crónicas neozelandesas V Un continente único

En tierra de fiordos

En Milford Sound, docenas de espectaculares cascadas caen por los acantilados desde todos los sitios. Los barcos turísticos pasan bajo algunos saltos de agua

Juan Clavero | Actualizado 30.08.2009 - 01:00
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La costa suroeste de Nueva Zelanda está formada por un laberinto de fiordos, aquí llamados sounds, que penetran en tierra entre altos acantilados y frondosos bosques subtropicales templados de notofagos, podocarpos y helechos arborescentes. Estamos en Fiordland, el mayor parque nacional del país, que forma parte del Patrimonio de la Humanidad Te Wahipounamu. Las lenguas glaciares que los originaron excavaron la roca a gran profundidad bajo el actual nivel del mar. Al retroceder los hielos tras la última glaciación, el mar inundó estos valles, dando lugar a esta red de fiordos. Los dos fiordos más conocidos son Doubtful Sound y Milford Sound. Son accesibles por increíbles carreteras abiertas a base de dinamita que horadó las duras rocas graníticas y gneísicas que componen estas montañas. La mejor localidad para utilizar como base en los recorridos por Fiordland es Te Anau, pequeña población a orillas del lago del mismo nombre, un lago glaciar que llega a superar los 400 metros de profundidad. En este pueblo hay, además, dos puntos de interés para visitar: el Wildlife Center, donde se pueden observar algunas de las aves nativas de Nueva Zelanda, incluido el rarísimo takahe, y la Cueva de las Luciérnagas, complejo cárstico bellísimamente iluminado por miles de estos insectos.

Un espectáculo natural

Milford Sound es el fiordo más visitado, pues recibe al año medio millón de turistas, habiéndose convertido en uno de los principales atractivos de Nueva Zelanda. Su acceso por tierra es posible gracias a una carretera faraónica que se terminó en 1954, tras 24 años de obras, con un largo túnel incluido. Esta ruta sigue siendo muy peligrosa debido a la abundancia de aludes, que bloquean la carretera varias veces al año. Lo que más llama la atención en Milford Sound, y lo que convierte su recorrido en una experiencia inolvidable, es la abundancia de agua. Las cascadas caen por los acantilados desde todos sitios, son decenas, a cada cual más espectacular. Para gozo de visitantes, los barcos que recorren este fiordo suelen adentrarse bajo alguna de ellas, lo que provoca una ducha tan fría como natural. La lluvia es tan intensa en esta región -supera los 7.000 litros por metro cuadrado al año- que hay una capa de agua dulce por encima de la salada del mar.

Este fiordo fue descubierto por los maoríes, pero no lo habitaron, venían solo por el jade, "la piedra verde", muy apreciada para fabricar herramientas y ornamentos, costumbre que se mantiene hoy en día. Según la leyenda, al Dios Tu-te-raki-whanoa le encargaron esculpir la costa de Fiordland. Comenzó a golpear los muros de roca con su hacha de piedra, pero fue llamado para otros trabajos y dejo sin continuar el valle hacia el interior.

También se puede recorrer este Parque Nacional a pie, por el Milford Track, que pasa por ser, con sus 53 kilómetros de recorrido entre bosques, montañas nevadas y fiordos, una de las mejores rutas de senderismo del mundo.

La huella de Malaspina

Para llegar a Doubtful Sound, uno de los mayores fiordos, hay que tomar un autobús en Te Anau, atravesar en barco el lago Manapouri y bajar por una carretera de infarto hasta la cabecera del fiordo. La diferencia de altura entre este lago y el fiordo se utiliza para producir energía eléctrica por medio de una central hidroeléctrica subterránea, la mayor del país, construida a 200 metros bajo el nivel del lago. Doubtful Sound lo descubrió el Capitán Cook en 1770, pero no se atrevió a entrar con el Endeavour ante la duda de su navegabilidad, por lo que lo bautizó como "el fiordo incierto". El primer europeo que lo exploró fue Alejandro Malaspina, en su viaje por los mares del mundo que partió de Cádiz en julio de 1789. Malaspina, con las corbetas Descubierta y Atrevida, llegó a Doubtful Sound en febrero de 1793. Los nombres de muchos accidentes geográficos recuerdan esta expedición y a sus protagonistas. Así, encontramos las islas Bauza y Nee, en honor respectivamente del cartógrafo mallorquín y del botánico francés de la expedición; la Bahía Péndulo, donde se realizaron mediciones sobre la gravedad terrestre; la Punta Febrero e, incluso, el canal Malaspina. En el Punto Marcaciones, lugar donde desembarcaron, hay una placa conmemorativa de esta memorable expedición. No hay ningún otro lugar en Nueva Zelanda con tantos nombres españoles.

En la Isla Nee es fácil ver a los leones marinos y a los pingüinos crestados de los fiordos. También hay en este fiordo una población de delfines nariz de botella, que amenizan con sus cabriolas la travesía por sus aguas.