Un corredor sin metas precisas

  • La crisis en el socialismo granadino en 1983 marcó una intensa biografía que lo llevó desde la Consejería de Cultura a la oposición municipal pasando por la Presidencia del Parlamento

A comienzos de los años setenta Javier Torres Vela era uno de los cientos de estudiantes provenientes de Jaén que cursaban estudios en la Universidad de Granada. Había nacido en Pozo Alcón, en 1951, e iba para matemático. Para matemático y para político. En una de las paredes del piso donde residía había clavado un cartel clásico en aquellos años de despertar de la conciencia andaluza. "Si el andaluz acomodado piensa en Madrid y el pobre piensa en Barcelona, ¿quién piensa en Andalucía?". Hoy sabemos la respuesta. Eran muchos los que pensaban entonces en Andalucía, unos por compromiso personal o ideológico y otros por vocación política. Entre ellos estaba el joven profesor de Estadística que ocupaba su tiempo entre la facultad de Ciencias y la recién creada de Filosofía y Letras en Cartuja y que lucía en clase, con orgullo, la insignia del partido en la solapa.

Su carrera, como la de la mayoría de los políticos bregados en los estertores de la dictadura, fue veloz e intensa. Estaba todo por hacer. En el partido y en la sociedad. Una doble carrera de fondo que Torres Vela ha recorrido, dice, sin fijarse una meta de antemano. "Los puestos que he ocupado jamás los pedí", dijo en 2004, poco después de dejar la presidencia del Parlamento de Andalucía.

Su entreno como representantes institucional estuvo precedido de una tremenda y decisiva crisis en el PSOE granadino. La rebelión de los catetos, en 1983, lo dejó a un palmo de la presidencia de la Diputación. "La rebelión de los catetos", ha admitido siempre, "cambió mi biografía política". Ese mismo año, el fracasado presidente de la Diputación fue elegido parlamentario andaluz y senador en representación de la comunidad autónoma. Y a partir de ahí se convirtió en uno de los políticos socialistas encargados de construir el nuevo Estado de las Autonomías.

José Rodríguez de la Borbolla lo colocó al frente de la Consejería de Cultura, en una periodo clave en la delimitación de las nuevas competencias de la comunidad. Entre ellas, Andalucía recibió las competencias sobre la Alhambra, puestas en duda muchos años después por el PP. En aquellos años y en el mismo entorno tuvo una actuación categórica cuando impidió al alcalde de Granada, Antonio Jara, construir una urbanización de lujo en los Alijares, en el entorno del recinto árabe.

No fue ajeno Torres Vela a las disputas entre guerristas y borbollistas. Y bien que pagó el precio. Sin embargo, sobrevivió a las luchas internas y, pese a haber sido persona de confianza de Borbolla, fue admitido en el entorno del nuevo hombre fuerte del socialismo andaluz, Manuel Chaves. En 1996 se convirtió en la segunda autoridad de la comunidad autónoma al ser elegido presidente del Parlamento andaluz, puesto en el que permaneció durante dos legislaturas consecutivas.

"Yo nunca he sido muy sectario", explicó poco después de dejar aquella responsabilidad, "pero ser presidente del Parlamento andaluz me ha enseñado que la vida, como la política, no es blanca o negra sino que hay gran cantidad de matices". En 2004 se presentó en Granada dispuesto, dijo, a liberarse del corsé que lleva implícito el cargo. Ya podía decir abiertamente qué pensaba sin temor a provocar conflictos diplomáticos.

Llegó, pues, a Granada con el compromiso de encabezar la lista al Congreso de los Diputados en competencia con un peso pesado del PPde Aznar, la ex ministra de Educación y Cultura, Pilar del Castillo. Su paso por el Congreso fue discreto y en cierto modo decepcionante. Pero aún estaba todo por comenzar. Faltaba un último encargo que aceptó con dudas, la candidatura a la Alcaldía de Granada en 2007. El fracaso fue sonado. El partido no le correspondió y lo dejó solo ante el peligro. Tan solo que ayer dio el portazo. Ahora vuelve a donde vino, a la Universidad.

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