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Helena Gómez Ruiz, historias del otro Cádiz

  • Fin de época. Relato de una ciudad ya pasada de la mano de una de las últimas supervivientes de la burguesía gaditana del siglo XX

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Helena Gómez RuizHistorias del otro Cádiz

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"¿ TRABAJAR yo? Yo nunca he trabajado. He disfrutado de la vida, saliendo con mis amigos, celebrando fiestas en mi casa, viajando. Pero trabajar, nunca. Eso sí, he estudiado idiomas, literatura, me he formado intelectualmente, más allá de disfrutar de la vida".

Helena Gómez Ruiz se sincera sin ningún tipo de pudor. Hoy cumple 94 años y esa es ya una edad en la que uno puede decir lo que quiere sin ningún tipo de problema.

No nos debería de extrañar su respuesta. Su padre fue Miguel Gómez Arámburu, sobrino de José Moreno de Mora y Micaela Arámburu. Entre los de su familia y los de su grupo de amigos más íntimos en la infancia y la juventud se unen todos los apellidos que conformaron la alta burguesía gaditana de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, aquella que manejaba la política, la cultura y buena parte de la economía de la ciudad.

Helena Gómez Ruiz es uno de los ejemplos de esa alta sociedad, de la que ya apenas queda el recuerdo. Ella misma celebra hoy su cumpleaños en Buenos Aires, donde se ha marchado a vivir con su hija y donde ya residió largos años.

Unos días antes de su partida se sienta con Diario de Cádiz para hablar de los viejos tiempos. Ante una copa de Canasta (ella), herencia de las bodegas que gestionaba su padre.

"Yo vivía en una casa de la Alameda, junto a lo que después fue el Anteojo. Micaela Arámburu, que murió sin descendencia, tenía la norma de regalar una casa a sus sobrinos cuando estos se casaban, pero a mi padre lo dejó fuera. Al final fueron sus hermanos mayores, que no las hermanas, los que le compraron la finca en Alameda".

"Allí pasé años muy buenos, porque entonces en Cádiz se vivía muy bien. Mi padre, además del negocio de las bodegas, que se mantenía en la propia ciudad, era muy aficionado a la música, hasta el punto que componía obras y tocaba muy bien el piano y toda la familia nos reuníamos en el salón y cantábamos sus canciones. Llegó a componer una obra que se tocó en la comunión de mi hermana. Es una lástima pero tras el cierre de la casa de la Alameda se perdió buena parte de su obra musical".

El negocio bodeguero de la familia les hizo tener un intenso contacto con el Reino Unido, hasta el punto que a su hermano Luis le consideraban más británico que español y todos los hijos varones estudiaron en Inglaterra. Es tal vez este contacto con este país el que llevó a Helena a ser un espíritu inquieto, poco dado a seguir las normas de la alta sociedad y con muchas ganas de viajar, lo que en una señorita de la época, y más tras la llegada de la dictadura de Franco, no estaba nada bien visto.

"En Cádiz nos lo pasábamos muy bien. De fiesta en fiesta. Todas las familias de la burguesía gaditana estábamos muy unidas, muchas por lazos familiares. Los Arámburu, los Lacave, Abárzuza, Álvarez-Osorio, McPherson... Nos reuníamos en los salones de nuestras casas donde bailábamos y comíamos. Y estrenábamos ropa muy bonita".

Casas con inmensas estancias, "con muebles de caoba, porque aquí había muy buenos ebanistas, que se han perdido todo cuando se han ido cerrando todas las grandes casas que había en la ciudad".

¿Y dónde compraba la ropa? "Por supuesto que nos la traían a casa, nunca salíamos de compras", responde con naturalidad. Un traje nuevo cada temporada, le indicó con duda, a lo que Helena Gómez corrige: "¿Uno?, no. ¡Unos cuantos!".

Junto a las casas y palacetes familiares, el Club de Tenis y, más adelante, locales como Casablanca o el Cortijo de los Rosales eran punto de reunión para los más jóvenes de las familias más selectas de Cádiz "donde nos reuníamos con menos protocolo social".

Esa conexión británica hizo que las hijas mayores de la familia estudiasen en Gibraltar mientras que las más pequeñas lo hicieron en el colegio de la Asunción en Madrid. Y allí se marcha Helena en una primera etapa que culminaría de forma abrupta con los años más convulsos de la II República.

"Fue un tiempo horrible. Estamos en Madrid, en el colegio, y comenzaron a quemar edificios. Nuestros padres temieron que nos pasase algo y decidieron nuestra vuelta a Cádiz. ¡Todo Cádiz estaba ardiendo! Estábamos todo el día encerrados en nuestra casa de la Alameda, sin poder salir a la calle, y cuando nos atrevíamos a pasear nos amenazaban con la muerte y nos hablaban del amor libre".

Eso sí, hambre no pasaron, ni en estos meses tumultuosos, ni durante la inminente Guerra Civil ni, tampoco, en los años posteriores, años de cartilla de racionamiento. Contaban para ello con una finca en Chiclana "que nos proveía de alimentos suficientes".

Tras la Guerra Civil retorna la colegio madrileño, donde deja patente su carácter. "Las amigas me sacaban del colegio, pero yo les convencía para no volver y dormir fuera... hasta que se dieron cuenta y me descubrieron". La expulsión supuso su retorno a Cádiz, aunque recuerda con orgullo que no recibió bronca alguna de su padre "que era una persona muy liberal". Claro que tampoco hay que obviar en esta consideración paternal que Helena era la penúltima de doce hermanos y, como ella misma reconoce, "la mimada".

Su estancia en Madrid le había permitido conocer a José Antonio Primo de Rivera, aprovechando que visitaban a una de sus tías a la hora del café.

Y vuelta a la "normalidad" social. "Después de lo que habíamos pasado con la República y con la Guerra Civil lo que queríamos era volver a divertirnos", resume.

Su pandilla dará que hablar. Primero, por sus vestimentas. Lejos de la moralidad textil que comenzaba a imperar con la llegada de la dictadura, Helena Gómez Ruiz prefería utilizar pantalones, a la moda gracias a Hollywood. Y lo peor era en verano cuando los bañadores adquiridos en Gibraltar no pasaban en las costas españolas la normas impuestas por la censura "y se nos tachaba de inmorales". Por reunirse en la calle "para beber menta con limón o pasear cogidos del brazo en pleno años cuarenta se nos catalogaba también como inmorales. Incluso en una ocasión nos impusieron una multa de 2.000 pesetas (que en aquella época era una auténtica fortuna)".

Entre fiesta y fiesta, ya en Madrid y tras casarse muy joven, en 1947, con un diplomático argentino, Eurodo Díaz de Vivar, estuvo invitada a una de las galas celebradas en el Palacio Real en honor de Eva Perón, ilustre visitante y apoyo indispensable al régimen de Franco. " Fue una fiesta maravillosa. Nunca se me olvidará la subida por la inmensa escalita, cubriendo el paso la Guardia Mora del General".

Su boda con el diplomático argentino le llevó a Buenos Aires. Años de muchos viajes, del nacimiento de su única hijo y viuda cuando apenas habían transcurridos tres años de matrimonio.

No se corta Helena Gómez, sin duda gracias a su carácter extraordinariamente abierto, al relatar que su marido falleció cuando estaba en un casino en Uruguay. "Yo me quedé en la casa porque estaba cansada y él se fue. Y allí murió, con 39 años de edad". La misma Helena se reconoce gran jugadora de cartas, sobre todo a la canasta. E incluso maneja perfectamente internet.

Nuevo retorno a su Cádiz natal, con una niña de un año. Dejó el esplendor de las grandes capitales iberoamericanas por una ciudad que había sido azotada por la tragedia de la explosión de agosto de 1947, donde murieron muchos miembros de la burguesía que tenían sus chalés en la zona afectada por la catástrofe.

Como herencia de su marido recibió una casa en Corrientes (Argentina) y en este va y viene entre los dos países conoce a un catalán que estaba nacionalizado norteamericano y que estaba entusiasmado con la 'españolita'. Y de nuevo a viajar, por media América del Sur, por Nueva York... "Era guapísimo y muy elegante. Divertido y se conocía a todo el mundo. Tal listo que era y medio me arruinó".

El golpe militar que retiró del poder a la viuda de Perón, María Estela, ya en los años setenta, le llevó a cruzar de nuevo el charco. Llegó a su Cádiz natal en plena expansión urbana, donde muchas familias de la burguesía de principios de siglo se habían trasladado a otras localidades o habían desaparecido. Afortunadamente para Helena, su grupo de amigas permanecía fiel a la ciudad, retornando a una vida social que, en todo caso, era sustancialmente diferente a la que ella había vivido y disfrutado de joven. Además, recuerda esbozando una sonrisa, "pude reiniciar mi amistad con Álvaro Arámburu", su eterno no-novio y galán de la aristocracia gaditana.

Ahora, tras una etapa en El Puerto de Santa María, "donde me han cuidado muy bien" tras asumir con dolor que "en Cádiz apenas conocía ya a nadie", su hija, por aquello de su edad, le ha llevado de vuelta, y digo de vuelta porque también ha sido su casa durante una buena porción de su vida, a Buenos Aires, a la que partió esta semana tras varias semanas de emotivas despedidas.

Tras una vida tan llena de viajes, de lujo, de fiestas, le preguntó si no tenía constancia de que había otro Cádiz donde reinaba la pobreza, la desesperación y durante el franquismo la persecución ideológica.

"Yo no conocía otra realidad más que la nuestra. Nosotros estábamos aislados de lo que era el resto de la población. Vivíamos como en una burbuja, sin saber las condiciones de vida de los demás, aunque en casa nosotros cuidábamos a los criados. Ahora, cuando ha pasado el tiempo y veo la realidad me da vergüenza esa ignorancia mía".

¿Y se arrepiente de algo?, le insisto.

"¿Arrepentirme de algo? Pues mira, no. Sí soy consciente ahora de toda esta realidad. Pero aunque no soy una persona religiosa sí tengo una gran fe en Dios y soy muy caritativa, nada egoísta, y procuro atender a los que lo necesitan".

Hablo con ella de la cierta polémica que ha provocado en Cádiz la retirada del nombre de Ramón de Carranza, familiar suyo, de la avenida junto a Canalejas y el anuncio de la futura eliminación del título del estadio de fútbol.

"Me siento orgullosa de unos apellidos que tanto hicieron por Cádiz. Todos fueron políticos, sí, pero ellos pusieron siempre su propio dinero y nunca, nunca robaron. Les costaba su dinero particular el trabajo que hacían por los ciudadanos. En el caso de tío Ramón, murió en 1937 y no creo que conociese a Francisco Franco".

"La verdad es que estoy muy furiosa con este cambio en la avenida, pero el problema es que Cádiz tiende a olvidarse de su propia historia. Los apellidos de la burguesía gaditana han dejado un gran legado social para la ciudad. La Mirandilla, el Sanatorio Madre de Dios, Salesianos, el Hospital de Mora... Grandes equipamientos para los vecinos que sin la aportación de estas familias no hubieran sido posible. Y por eso no nos podemos olvidar de ellos".

"Quiero morir viviendo", termina la conversación. Cuando se publica esta entrevista se encuentra ya de vuelta a su otra casa, en Argentina. Con sus cuatro nietos y sus doce bisnietos. Disfrutando de la vida.

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