Diario inédito de un relator apócrifo

Las crónicas de Cádiz (Cap. XXXIV)

Resumen capítulo anterior: Diego de Ustáriz ya convertido en soldado de infantería llega al Puntal y desde la Capilla del Castillo escribe a María en un intento de explicar el motivo de su marcha. Los fuegos se cruzan entre los dos extremos de la bahía, el mal tiempo arrecia y el frío se abre hueco entre los estallidos y las explosiones.

| Actualizado 21.06.2010 - 11:44
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LAS HERIDAS POR ARMA DE FUEGO

Protocolo de actuación ante una herida

Apenas el incipiente sol despuntaba sobre el castillo. Amanecía y la luz del día ratificaba mi nueva vida de soldado. El azar quiso que mis galones recién estrenados me salvaran de la muerte segura que el alba trajo a los hombres que dormían en el barracón cercano al muelle.

No pude más que salir del pequeño cuerpo de guardia donde me habían asignado para dormir, ésta mi primera noche de soldado, cuando un ruido impactó de lleno sobre el lienzo de la muralla. Los hombres salieron despedidos por los aires y, en un frenesí y alboroto como no había percibido ni en los días de Mayo en Madrid, las ventanas, las puertas y aún los techos de los almacenes y barracas que se extendían por el recinto volaron mientras los pedazos caían sobre el mar.

Toda la munición del polvorín saltó en miles de fragmentos y los que como yo estábamos alejados del sitio, caímos presos de una presión de fuerza tal que no podíamos ponernos en pie.

Al toque de una débil corneta comprendí que nos llamaban a nosotros, a los que aún estábamos vivos, a agruparnos en torno a la capilla , donde empezaban a llegar heridos.

Desde el otro lado de la bahía, con una precisión infinita, un proyectil había impactado en una zona llena de municiones. El efecto causado, vistos los daños inmediatos, era incalculable. Los hombres yacían muertos en los alrededores del hasta ahora dormitorio de la tropa, algunos aún con vida lanzaban quejidos y gritos de un tono desesperado y alarmante, todo era destrucción, fuego y olor a quemado.

Todos nos lanzamos a ayudar a aquellos pobres infelices a los que el infortunio y la desdicha les sobresaltaron durmiendo. Por decenas eran llevados hasta la capilla, donde Dº Antonio Lucero, médico cirujano del Puntal, se desvivía por ayudarlos. La capilla era insuficiente, máxime cuando el bombardeo continuaba, y los hombres asustados apenas obedecían las órdenes. Apagar el fuego y contener la fuerza de los que nos bombardeaban desde Fort Luis era la urgente preocupación de nuestros superiores, y yo, como un soldado más, me limité a oírlos, aprender rápido las necesidades y mandos de la guerra, intentando que nadie notara mi falta de experiencia en este campo. Parece que los enemigos han formado un parapeto de barricas en el Trocadero y desde allí se ha producido el ataque con un obús de a ocho y un cañón de a seis, mientras que el navío Justo responde con contundencia.

Los cañones situados a barbetá en el castillo empezaron a disparar a discreción al enemigo, mientras los heridos eran subidos a los carretones para ser trasladados al Hospital de la Aguada y al de San Carlos; los muertos, amontonados junto al camino de entrada, estaban destrozados. Un grupo de seis soldados ,al frente del que me pusieron, acompañó a los más graves hacía la Isla.

No hubo tiempo para la compasión ni el llanto, me vi envuelto en una trágica maniobra de la guerra, una guerra que hasta ahora había percibido desde la retaguardia de mi triste diario. El camino era largo y no contábamos más que con las ruedas de los viejos carretones donde , depositados los heridos, luchaban por sobrevivir. Nadie entendido en los dolores del cuerpo nos acompañaba, nadie entendido en los dolores del alma nos animaba. Algunos de aquellos hombres que sangraban sobre los jergones sucios que les servían de colchones no contaban más de dieciocho años. Eran niños de rostros hermosos, transparentes y lánguidos que, chamuscados y agrietados por la metralla de las bombas, derramaban una sangre aún virgen, una sangre demasiado joven para ser perdida. Intentamos acelerar el paso de las mulas que a duras penas arrastraban las carretas. El camino del arrecife estaba lleno de boquetes y charcos por las lluvias de los últimos días, pasar la Cortadura, donde los hombres trabajaban, fue dificultoso. Todos querían saber qué había pasado, prestos a ayudar con lo que podían, se acercaban a los heridos que en un quejido intenso se despedían del lugar donde habían logrado sobrevivir al enemigo. A lomos de mulas llegaban las rejas de ventanas y balcones de los gaditanos e iban siendo colocadas como una extensión del fuerte por el lado de la mar abierta, como un brazo extendido hacía las aguas. El paisaje era impresionante, desde el banquillo del cochero se veía clavadas en la arena cientos de rejas y pasamanos a modo de trincheras, que impedían la entrada en bajamar hacía el interior de la Cortadura.

Recordé entonces el último edicto publicado en la prensa, es urgente concluir la defensa sobretodo ahora que los enemigos están frente a la Isla y cualquier movimiento de sus tropas puede suponer un riesgo tremendo para la población gaditana. Un trabajo hecho hasta el momento por voluntarios anónimos es ahora de obligado cumplimiento, repartiendo el trabajo por barrios: de los diecisiete de la ciudad, serán tres diarios los que se hagan responsables del trabajo, con la salvedad que los dos mayores sean los que trabajen el día sexto. Los Tribunales de Vigilancia y los comisarios de barrio vigilan que así sea, pudiendo solo excusarse el enfermo o el impedido. Ni los forasteros ni los que tienen negocios abiertos a la calle podrán eximir su responsabilidad ante el trabajo, por lo que se les pagará el sueldo de un peón.

Sentí un profundo estremecimiento al pasar por el ventorrillo, aquel en la que la hermosa Dolores la del patio bailó para mí, aquel donde una suculenta olla podrida me hizo recuperar las fuerzas en mi largo viaje desde Madrid. Ahora ni siquiera recordaba cuándo fue la última vez que había comido, no hubo un momento de paz desde que tomé este nuevo hábito de soldado. Los hombres se desangraban y los soldados sanos que me acompañaban sólo se miraban con la enorme incertidumbre que provoca el no saber qué hacer.

El movimiento de carros y caballos en el camino era elevado. Cerca de Torre Gorda salió a nuestro encuentro una patrulla de reconocimiento destinada en Santibáñez, con el objetivo de escoltarnos hasta San Carlos. Los disparos desde el fondo de las salinas hacia Santi Petri eran continuos, alejados y distantes pero continuos, y las mulas, aunque presurosas, no parecían adelantar en el camino.

Los hombres llegan sonrientes, aunque escuálidos y cansados. Nada más acercarse al carromato se entiende de la gravedad de los heridos y de la falta de personal médico en algunas de las instalaciones hospitalarias gaditanas. Aunque sus palabras trajeron esperanzas a los que íbamos en el carro, el general Copons llegó a la costa de poniente con cuatrocientos hombres, un ayudante y algunos subalternos de cirugía. Del mismo modo que el regimiento veinte de infantería portuguesa de Campo Mayor, ha desembarcado en el día de ayer, con lo que aumenta el número de efectivos en la plaza. Pasado el puente sobre el río Arillo llegamos a la batería de marina junto al molino de San Miguel y la venta de Isabel. Por entonces, de los nueve hombres que llevamos en la carreta dos habían fallecido y el resto, sin conocimiento y con respiración agitada, se resistía a morir sin que alguien les auxiliara. Restaba poco de camino hasta la población de San Carlos, donde quizás alguien pudiera salvarles la vida, su corta vida.

Hospital de san Carlos 19 Febrero 1810.

"Desde este antiguo convento franciscano te escribo, hoy convertido en improvisado hospital donde los hombres zozobran y las mujeres sollozan. Aquí, en las afueras de esta población de San Carlos te escribo, María, mientras que los jóvenes heridos que hemos traído desde el Puntal apenas han sobrevivido al camino y llegan a punto de morir. Niños ajados de los conflictos y avatares de la guerra, cuyos cuerpos aún cálidos dejé caer en la fosa abierta cerca de la casería de Osio. Pienso en nuestro hijo Eduardo y siento una enorme tristeza de que éste sea el mundo que reciba en herencia. Pienso en nuestro hijo y en otras futuras guerras, le veo soldado de otras batallas y tiemblo de pensar que podía ser uno de estos muchachos que yacen en la frialdad de la tierra. Ni siquiera sé sus nombres para que no queden olvidados de la memoria, solo aquellos motes por los que sus compañeros le reconocieron al irlos metiendo en el carro, el Pilón, el Montilla, el Canario, niños aún que han visto aniquilados sus sueños.

Siento mucho no estar junto a ti y nuestra familia, siento que el devenir forzado de la guerra me haya transformado en un soldado. Pero ya ves, María, el incierto futuro que espera a nuestra patria hace mudar el destino de los hombres, Quintana me necesitaba así como hombre curtido en los campos de batallas y heme aquí que, porque todos conozcan la verdad de lo que ocurre, aquí estoy enterrando cuerpos vírgenes en fosas apestadas de muertos, maldiciendo el rancho de turno mientras recuerdo la blancura de tus lánguidos brazos adheridos a mi piel.

No sé aún cuánto tiempo andaré por estos lugares, deseo que sea corto el espacio de tiempo en el que estemos separados, no quiero que te preocupes, pues incluso en estas lides de la guerra procuro guarecerme del enfrentamiento abierto a sabiendas que nunca fui demasiado valiente.

Diego de Ustáriz

Continuará
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