Melón con jamón para todos

EL MELÓN es un fruta rastrera, no es tan distinguido como el aterciopelado melocotón, que nace de su árbol. El melón, como la sandía, se cría a ras de suelo y se vende a pie de carretera en los veranos playeros de Andalucía. Cuando en España nos fuimos volviendo ricos, dejamos de acompañar el melón con pan y lo dignificamos con una lonchita de jamón. El miércoles por la noche en la Moncloa se sirvió de primer plato una sopa de melón con láminas de jamón: un escaloncito más en las formas de la opulencia, pero sin las excentricidades que ha criticado esta semana Santi Santamaría. Quince personas se sentaron a la mesa: nueve presidentes de comunidades autónomas gobernadas por los socialistas, el presidente del Gobierno, sus dos vicepresidentes (o vicepresidentas, que aconsejaría Mar Moreno), José Blanco y la secretaria de Economía de la ejecutiva federal socialista, Inmaculada Rodríguez-Piñero. Pasado el melón, llegó un pescado con salsa de pisto y lentejas y se acompañó con agua y vino del Bierzo, un potente tinto de las tierras altas leonesas cuya elaboración ha mejorado sin perder la fortaleza de sus taninos. Otro signo de los tiempos: los del Bierzo, Somontano o Priorato, que antes eran vinos de albañiles, hoy cuestan un potosí. Y fue en el postre -tarta de café- cuando José Montilla interpeló a sus colegas andaluz y extremeño, y dijo: "Manolo, para vosotros no nos queda, que con lo que recaudamos ya os hemos puesto un buen jamón". ¿Se imaginan?

No, claro, que no fue así. La relación del menú es cierta, pero antes de comenzar a discutir sobre este asunto de la financiación autonómica debería quedar asentada una única verdad radical: un señor de Iznájar, que es el pueblo donde nació Montilla, y que cobre 30.000 euros al año, paga a la Hacienda exactamente lo mismo que una señora con igual renta que tribute en Viella. La misma solidaridad ejerce el uno que la otra porque el IRPF no viene suscrito por Doña Cataluña y Doña Andalucía, sino por los contribuyentes. Así que jamón y melón para todos, aunque el nacionalista asimétrico siga enfadado desde la Transición por lo del café para todos.

Aceptado esto, Manuel Chaves ha dejado claro a Montilla que comprende que Cataluña debe mejorar su financiación, aunque el modelo propuesto no es aceptable; en especial, la fecha tope del 9 de agosto y el recorte del fondo de suficiencia. Las comunidades autónomas se financian con unos impuestos cedidos y un porcentaje del IRPF y el IVA que recaudan entre sus ciudadanos. Y aquéllas cuya suma no baste para pagar a maestros, médicos, funcionarios judiciales o asistentes sociales son niveladas por el Estado con este fondo equitativo. Cataluña, que recauda bastante más que Andalucía, quería rebajar ese fondo al 65%, y que sólo sirviera para pagar la sanidad, la educación y los servicios sociales. Inaceptable, replicaron, aunque parece que ya admite incluir los gastos de justicia y de vivienda.

La cena del miércoles en Moncloa, que terminó al borde de la una de la madrugada, sirvió básicamente para dos asuntos: para dejar claro que será Pedro Solbes quien negocie y, sobre todo, para convencer a José Montilla de que no hay un frente anticatalán. Según uno de los asistentes, de Montilla destacó su gesto de seriedad (tampoco esto es raro por parte de quien en sus tiempos de presidente de la Diputación de Barcelona era conocido como el mudito); de Guillermo Fernández Vara, el extremeño, su vehemencia, que tampoco pegaba, porque ya todos debían saber que allí no se negociaba el modelo, y de Chaves - que sí sabía de qué iba la reunión- su templanza y porque "echaba algún cable".

Todas las negociaciones sobre financiación autonómicas han sido igual de polémicas -recuerden el no de Rodríguez Ibarra a Felipe González-, pero esta vez Montilla, los catalanes, venía respaldado por una ley orgánica que no existía antes, el nuevo Estatuto de Cataluña, que sobre el papel obliga al Estado a negociar con ellos de "tú a tú" -un paso de lo federal a lo confederal- y, además, le pone fecha al acuerdo: el 9 de agosto. Un intento de decir sí a lo del melón con jamón para todos, pero yo me voy retirando como hacen los vascos con su cupo: que lo recaudan todo, incluido el más goloso de los tributos, el de sociedades, y le pagan al Estado lo que se supone que España se gasta allí.

Pues, bien, Solbes ha tirado por la veredita del medio, y negociará con todos de tú a tú, para presentar una propuesta en un órgano común, el Consejo de Política Fiscal y Financiera. Y, además, convenció a todos de que el 9 de agosto no es una fecha infranqueable, el nuevo sistema deberá estar en otoño para que se aplique en los presupuestos de 2009, pero tampoco hay que correr. Se podrá ceder hasta el 50% de la recaudación del IRPF, como marca el Estatut, pero el impuesto de sociedades no va a ir a parar a la administración autonómica donde esté domiciliada la firma.

Chaves, a quien el vicepresidente económico, José Antonio Griñán, le ha preparado una propuesta válida para todos -"yo juego en el centro del campo, no sólo para Andalucía", repite el vice-, sabe que es bueno mantener la calma y convencer razonablemente a Cataluña, y si hay que parar, se para pero discretamente, no mediante tribunas en la prensa. Entre otras razones porque, una vez pasado esto, Griñán deberá negociar la deuda histórica: 2.000 ó 2.500 millones de euros. Y Zapatero, que al fin y al cabo fue el anfitrión y también el responsable del cuestionado Estatut, se fue a dormir tras el segundo intento de convencer a los suyos para que alcancen un acuerdo, como sea, no vaya a ser que le compliquen una legislatura en la que el PP está sordo de tantos portazos.

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