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Espárragos a un euro
Espárragos a un euro
Recorrido por tres plazas de abastos de la provincia, donde se pulsa a pie de calle la sensación de crisis en un parqué que cotiza en cada sesión a la baja
Pedro Ingelmo | Actualizado 31.10.2009 - 19:39Sanlúcar: 6 millones al 48, señora
Si no fuera por el vendedor de la ONCE esta plaza de abastos sería un funeral, con la gente cruzada de brazos tras los puestos. Los que hay abiertos, claro, porque hoy (miércoles) son 16 los que están cerrados. Menos mal que está el vivaracho vendedor de la ONCE con su ristra de números, que dice que no vende ni la mitad de lo que vendía antes, pero que no va a perder el buen humor por eso. En un programa de telerrealidad llegaba a la final, seguro.
Bailotea de uno a otro puesto y a la de una pescadería que tiene su altar de vírgenes entre los calamares y las pijotas le dice que "hay que ver qué guapa estás hoy", y a la de la frutería, que acaba de regalar un kilo de papas por la compra de tres kilos, le suelta que menos mal que está ella para iluminar este mercado sin clientela. Y, tan pizpireto, como si fuera un juglar, se planta ante ti con una pequeña flexión y te coloca un cupón ante las narices: "Hágase millonario, hágame ese favor". Al mercado de Sanlúcar se accede desde la plaza de san Roque, donde una placa recuerda que en el siglo de oro era lugar de pícaros entre posadas, mesones y mancebías. Lo que hay ahora es un zoco multirracial que ofrece zapatillas a dos euros, cadenitas, bolsos y pantalones de chándal.
Subiendo una cuesta los mercaderes son nacionales para ofrecer tagarninas, huevos y calcetines. Alguna voz se escucha de vez en cuando: "Mieeeeel"...y se va a apagando en la tercera 'e', que se encadena con "seeeiiis millones al 48". "Qué número más feo", valora una señora ante un café y números de una artesanal lotería local.
Dentro del mercado está Joaquín en su frutería, metido en una cueva verde de acelgas y lechugas. Ya ha intercambiado todas las novedades con su vecino, el de la carnicería, y ahora cruza los brazos, cambia el punto de apoyo de la pierna, pone las patatas así y asao, da lustre a los tomates, bosteza.
"¿Tú crees que esto es gente para una plaza?". Poca gente, es cierto. Hay lugares donde se podría jugar un partidillo de futbito e incluso desmarcarse por las bandas. Hace cuentas Joaquín.
Le saca al mes 500 euros limpios si hay suerte y para eso tiene que jugar al límite con los márgenes. "¿Sabes lo que le saco a cinco kilos de patatas? Céntimos, le saco céntimos porque si no las patatas me las como yo". En la otra punta me mira la cabeza de un pez con una espada toledana. Está bastante solo el bicho en este puesto en el que hacen sus últimas piruetas unas galeras traslúcidas. El marrajo seccionado está a 8,80, muy fresco, sí, "pero la parada biológica está haciendo una escabechina.
Hay que pelear los precios en origen porque luego el cliente te los pelea aquí". En la mayoría de los puestos el único que atiende es un póster de Diego el Cigala con su anuncio del FROM. Explica Mar, de otra de las fruterías, que como el pescado no tira, "aquí no tiramos nadie. La gente viene a por el pescado y, de paso, se lleva algo.
Si no hay pescado, pues la gente no viene".
"El caaaaamarón, niña", le grita Juani a una señora que pasa por delante el carrito. Veterana ella, rodeada de vírgenes, tiene hoy puestas sus esperanzas en unas doradas que tienen muy buena cara a 5,90. Pero la gente hace cola en el Manzanita, el mayor puesto de la plaza. "Ellos venden a los bares y tienen posibilidad de darle menos margen al pescado. Lo hacen bien, claro, aunque todos tenemos que comer", explica en una aplicación de lo que son las leyes del mercado. Y como esto es la Bolsa sabe que las doradas se acabarán, que las venderá, pero al final de la mañana no a 5,90. Y abandona la charla para dar otra voz a una clienta encorvada que arrastra con dificultades el carrito: "Chiquilla, los camaaaarones".
Barbate, el paraíso de la tagarnina Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete...
Siete mesas de playa, una detrás de otra, con bolsas de tagarninas.A 1,50.Tagarninas bien hermosas. Demetrio prepara bolsas grandes, con cúpulas carnosas y rosadas.Aparte de lo de las tagarninas, Demetrio es un maestro albañil (en paro) y un filósofo. Explica la situación, el exceso de oferta de la tagarnina."Esto es consecuencia de la crisis del ladrillo. En Barbate la gente no vive de la pesca. Qué va a a vivir de la pesca si los barcos llevan dos meses amarrados. La gente vivía del ladrillo y ahora, pues ya ves, uno se queda parado y qué va a hacer, pues irse a buscar tagarninas".
Según cierra la mesa de playa, come, si le da tiempo, y se va a los campos de los militares a coger tagarninas. Allí se encuentra con otros muchos albañiles. Tras la recogida, llega a casa y prepara las bolsas, que queden bonitas, que eso es importante: "La tagarnina entra por los ojos". Reventado, se acuesta y , a primera hora, a coger buen sitio en el mercado.
¿Beneficios? "Si se sacan 40 euros diarios, la cosa va más o menos". Paqui, pescadera, dos hijos ingenieros "con mucho sacrificio" lleva 45 años en el mercado de Barbate. Conoció la bonanza de la población. "Aquí no se podía parar. Había mucho, pero que mucho dinero y la gente gastaba. Antes la gente tenía dinero; ahora todo el mundo está hipotecado y no tiene dinero porque se lo da al banco. ¿Entiende cómo funcionan las cosas?". "Sí, algo así me suponía". "Todo el mundo a dos velas. ¿Querías tu casita? Pues toma tu casita, le pagas todo el dinero al banco y el banco no compra en el mercado".
Tras la lección macroeconómica, Paqui me baja al suelo. Coge una merluza y me la planta delante de la cara, una buena merluza, una merluza para proponerle matrimonio y me la mueve ante la cara. "¿Cuánto cuesta esta merluza?". "Diez euros" , digo mirando el precio. "¿Diez euros?". Y tira la merluza con un chof sobre el resto de las merluzas. "No, muchacho, esta merluza no vale nada. Yo he comprado la merluza esta mañana a 8,90. Fresca, muy fresca (otra vez los ojos de la merluza arriba y abajo delante de mis narices).A esos 8,90 tengo que añadir 88 céntimos de IVA. Suma. Yo vendo la merluza a 10 euros. ¿Qué vale esta merluza? Nada".
José, de la pollería, da alegría a la jornada. "¿Crisis? Hombre, si los comerciantes nos ponemos a hablar de la crisis. Nosotros tenemos que vender y ser psicólogos, decir a la gente alégrese el día con este pollo, que sólo cuesta tres euros, tres euros o lo que diga la que manda, que es la señora. Gastar hace feliz, uno no puede estar agobiándose con el día de mañana. ¿Qué sabemos del día de mañana?".
Nada, ciertamente.
Medina, 1871
Lo primero con lo que se topa uno al entrar en el mercado de Medina, un edificio precioso de finales del XIX, es con un ser mitológico, cuerpo de hombre y cabeza de ristra de espárragos. De algún lugar sale su voz: "A un euro" . También vende diez números de la lotería local. A un euro. A él le siguen otros. El problema es que en este mercado no hay nadie, ni siquiera Diego el Cigala. En las dos pescaderías abiertas entre puestos cerrados se encogen de hombros. "El sábado hay más gente", informan. Sólo hay un poco más de actividad en el puesto de Juan, la carnicería, que expone cien morcillas y taja carne a gran velocidad.
El será el que me haga la cuenta."Yo compro animales vivos y hago yo mismo la matanza.Mira, un cochino me cuesta 200 euros.Ten en cuenta que tengo que hacer el porte, que trasladar tres cochinos me cuesta 120 euros.Luego que si las especias, que si los gastos, que si el IVA.En definitiva, a cada cochino le saco 35 euros" . La parroquia de compradoras pide que se ponga que "aquí nos ha pegado la crisis a base de bien", que el mercado está muy caro y Juan se excusa ante ellas y me alejo entre estos muros construidos en 1871 escuchando de fondo el debate. "Anda, Juan, que te quejas de vicio..."
Si no fuera por el vendedor de la ONCE esta plaza de abastos sería un funeral, con la gente cruzada de brazos tras los puestos. Los que hay abiertos, claro, porque hoy (miércoles) son 16 los que están cerrados. Menos mal que está el vivaracho vendedor de la ONCE con su ristra de números, que dice que no vende ni la mitad de lo que vendía antes, pero que no va a perder el buen humor por eso. En un programa de telerrealidad llegaba a la final, seguro.
Bailotea de uno a otro puesto y a la de una pescadería que tiene su altar de vírgenes entre los calamares y las pijotas le dice que "hay que ver qué guapa estás hoy", y a la de la frutería, que acaba de regalar un kilo de papas por la compra de tres kilos, le suelta que menos mal que está ella para iluminar este mercado sin clientela. Y, tan pizpireto, como si fuera un juglar, se planta ante ti con una pequeña flexión y te coloca un cupón ante las narices: "Hágase millonario, hágame ese favor". Al mercado de Sanlúcar se accede desde la plaza de san Roque, donde una placa recuerda que en el siglo de oro era lugar de pícaros entre posadas, mesones y mancebías. Lo que hay ahora es un zoco multirracial que ofrece zapatillas a dos euros, cadenitas, bolsos y pantalones de chándal.
Subiendo una cuesta los mercaderes son nacionales para ofrecer tagarninas, huevos y calcetines. Alguna voz se escucha de vez en cuando: "Mieeeeel"...y se va a apagando en la tercera 'e', que se encadena con "seeeiiis millones al 48". "Qué número más feo", valora una señora ante un café y números de una artesanal lotería local.
Dentro del mercado está Joaquín en su frutería, metido en una cueva verde de acelgas y lechugas. Ya ha intercambiado todas las novedades con su vecino, el de la carnicería, y ahora cruza los brazos, cambia el punto de apoyo de la pierna, pone las patatas así y asao, da lustre a los tomates, bosteza.
"¿Tú crees que esto es gente para una plaza?". Poca gente, es cierto. Hay lugares donde se podría jugar un partidillo de futbito e incluso desmarcarse por las bandas. Hace cuentas Joaquín.
Le saca al mes 500 euros limpios si hay suerte y para eso tiene que jugar al límite con los márgenes. "¿Sabes lo que le saco a cinco kilos de patatas? Céntimos, le saco céntimos porque si no las patatas me las como yo". En la otra punta me mira la cabeza de un pez con una espada toledana. Está bastante solo el bicho en este puesto en el que hacen sus últimas piruetas unas galeras traslúcidas. El marrajo seccionado está a 8,80, muy fresco, sí, "pero la parada biológica está haciendo una escabechina.
Hay que pelear los precios en origen porque luego el cliente te los pelea aquí". En la mayoría de los puestos el único que atiende es un póster de Diego el Cigala con su anuncio del FROM. Explica Mar, de otra de las fruterías, que como el pescado no tira, "aquí no tiramos nadie. La gente viene a por el pescado y, de paso, se lleva algo.
Si no hay pescado, pues la gente no viene".
"El caaaaamarón, niña", le grita Juani a una señora que pasa por delante el carrito. Veterana ella, rodeada de vírgenes, tiene hoy puestas sus esperanzas en unas doradas que tienen muy buena cara a 5,90. Pero la gente hace cola en el Manzanita, el mayor puesto de la plaza. "Ellos venden a los bares y tienen posibilidad de darle menos margen al pescado. Lo hacen bien, claro, aunque todos tenemos que comer", explica en una aplicación de lo que son las leyes del mercado. Y como esto es la Bolsa sabe que las doradas se acabarán, que las venderá, pero al final de la mañana no a 5,90. Y abandona la charla para dar otra voz a una clienta encorvada que arrastra con dificultades el carrito: "Chiquilla, los camaaaarones".
Barbate, el paraíso de la tagarnina Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete...
Siete mesas de playa, una detrás de otra, con bolsas de tagarninas.A 1,50.Tagarninas bien hermosas. Demetrio prepara bolsas grandes, con cúpulas carnosas y rosadas.Aparte de lo de las tagarninas, Demetrio es un maestro albañil (en paro) y un filósofo. Explica la situación, el exceso de oferta de la tagarnina."Esto es consecuencia de la crisis del ladrillo. En Barbate la gente no vive de la pesca. Qué va a a vivir de la pesca si los barcos llevan dos meses amarrados. La gente vivía del ladrillo y ahora, pues ya ves, uno se queda parado y qué va a hacer, pues irse a buscar tagarninas".
Según cierra la mesa de playa, come, si le da tiempo, y se va a los campos de los militares a coger tagarninas. Allí se encuentra con otros muchos albañiles. Tras la recogida, llega a casa y prepara las bolsas, que queden bonitas, que eso es importante: "La tagarnina entra por los ojos". Reventado, se acuesta y , a primera hora, a coger buen sitio en el mercado.
¿Beneficios? "Si se sacan 40 euros diarios, la cosa va más o menos". Paqui, pescadera, dos hijos ingenieros "con mucho sacrificio" lleva 45 años en el mercado de Barbate. Conoció la bonanza de la población. "Aquí no se podía parar. Había mucho, pero que mucho dinero y la gente gastaba. Antes la gente tenía dinero; ahora todo el mundo está hipotecado y no tiene dinero porque se lo da al banco. ¿Entiende cómo funcionan las cosas?". "Sí, algo así me suponía". "Todo el mundo a dos velas. ¿Querías tu casita? Pues toma tu casita, le pagas todo el dinero al banco y el banco no compra en el mercado".
Tras la lección macroeconómica, Paqui me baja al suelo. Coge una merluza y me la planta delante de la cara, una buena merluza, una merluza para proponerle matrimonio y me la mueve ante la cara. "¿Cuánto cuesta esta merluza?". "Diez euros" , digo mirando el precio. "¿Diez euros?". Y tira la merluza con un chof sobre el resto de las merluzas. "No, muchacho, esta merluza no vale nada. Yo he comprado la merluza esta mañana a 8,90. Fresca, muy fresca (otra vez los ojos de la merluza arriba y abajo delante de mis narices).A esos 8,90 tengo que añadir 88 céntimos de IVA. Suma. Yo vendo la merluza a 10 euros. ¿Qué vale esta merluza? Nada".
José, de la pollería, da alegría a la jornada. "¿Crisis? Hombre, si los comerciantes nos ponemos a hablar de la crisis. Nosotros tenemos que vender y ser psicólogos, decir a la gente alégrese el día con este pollo, que sólo cuesta tres euros, tres euros o lo que diga la que manda, que es la señora. Gastar hace feliz, uno no puede estar agobiándose con el día de mañana. ¿Qué sabemos del día de mañana?".
Nada, ciertamente.
Medina, 1871
Lo primero con lo que se topa uno al entrar en el mercado de Medina, un edificio precioso de finales del XIX, es con un ser mitológico, cuerpo de hombre y cabeza de ristra de espárragos. De algún lugar sale su voz: "A un euro" . También vende diez números de la lotería local. A un euro. A él le siguen otros. El problema es que en este mercado no hay nadie, ni siquiera Diego el Cigala. En las dos pescaderías abiertas entre puestos cerrados se encogen de hombros. "El sábado hay más gente", informan. Sólo hay un poco más de actividad en el puesto de Juan, la carnicería, que expone cien morcillas y taja carne a gran velocidad.
El será el que me haga la cuenta."Yo compro animales vivos y hago yo mismo la matanza.Mira, un cochino me cuesta 200 euros.Ten en cuenta que tengo que hacer el porte, que trasladar tres cochinos me cuesta 120 euros.Luego que si las especias, que si los gastos, que si el IVA.En definitiva, a cada cochino le saco 35 euros" . La parroquia de compradoras pide que se ponga que "aquí nos ha pegado la crisis a base de bien", que el mercado está muy caro y Juan se excusa ante ellas y me alejo entre estos muros construidos en 1871 escuchando de fondo el debate. "Anda, Juan, que te quejas de vicio..."
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