La Feria o la filosofía de la vida

La Fiesta del Vino Fino se encuentra tallada en el ADN del portuense, su capacidad para el encuentro tiene algo de Nochebuena civil, multitudinaria y light, de Facebook con catavino entre los dedos

Francisco Lambea / El Puerto | Actualizado 17.05.2010 - 01:00
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Ha tenido que llegar la recesión más grave de los últimos 70 años para que la Feria de Primavera de El Puerto de Santa María reduzca su presupuesto en un 50%. El número de bombillas no ha podido sobrevivir a la presión de los inversores y a la caída del Ibex y la especulación del parqué ha terminado por fundir los plomos más brillantes.

Si la coyuntura es tal que ha obligado a aminorar las luminarias de la principal actividad lúdica de la ciudad, resulta incuestionable que el Banco Central Europeo sufre un problema (quizá por solidaridad subconsciente, la Feria se dedica a un enclave -Oporto- inmerso en un país -Portugal- que, como España, se sitúa entre las finanzas más vulnerables de la zona euro), pero nuestra nación puede empeorar su nivel calificatorio si Standard and Poors llega a tener conocimiento de un recorte ornamental sin precedentes, pues la prima de riesgo de la deuda patria se multiplicaría de forma grave.

Lo cierto es que ve uno a los pobres griegos, cuna de la civilización occidental, implorando préstamos por todo el continente, con su primer ministro, George Papandreou, reconociendo con sobriedad institucional su lisa y llana tiesura, mientras Ángela Merkel esboza cara de póquer, y comprueba que de nada sirve que Sócrates, Platón y Aristóteles vieran la luz en su territorio. Tras casi treinta siglos de debates epistemológicos, la mayor verdad teórica se limita al simple y estricto llenado de la cavidad estomacal, de modo que sobre el mito platónico de la caverna triunfa un catavino alzado en una caseta de feria.

Un tridente futbolístico sale más rentable que uno filosófico pero, aún mejor, se alza la trinidad de la vid (Osborne, Caballero, 501) en el área del gaznate: nada más certero que una copita de fino para superar, de una vez por todas, la dualidad entre lo real y lo imaginario.

La Feria de El Puerto, además, es tan grande que siempre marca tendencia. El consejero de Educación, Francisco Álvarez de la Chica, emocionado ante el tremolar de la bandera lusitana en la portada de Las Banderas, ha vuelto a Pessoa (ese gran escritor lisboeta que ganó más dinero traduciendo textos ingleses en despachos comerciales que creando en su propia lengua) y asegura que su departamento desplegará en las escuelas la oferta del idioma portugués (algo que no deja de ser más consecuente que contratar para el Senado a un intérprete de las cinco lenguas españolas).

La crisis financiera nos trae unos premios del concurso de casetas carentes de dotación pecuniaria, circunstancia que, quién sabe, tal vez sirva para tornarlos en más prestigiosos, en efecto similar al que acontece con los galardones literarios de la crítica (a veces, la ausencia del dinero ennoblece: decía Juan Lara que la mayor riqueza de la Academia de Bellas Artes Santa Cecilia es su pobreza).

Lo mejor, con todo, para el realce estético de la Fiesta consiste en decretar la muerte de la lonalización en la avenida principal (qué lejos el monótono aspecto actual de aquellas individualizadas y coquetas estampas de mampostería) y desplazar la botellona, esa delegación diplomática antisistema, de los predios de la portada (a los botelloneros del pórtico les sucede como a los ex presidentes del gobierno y a los jarrones chinos, según ingeniosa confesión de Felipe González: nadie sabe dónde ponerlos).

La Feria es el termómetro bursátil más incuestionable que existe, un estudio sociológico sin falsificación posible, la estadística más descarnada y reveladora: el nivel de consumo en las casetas nos explica, a ciencia cierta, el punto exacto de la cúspide del diente de sierra en el gráfico, el estado real de la vorágine financiera, la ontología del ladrillo, de modo que si triunfan las gambas o el jamón ibérico de bellota los economistas pontifican la construcción de macrourbanizaciones en serie, hileras de unifamiliares felices coronados por indescifrables hipotecas, mientras que si el reino victorioso es el de las bolsas de picos, las tortillas y los pimientos, sus informes han de admitir la evidencia de que ya no se construye ni en los DSP asentados sobre territorio protegido.

Pero nadie, pase lo que pase con los ciclos económicos, parece poder acabar con la Feria de El Puerto: el último cohete perdido en la noche busca siempre, en su postrer destello, el encendido oficial de la edición siguiente. Mientras, como un ascua repleta de luz, deja el tesoro, perpetuo e íntimo, de los recuerdos.
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