crítica 'Contraband'

Cine negro 'bourneizado'

Carlos Colón | Actualizado 18.03.2012 - 19:06
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Contraband. Thriller, Francia-Reino Unido-EEUU, 2012, 110 min. Dirección: Baltasar Kormákur. Guión: Aaron Guzikowski. Fotografía: Barry Ackroyd. Música: Clinton Shorter. Intérpretes: Robert Wahlberg, Caleb Landry Jones, Jason Mitchell, Paul LeBlanc, Mark Wahlberg, Ben Foster, Lukas Haas.

Los muelles de Nueva York o El muelle de las brumas son algunas de las películas que, precedidas por novelas (Nuestro común amigo de Dickens, por ejemplo), convirtieron los muelles en escenario privilegiado de los relatos policíaco-románticos después extremados por el cine negro. En ellos se desarrolla buena parte de esta película -otro remake americano de un título europeo reciente, Reykjavík-Rotterdam (Óskar Jónasson, 2008)- que parece un cruce entre el universo de acción frenética desatado por la saga de Bourne y los densos universos de James Gray, en los que las tramas negras son pretextos para historias de redención y expiación.

La primera parte de Contraband, la mejor, tira más hacia Gray. Un ex delincuente reinsertado y feliz padre de familia. Un cuñado imbécil -adorado hermano único de su mujer- que cabrea a los narcotraficantes. Una deuda que pagar. Y el regreso a la delincuencia para saldarla. La segunda parte -que en realidad ocupa tres cuartos de película- cuenta ese regreso y el plan concebido para reunir la cantidad de la deuda. Adolece de ese agotador e irritante efectismo de cámara tan pródigo en barridos sin sentido, zooms innecesarios, temblores que pretenden inyectar realismo y búsqueda frenética de personajes que el realizador -¡faltaría más!- sabe perfectamente dónde están pero finge rastrear con un cámara inestable e histérica: la ya tan vista, retórica y fatigosa producción del efecto de realidad imitando modos televisivos.

Pese a todo desde el asalto al furgón en la autovía hasta el embarque del contenedor y la llegada al puerto la película adquiere tal ritmo que se le perdonan estas debilidades. No queda más remedio que rendirse al vértigo de la acción. Tanto porque está eficazmente puesta en (temblorosas) imágenes como porque no se nos ofrece nada más. El menú del día, ya saben. Wahlberg está bien pero no acaba de comprenderse por qué un actor tan convincente y una estrella con tanto tirón de taquilla se ha puesto a las órdenes de un actor islandés que debuta como director remakeando la película que él mismo interpretó hace cuatro años. Desorientados, ciertamente, deben andar por Hollywood.
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