la firma invitada

Méjico en las Cortes de Cádiz

José María García León | Actualizado 16.03.2010 - 01:00
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DE los 64 diputados hispanoamericanos, más los tres filipinos, que conforman la representación ultramarina en las Cortes de Cádiz, fueron los veintiún diputados mejicanos el grupo parlamentario más numeroso correspondiente a aquellos territorios fuera de la Península.

Con poco más de seis millones de habitantes, venía a ser el dominio español en América más grande, más poblado y más próspero, siendo sus intendencias más populosas las de Guanajuato, Méjico y Puebla. La situación en este virreinato era vista con especial preocupación desde Cádiz, siendo constantes las peticiones que se hicieron al gobierno para que adoptara todas las medidas posibles para pacificar aquel vasto territorio ante los incipientes conatos independentistas. Por parte de sus diputados eran constantes las peticiones para procurar una mayor autonomía en una serie de aspectos, que iban desde los más perentorios, como las peticiones de libre comercio o la mejora de las comunicaciones, a otros aparentemente más banales, como las propuestas tendente a autorizar a los virreyes y demás jefes superiores de América, para que, sin tener que esperar el oportuno permiso del Rey, pudieran tener licencia para oficiar casamientos a militares y demás empleados. De forma mucho más crítica denunció en las Cortes el diputado por la provincia de Nuevo Méjico, Pedro Bautista Pino, la situación de su territorio y sus posibles mejoras, lamentándose en una Memoria dirigida a las Cortes de la muy poca atención que se había prestado a dicha provincia. De mucho más calado político fue la actuación del diputado Ramos Arizpe, represaliado en 1814 por liberal y masón y que actualmente está considerado como el padre del federalismo mejicano. Actualmente existe en Méjico una ciudad que lleva su nombre.

Descendiendo más al campo anecdótico hemos de citar al diputado Máximo Maldonado, canónigo de la catedral mejicana de Guadalajara, quien de paso hacia Ronda, murió en Arcos de la Frontera, siendo enterrado con todos los honores por el Ayuntamiento arcense, gesto éste que fue muy agradecido por todo el grupo hispanoamericano, como así consta en el Diario de Sesiones de las Cortes. También, a Octaviano Obregón, quien, encontrándose encarcelado su hermano Bartolomé en Sevilla desde hacía veinte meses, solicitó su baja en las Cortes para poder dedicarse íntegramente a su defensa. Sin embargo, éstas no accedieron a su petición, aunque sí le prometieron que se agilizarían lo más rápido posible los trámites procesales.

Cuando las Cortes se clausuraron en Cádiz el 14 de septiembre de 1813, estaban presididas por otro mejicano, José Miguel Gordoa Barrios, diputado por la provincia de Zacatecas. Ese mismo día dio un emotivo discurso, tal vez el más importante de los pronunciados de entre los diferentes Presidentes de las Cortes y que habían sido más bien escasos y de poca calidad. En dicho discurso se especificaron los principales logros que se habían conseguido a lo largo de toda la legislatura de las Cortes desde que se inauguraron el 24 de septiembre de 1810. Duró una media hora y fue acogido con fuertes aplausos e interrumpido constantemente con grandes aclamaciones, después de lo cual, siguiendo siempre la prensa de la época, tras dar por finalizado el período de sesiones fue conducido entre vivas, parabienes y sombreros al aire, por la calle Ancha hasta su casa.

Pero también, cuando ya las otras Cortes, las Ordinarias, fueron disueltas, que no clausuradas, en Madrid por orden del Rey en 1814, fue otro mejicano, Antonio Joaquín Pérez y Martínez Robles, el que las presidía. Curiosamente, ambos diputados y a la vez clérigos, una vez que Méjico conquistó su independencia de España, continuaron sus carreras política allí. Así, Gordoa Barrios fue Presidente del Congreso Constituyente y uno de los firmantes de la nueva Constitución de su país, así como Obispo de Zacatecas. Por su parte, Pérez y Martínez Robles, fue uno de los firmantes del acta de independencia de Méjico, formando parte de la Junta Provisional que apoyó a Agustín de Iturbide. Asimismo, fue Obispo de Puebla de los Angeles.

Ambos diputados suponen sendos ejemplos muy elocuentes de cómo los dos Bicentenarios, el de la Independencia de Méjico y el de nuestra Constitución de 1812, se pueden dar la mano, pues es muy significativo que cuando realizaron su labor parlamentaria en La Península eran entonces españoles y cuando se incorporaron, con la nueva situación, a su país eran ya mejicanos.
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