- Diario de Cádiz. Noticias de Cádiz y su Provincia
- Opinión
- Trabajar en tumbona
Trabajar en tumbona
de poco un todo
Trabajar en tumbona
Enrique García-Máiquez / | Actualizado 17.07.2011 - 01:00CÓMO me reía y cuánto he contado lo de aquel amigo mío, cuentista y periodista, felizmente casado con una mujer ejecutiva que ganaba (lógicamente) el sueldo principal de la casa. Un día fue sorprendido por su señora tumbado en el sofá, mirando al techo, la romántica cabeza reclinada entre mullidos almohadones. Ella, que debía de haber tenido un mal día -de diecimuchas horas- le gritó: "¡Tú, ¿qué haces?!" a lo que él replicó sin mentir un ápice: "Pues aún trabajando, cariño, ¿no lo ves?" El trabajo intelectual, explicaba yo después de referir la anécdota, rinde poco, pero permite y hasta exige una higiene postural bastante aceptable, al menos.
Me reía porque mi propia mujer ejecutiva (Dios se lo pague a todas) tenía la cosa bastante asumida. Pero ha llegado a casa a ayudarnos con la intendencia una señora rusa, de nombre Natasha, que me mira raro, muy raro, cuando le suplico que cuide por favor un poco de la niña que tengo muchísimo trabajo para, acto seguido, tumbarme con un libro entre las manos y una sonrisa de satisfacción en los labios. Recuerdo entonces a mi amigo, y resuenan en mis oídos los tonos de angustia de su voz cuando me contaba aquella escena conyugal suya. Ya no me río tanto.
Pesa una maldición sobre la lectura. No es normal que los amigos que te ven en la playa con un libro piensen que te estás aburriendo como una coquina y se precipiten en tu auxilio a darte una interesantísima conversación prolongadísima, y que la única persona que detecte que estás disfrutando de lo lindo sea la que tendría que comprender que estás ganando el pan con el sudor metafórico de tu frente, hecho que requiere un poco de respeto y de silencio alrededor.
Tecleando frenéticamente, la espalda encorvada sobre el teclado, los ojos fijos en la nociva pantalla fluorescente sí damos el pego de duros trabajadores, pero es la etapa final del proceso, la más breve y, hasta si me apuran, la menos importante. Antes hay que haber leído largas horas placenteramente, porque sólo así da fruto, como los barbechos. Y luego hay que haber dejado vagar (y subrayen el verbo "vagar" con todas sus connotaciones) la imaginación, y más tarde atar más en corto lo reflexión, pero con la mirada ausente y el cuerpo relajado. Sin ese trabajo (sí, trabajo) previo lo que se escribe no suele valer nada.
"Ya, y a mí qué me cuenta", replicarán los lectores más inteligentes. No va por ustedes, sino por los que no habrán llegado hasta aquí en la columna. La verdad es que no hay manera de concentrarse en dispersarse ni de esforzarse en vagar ni de pensar en las musarañas con este creciente murmullo en los oídos o esta muda admonición en los penetrantes ojos: "¡Pero cómo vive este tío!" Este artículo lo he escrito corriendo, poniendo muecas de esfuerzo por disimular, y se nota. Menos mal que en vacaciones podré trabajar por fin a gusto, disfrazado de apático veraneante.
Me reía porque mi propia mujer ejecutiva (Dios se lo pague a todas) tenía la cosa bastante asumida. Pero ha llegado a casa a ayudarnos con la intendencia una señora rusa, de nombre Natasha, que me mira raro, muy raro, cuando le suplico que cuide por favor un poco de la niña que tengo muchísimo trabajo para, acto seguido, tumbarme con un libro entre las manos y una sonrisa de satisfacción en los labios. Recuerdo entonces a mi amigo, y resuenan en mis oídos los tonos de angustia de su voz cuando me contaba aquella escena conyugal suya. Ya no me río tanto.
Pesa una maldición sobre la lectura. No es normal que los amigos que te ven en la playa con un libro piensen que te estás aburriendo como una coquina y se precipiten en tu auxilio a darte una interesantísima conversación prolongadísima, y que la única persona que detecte que estás disfrutando de lo lindo sea la que tendría que comprender que estás ganando el pan con el sudor metafórico de tu frente, hecho que requiere un poco de respeto y de silencio alrededor.
Tecleando frenéticamente, la espalda encorvada sobre el teclado, los ojos fijos en la nociva pantalla fluorescente sí damos el pego de duros trabajadores, pero es la etapa final del proceso, la más breve y, hasta si me apuran, la menos importante. Antes hay que haber leído largas horas placenteramente, porque sólo así da fruto, como los barbechos. Y luego hay que haber dejado vagar (y subrayen el verbo "vagar" con todas sus connotaciones) la imaginación, y más tarde atar más en corto lo reflexión, pero con la mirada ausente y el cuerpo relajado. Sin ese trabajo (sí, trabajo) previo lo que se escribe no suele valer nada.
"Ya, y a mí qué me cuenta", replicarán los lectores más inteligentes. No va por ustedes, sino por los que no habrán llegado hasta aquí en la columna. La verdad es que no hay manera de concentrarse en dispersarse ni de esforzarse en vagar ni de pensar en las musarañas con este creciente murmullo en los oídos o esta muda admonición en los penetrantes ojos: "¡Pero cómo vive este tío!" Este artículo lo he escrito corriendo, poniendo muecas de esfuerzo por disimular, y se nota. Menos mal que en vacaciones podré trabajar por fin a gusto, disfrazado de apático veraneante.



El trabajo de quien escribe (poesía, narrativa, obra científica auténtica) se desarrolla de forma invisible (en paseos, comidas, sofás etc. ). La escritura sirve para dar precisión al pensamiento.
me alegro por ti picha
Es una cuestión de puntos de vista. Los que sabemos de esto, podemos (y a veces se hace) explicar, particularmente si lo que intentamos escribir es poesía, que son cosas de la Musa. Y quienes no, piensan, y a veces dicen, que efectivamente es cosa de la Musha. De la musha jeta que nos gastamos. Difícil entenderse.