- Diario de Cádiz. Noticias de Cádiz y su Provincia
- Opinión
- Reportajes con cámara oculta
Reportajes con cámara oculta
la tribuna
Reportajes con cámara oculta
Luis Felipe Ragel | Actualizado 16.03.2010 - 01:00LA conversación privada que mantenía el mes pasado Esperanza Aguirre con otra persona, captada por un micrófono que no se había cerrado y que posteriormente ha sido reproducida en todos los medios de comunicación, me ha traído a la mente toda la interesante cuestión de los reportajes en los que se utiliza una cámara oculta.
En los últimos años, las cadenas de televisión han difundido programas en los que, con la elegante etiqueta de periodismo de investigación, se ofrecía al público un reportaje que obedecía al siguiente esquema: se reproducían imágenes captadas con cámaras ocultas portadas por unos periodistas que engañaban a los protagonistas haciéndose pasar por potenciales clientes o personas interesadas por la actividad que aquéllos llevaban a cabo; a continuación, se ofrecía una tertulia a la que asistían periodistas y expertos en la materia tratada en el concreto programa.
Con la añagaza de presentarse al público como el perro guardián de la sociedad en que vivimos, estos programas tenían por objetivo fundamental y único el incremento de la audiencia de la cadena televisiva. Prueba de ello es que, cuando la audiencia comenzó a disminuir, estos programas fueron suprimidos.
La fórmula inicial no era nueva, porque muchos años antes se había llevado a cabo con éxito, aunque en al ámbito humorístico, con programas televisivos como Objetivo indiscreto y películas como To er mundo e güeno, que tuvo un enorme éxito de taquilla, lo que motivó que se filmaran varias secuelas.
Algunos protagonistas involuntarios de estos programas promovieron demandas contra las productoras que grabaron los reportajes y los propietarios de las cadenas de televisión en que se divulgaron. No les falta razón a los demandantes porque la cámara oculta coloca en una manifiesta desigualdad a los interlocutores. Los que ignoran que la cámara está activada realizan manifestaciones que posiblemente se guardarían si conocieran la realidad, mientras que los que han puesto en marcha el mecanismo grabador se abstendrán de decir aquello que les pudiera comprometer. Los periodistas jugaban con ventaja e hicieron trampa. Fueron ellos los que provocaron la noticia.
Por otra parte, vivimos en la era de lo políticamente correcto, en una sociedad en la que casi todos dicen lo que sus interlocutores quieren oír. Eso se achaca incluso a los más altos poderes del Estado. Casi todos quieren encandilar y es muy posible que, para conseguirlo, se diga lo que no se piensa en realidad. Las personas exageran sus impresiones para conmover a los demás, pero nada asegura que esas manifestaciones sean sinceras. ¿Por qué creer a pie juntillas lo que ha dicho una persona que hablaba sin saber que se estaba grabando la conversación?
Los demandados se aferraron a un bien que, como decía Mark Twain, es el don más preciado que poseemos: la verdad -y por eso añadía: economicémosla-. Lo importante es encontrar la verdad y eso debe estar por encima de todas las cosas. Si unas personas actúan en la sociedad de manera incorrecta, eso debe saberse y darse a conocer al público.
Algún reproche moral merecen las personas que esconden sus intenciones y engañan a su interlocutor fingiendo acudir a la consulta para solucionar problemas personales cuando lo que pretenden en realidad es conseguir que ese interlocutor realice alguna declaración que pueda poner de manifiesto su impostura. Ambos son impostores, pero el primero que actuó de esa manera fue el periodista y eso debe tenerse en cuenta.
En varias sentencias dictadas durante el año pasado, el Tribunal Supremo ha considerado que esos programas emitidos por televisión tenían interés general, pero ese interés no justificaba el sacrificio del derecho a la imagen del demandante, pues la nitidez de su efigie era innecesaria para el fin de informar. También existía una lesión del derecho a la intimidad, ya que la conversación se había desarrollado en un ámbito estrictamente privado. Esta afirmación es más discutible: una cosa es que la conversación sea privada -casi todas lo son- y otra cosa es que pertenezca a la intimidad aquello que se manifiesta a toda persona que esté dispuesto a pagar por mantener esa conversación profesional.
Me parece bien que exista periodismo de investigación, pero aún me gustaría más que se dedicara a aclarar hechos históricos que todavía siguen siendo oscuros, crímenes que no se han resuelto o que se descubriera a aquellas personas que mueven mucho dinero bajo el manto de la economía sumergida y se aprovechan de las ventajas que ofrece la sociedad pero no la hacen partícipe de las ingentes ganancias que obtienen.
En los últimos años, las cadenas de televisión han difundido programas en los que, con la elegante etiqueta de periodismo de investigación, se ofrecía al público un reportaje que obedecía al siguiente esquema: se reproducían imágenes captadas con cámaras ocultas portadas por unos periodistas que engañaban a los protagonistas haciéndose pasar por potenciales clientes o personas interesadas por la actividad que aquéllos llevaban a cabo; a continuación, se ofrecía una tertulia a la que asistían periodistas y expertos en la materia tratada en el concreto programa.
Con la añagaza de presentarse al público como el perro guardián de la sociedad en que vivimos, estos programas tenían por objetivo fundamental y único el incremento de la audiencia de la cadena televisiva. Prueba de ello es que, cuando la audiencia comenzó a disminuir, estos programas fueron suprimidos.
La fórmula inicial no era nueva, porque muchos años antes se había llevado a cabo con éxito, aunque en al ámbito humorístico, con programas televisivos como Objetivo indiscreto y películas como To er mundo e güeno, que tuvo un enorme éxito de taquilla, lo que motivó que se filmaran varias secuelas.
Algunos protagonistas involuntarios de estos programas promovieron demandas contra las productoras que grabaron los reportajes y los propietarios de las cadenas de televisión en que se divulgaron. No les falta razón a los demandantes porque la cámara oculta coloca en una manifiesta desigualdad a los interlocutores. Los que ignoran que la cámara está activada realizan manifestaciones que posiblemente se guardarían si conocieran la realidad, mientras que los que han puesto en marcha el mecanismo grabador se abstendrán de decir aquello que les pudiera comprometer. Los periodistas jugaban con ventaja e hicieron trampa. Fueron ellos los que provocaron la noticia.
Por otra parte, vivimos en la era de lo políticamente correcto, en una sociedad en la que casi todos dicen lo que sus interlocutores quieren oír. Eso se achaca incluso a los más altos poderes del Estado. Casi todos quieren encandilar y es muy posible que, para conseguirlo, se diga lo que no se piensa en realidad. Las personas exageran sus impresiones para conmover a los demás, pero nada asegura que esas manifestaciones sean sinceras. ¿Por qué creer a pie juntillas lo que ha dicho una persona que hablaba sin saber que se estaba grabando la conversación?
Los demandados se aferraron a un bien que, como decía Mark Twain, es el don más preciado que poseemos: la verdad -y por eso añadía: economicémosla-. Lo importante es encontrar la verdad y eso debe estar por encima de todas las cosas. Si unas personas actúan en la sociedad de manera incorrecta, eso debe saberse y darse a conocer al público.
Algún reproche moral merecen las personas que esconden sus intenciones y engañan a su interlocutor fingiendo acudir a la consulta para solucionar problemas personales cuando lo que pretenden en realidad es conseguir que ese interlocutor realice alguna declaración que pueda poner de manifiesto su impostura. Ambos son impostores, pero el primero que actuó de esa manera fue el periodista y eso debe tenerse en cuenta.
En varias sentencias dictadas durante el año pasado, el Tribunal Supremo ha considerado que esos programas emitidos por televisión tenían interés general, pero ese interés no justificaba el sacrificio del derecho a la imagen del demandante, pues la nitidez de su efigie era innecesaria para el fin de informar. También existía una lesión del derecho a la intimidad, ya que la conversación se había desarrollado en un ámbito estrictamente privado. Esta afirmación es más discutible: una cosa es que la conversación sea privada -casi todas lo son- y otra cosa es que pertenezca a la intimidad aquello que se manifiesta a toda persona que esté dispuesto a pagar por mantener esa conversación profesional.
Me parece bien que exista periodismo de investigación, pero aún me gustaría más que se dedicara a aclarar hechos históricos que todavía siguen siendo oscuros, crímenes que no se han resuelto o que se descubriera a aquellas personas que mueven mucho dinero bajo el manto de la economía sumergida y se aprovechan de las ventajas que ofrece la sociedad pero no la hacen partícipe de las ingentes ganancias que obtienen.


