de poco un todo

Chapuzones

Enrique García-Máiquez / | Actualizado 24.07.2011 - 09:11
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LO más sugerente sobre el agua no lo dijo un árabe, como querría el tópico, aunque sí un granadino, como quiere el topos. Luis Rosales escribió: "La caricia del agua es la sirena". Y bastan esas siete palabras (sus once sílabas) para dejarnos una imagen tan sensual, rumorosa y mitológica que ni Lighea, la sirena perfecta del cuento del príncipe de Lampedusa. Aunque el príncipe tampoco andaba seco de inspiración cuando habló de la sonrisa del agua para describir los tenues remolinos que se forman en la superficie clara de un estanque. Lo más hermoso sobre la hermana agua, sin embargo, lo cantó hace mucho otro italiano, san Francisco de Asís. Como si llamarla "sor Aqua" fuera poco, que mira que es bonito, le supo ver a la incolora e insípida estos sabrosos adjetivos: "muy útil, humilde, preciosa y casta". Para volver a España y a nuestro tiempo sin avergonzarnos con la comparación, recurramos a Juan Peña: "La felicidad no es cara./ Basta para ser feliz/ tener sed y beber agua".

También para mí el agua es una fuente de felicidad, bañándome muy de vez en cuando -oh la caricia- y bebiéndola muy a menudo. Y viéndola y oyéndola y oliéndola. El papel de la magdalena de Proust lo hace, en mi caso, un periquito. No me refiero al mini loro verde o amarillo, sino al aspersor clásico, aquél que hace: zic-zic-zic, y tiene un mecanismo metálico que aprovecha el propio chorro para coger fuerza y ritmo. Antes entonaba a la mínima mi entusiasmo por el ingenio, pero he recibido muchos jarros de agua fría de incomprensión: la gente, en general, prefiere el Patio de los Leones. Yo les explico que mi infancia transcurrió alrededor de esos periquitos y que me traen recuerdos de juegos infantiles: nos los ponían a medio día como sustitutivo de la piscina inexistente y su latigazo helado era una lluvia a gusto de todos. Y recuerdos, más tarde, de fin de fiestas adolescentes (se regaba por las noches). Ahora en mi casa no los tenemos, pero en la del vecino sí, y es una gloria oírlos: zic-zic-zic, con ese olor único a tierra mojada y caliente que saben extraerle ellos al césped.

También tienen piscinas los vecinos. No se las envidio. Una piscina tendría que limpiarla, que llevarla sobre mi conciencia ecológica por el gasto de agua y sobre todo que zambullirme mucho para amortizarla. Yo sólo me baño cuando llega una ola… de calor. Casi siempre me sobra con la sombra y la brisa. Y con los baños de los demás. A la debida distancia y a buenas horas, me gustan hasta los ruidos de las piscinas. Si las ondas son somnolientas sonrisas, los chapuzones son carcajadas en cascada. El mar impone otra reverencia en los bañistas, que en las piscinas se despendolan, quizá por el juego que da el bordillo y el trampolín. La playa, ese inmenso reloj de arena, impone un ritmo, más que lento, antiguo, y las olas no hacen ruido, sino música, música clásica, o ecos homéricos.
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