cumplir sus funciones principales, regala el mejor biotopo marino posible. Y se puede ir realizando por tramos, atendiendo primero a los puntos más expuestos.

Pero esta no es una labor de 'bombero' que viene a solucionar una incidencia, sino de administrador que se ocupa del patrimonio.

Pensar en todas estas cosas gaditanas desde el secano madrileño me recuerda la bella canción de Javier Krahe en la vieja Mandrágora: "Nos ocupamos del mar y tenemos dividida la tarea. Ella cuida de las olas, yo vigilo la marea. Es cansado, por eso al llegar la noche ella descansa a mi lado. Sus ojos en mi costado".

Nos hemos centrado en el tema de la muralla por su actualidad, pero si echamos la vista atrás la ciudad ha ido 'de una en otra' durante el último siglo. Y si no cuida con una visión culta y moderna lo que le va quedando, acabará perdiendo los valores que le pueden abrir una línea de horizonte económico y cultural. Y de ahí la importancia de conseguir de la Unesco la Declaración de Patrimonio Mundial que la prestigie y la proteja de propios y extraños.

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